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Conversaciones tiro-de-pichón

25.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

¡Ojala que nunca hubiéramos vivido esta situación, o que no hubiéramos contribuido a ella¡ No se si hemos sido el “pichón” en el campo de tiro. Creo que es difícil no haber sido, al menos, un “poco pichón” Se suelta el nombre de una persona y todos disparan a por ella, hasta que se agotan las municiones y el tiempo. Es lo mismo que hacer leña del árbol caído, o en sentido negativo, echar y echar leña al fuego. Pienso en lo importante que es que cada uno seamos realmente conscientes de cómo vamos por la vida. No lo que los otros tienen que hacer, sino lo que yo puedo hacer. Nos duele el sentirnos diana donde confluyen los tiros, ver como se nos juzga, como se nos interpreta. La palabra que señala el camino a la renovación, a la comprensión, bueno la palabra que señala, sencillamente, el camino es el respeto. No hay otro.

No creo que en nuestra momento concreto tenga mucho grado de estimación el respeto. Y el respeto es realmente la gran riqueza de la vida, o el gran problema. Un hecho muy concreto, aunque no es actual. pero si muy significtivo: después de la Segunda Guerra Mundial, el Congreso de los Estados Unidos encargó a David Lilienthal encabezar la nueva Comisión de Energía Atómica. Comisión, como se comprende, con una meta muy difícil. No vamos a fijarnos más que en el profundo y necesario aspecto humano de formación de un equipo ante una meta semejante
Lilienthal reunió a un grupo de personas sumamente influyentes, celebridades en sus propios campos. El grupo estaba impaciente por poner manos a la obra, además había una fuerte tensión y los medios de comunicación apremiaban. Pero David Lilienthal dedicó bastante tiempo a que todos se conocieran entre sí. Veía fundamental conocer los intereses, esperanzas, metas, preocupaciones, paradigmas, de los que iban a formar el equipo. Quería lograr un auténtico clima de respeto y valoración. Se le criticó severamente por dedicar este tiempo a algo que no se consideraba “eficiente”. El veía que era fundamental lograr unas relaciones estrechas, que cada persona estuviera abierta a la otra. El respeto tenía que ser la urdimbre de ese equipo. Si surgían desacuerdos, en lugar de oposición y defensa, lo que había que procurar era un auténtico esfuerzo para lograr la comprensión. Quería una actitud de base: si una persona de su inteligencia, competencia y compromiso disiente de mí, debe de haber algo en su desacuerdo que yo no entiendo y que necesito entender. Usted tiene una perspectiva, un marco de referencia que yo necesito percibir.

El hecho vale para todos, para los equipos humanos de grandes empresas, sean de la índole que sean estas empresas, y para nuestra vida diaria y sencilla. El respeto, si quiero vivir con libertad interior, con veracidad, con auténtica realidad humana, es necesariamente la urdimbre en mi vida personal y de relación humana, tanto en el trabajo diario, como en la vida familiar. Algo hay en los “desacuerdos”, en las tensiones, en las dificultades, que yo tengo que entender. Yo tengo que ver la perspectiva del otro, su marco de referencia, su situación personal. Y no quedarme mirando al otro con desafío, con desprecio más o menos manifiesto, porque el que tiene la razón soy yo. No tener conversaciones como se lanzan los tiros al pichón para alcanzarle y dejarle “cao”. La falta de respeto es la que lleva a la humillación más penosa, a la invasión del otro, a la violencia, a la explotación.

La vivencia del respeto es señal manifiesta de persona de buena índole, de madurez, de personalidad, de actitud abierta hacia lo grande, lo noble. En el respeto renunciamos a nuestra egolatría, a nuestro pobre y raquítico egoísmo, a tomar y usar a las personas para provecho propio. La sensación y vivencia de los valores solo se produce gracias al respeto. El respeto en la vida diaria es lo que podemos llamar atención, acogida, escucha, comprensión, apertura al “tu”. Realmente la persona “vulgar” no es respetuosa. Un día podíamos pensar en lo que realmente es la vulgaridad.

Recordamos que decía Chesterton que vulgaridad es pasar por la excelencia, por lo bueno, por lo noble, y no verlo.
La verdadera educación ha de estar basada en el respeto a uno mismo y a los demás. Y termino en lo de siempre el respeto nace y desemboca en el respeto a lo sagrado. A lo que me trasciende, en lo que encuentro mi identidad y la de los demás.


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