En cristiano

La obra en favor del pueblo

27.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Las cuatro estaciones es el título de la conocida obra de Vivaldi. Una obra con cuatro conciertos que evocan a través del lenguaje musical distintos aspectos de las estaciones del año. Los escritores, los artistas, y los científicos, como pueden ser los biólogos expresan sus sentimientos, plasman sus vivencias o sus conocimientos de las estaciones del año. Es connatural al ser humano vivir “el aquí y el ahora”. Las dos coordenadas, espacio y tiempo, son lo más inmediato a nosotros mismos. Lo más primigenio de nuestro sentir es, precisamente, el aquí y el ahora, esto configura nuestra vida.

La vida del hombre requiere “la liturgia” para vivir su aquí y ahora. La cultura y civilización de los pueblos se siente en su liturgia, en la obra que realiza. El término liturgia proviene del griego, es la unión de dos palabras muy significativas en la vida humana: laos, pueblo, y ergon, trabajo, obra. En el mundo helénico este término “liturgia” no tenía las connotaciones religiosas que después ha tenido. Significaba las obras que algún ciudadano hacía en favor del pueblo o a las funciones militares y políticas. Después se fue centrando la palabra en el sentido del orden y la forma con que se llevaba a cabo el culto de las diferentes religiones que siempre han existido. Las sociedades tienen su conjunto de ritos de tipo religioso, ceremoniales para los momentos importantes de la vida, y también para la vida diaria.

Pues los cristianos viven su “aquí y ahora” desde lo que se llama el “año litúrgico”. La religiosidad popular es el humus sin el cual la liturgia no puede desarrollarse. Hay que amar esta religiosidad, purificarla, guiarla, acogiéndola siempre con gran respeto, ya que es la manera con la que responde el corazón del pueblo. Es raigambre segura. Donde se marchite, lo tienen fácil el racionalismo y el sectarismo dijo ya el cardenal Ratzinguer en su libro El espíritu de la liturgia. La liturgia es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. Sólo si la relación con Dios es verdadera, estarán también ordenadas todas las demás relaciones de los hombres entre sí y con el resto de la creación. Podemos ver y tocar lo que pasa cuando esto falla: crisis de todo orden y en todos los órdenes.

La meta de la creación, es la Alianza, historia de amor entre Dios y el hombre. La liturgia es la respuesta por parte del hombre a este amor. Durante todo el año litúrgico vamos viviendo de esta historia de amor y en esta historia de amor. El año litúrgico, con cada una de sus fiestas, celebraciones, oraciones, ritos, es la expresión concreta de la medida de nuestro tiempo, el ritmo de nuestra vida. Comenzamos un año tras otro, como un año tras otro viene el invierno, la primavera, el verano y el otoño, a vivir el misterio de lo que Dios ha revelado al hombre a través de Cristo. El domingo es nuestra verdadera medida del tiempo, por eso es tan importante como lo vivamos. Los domingos, ahora empezamos con los domingos de adviento, marcan el ritmo de nuestra vida. Porque el domingo es la fiesta de la resurrección que se hace presente todas las semanas, y en ella y desde ella vamos viviendo todas las estaciones de nuestro año litúrgico.

El año litúrgico es la expresión de cómo se vive en la Iglesia y como viven sus comunidades. Esto es la raíz de nuestra vida cristiana, una raíz que da vida al árbol, a las flores, a los frutos. Desde la raíz, y por esta raíz, crece el árbol. La raíz es la parte de la planta enterrada en el suelo que fija la planta en la tierra, absorbe del suelo agua y otras sustancias. Es verdad que las ramas se cubren de hojas, se avivan con flores, se pueblan de pájaros. Pero que nadie intente cortarle al árbol las raíces. Las ramas cuando llega el invierno se cortan. Nunca al contrario. El año litúrgico es la raíz capaz de dar vida al árbol, a las flores, a los frutos, y espacio para las aves. La sabiduría de la Iglesia está en esta propuesta continua del Misterio de Dios como factor originante de nuestra vida. Durante el año vamos cobrando conciencia de la gratuidad, de la adoración, del amor de Dios; de dónde está nuestra salvación, nuestro sentido de la vida y de la muerte.

El año litúrgico es la vivencia de toda la acción de Cristo. Su comienzo tiene que servirnos siempre de alegría, de admiración, de fuerza. Es un comienza que nos propone hacer pie en nosotros mismos, y nos lleva por la veracidad y la justicia a ser las criaturas nuevas según la voluntad del Padre que quiere a sus hijos y los espera en la Casa a la que caminamos. Es el libro en el que podemos ir leyendo y confrontando nuestro caminar diario, requiere escucha por nuestra parte, atención, reconocimiento. Así aprenderemos lo distinto que es simplemente ver, de creer.

El año litúrgico es el tiempo de los pobres, de los mansos, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los pacíficos, de los que no se inventan su propia salvación, ni se dejan llevar por sus palabras y razonamientos. Es la palabra y la acción de Jesús hecha historia, hecha “estación del año”. Y ahí está nuestra respuesta, nuestra obra. Porque la liturgia hay que vivirla esta es la obra del pueblo.


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