En cristiano

Un buen asado es un buen asado

24.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Hay personas sencillas, que van por la vida como un chorro de agua fresca y clara y son una riqueza: un buen asado es un buen asado y no hay más que hablar. Hay gente retorcidilla incapaz de ver que “un buen asado es un buen asado y no hay más que hablar”. Claro, hay que saber algo tan elemental como lo que es “un buen asado”, tener los sentidos bien, el gusto, el olfato para degustarlo. Apliquemos “el buen asado” a tantas cosas de la vida. Como decía una profesora mía cuando era pequeña: no seáis niñas –sí, niñas, porque cuando yo era pequeña los colegios no eran mixtos- no seáis niñas que han nacido con un “pero” en la boca. ¿Has visto que estupendo….?- Sí pero…- ¡Qué bien habló y actuó …¡- Sí, pero…- Bueno, y a veces directamente el “pero” sin ni siquiera decir “el sí”. Vale mucho… -Pero…

Las personas nos malogramos a fuerza de ceguera. ¿Se puede ser tan competente, como algunos se creen, y a la vez tan ciego a la excelencia, a la presencia de las cosas nobles, y dignas, a lo que merece la pena? Algunas personas son incapaces de aprehender en lo que ven, oyen, contemplan, la esencia, la vida que late, el meollo, donde está lo que verdaderamente enriquece. Esto, evidentemente, y desde el primer momento, no quita para nada la capacidad crítica tan necesaria en la vida. N es esa ahora la cuestión. No se puede ser ciego a lo bueno, a lo grande, a lo noble. El reconocimiento de que “un buen asado es buen asado” es la única actitud que puede producir apertura y posibilidad de comunicación. Las personas no podemos comprendernos sin abrirnos a los intereses, las esperanzas, las metas, las preocupaciones, los marcos de referencia de los otros. Claridad y sencillez para ver: un buen asado es un buen asado y no hay más que hablar. Si no tengo paladar para saborear el buen asado, es problema mío personal.

La sabiduría popular ha acuñado frases que con pocas palabras expresan profundas verdades. En apariencia sencilla y breve, contienen una gran experiencia: nadie da lo que no tiene. Para dar algo hay primero que poseerlo. No basta saber teóricamente las cosas tienen que ser experiencia de nuestra vida. ¿Cómo dar alegría, si no somos alegres? ¿Cómo hablar de amor si no amamos? ¿Cómo anunciar a Jesucristo si no lo conocemos? Jesucristo dijo que un ciego no puede guiar a otro ciego. Lo que decíamos, las personas nos malogramos a fuerza de ceguera, a fuerza de limitar nuestra capacidad de razonar, de ver, de admiración.

No hay árbol sano que dé frutos podridos, ni hay a la inversa, árbol podrido que dé frutos sanos. Porque a cada árbol se conoce por el fruto que da. No se recogen higos de los espinos, ni de un abrojo se vendimian unas. El hombre bueno saca el bien del buen tesoro que tiene en su corazón; más el hombre malo, de su propia maldad saca el mal; porque la boca habla de lo que rebosa el corazón. Menuda psicología rica y profunda son las palabras de Jesucristo. Nos pone las cosas en su sitio, y nos impide evadirnos de nuestra realidad personal, mirando la paja en el ojo ajeno, y no siendo conscientes de la viga que hay en el nuestro. Quien es capaz de ver y oir la voz su interioridad ha encontrado la puerta que conduce a una vida auténtica. No consiste simplemente en una serie de normas sobre lo que es bueno o malo, sino en ese saber interior que nos permite un juicio sobre nosotros mismos. Es fundamental ver lo bueno de las cosas, de las personas, de nosotros mismos. No su puede buscar el respeto en los demás sino primero dentro de nosotros mismos.

Viktor Frankl desde su experiencia en los campos de concentración decía que la vida cobra más sentido cuanto más difícil se hace, y que encontró el significado de su vida ayudando a los demás a encontrar en sus vidas un significado. La felicidad, para él, no es una posada en el camino, sino una forma de vida. Depende muchísimo de conocerse y ver de manera clara cuales son nuestras metas, y lo que realmente nos proporciona paz y serenidad. Nos damos cuenta de que cuando vivimos con nuestra fe y confianza puestas en Jesucristo, vemos todo mucho más positivo, y somos mucho más capaces de ayudar a los demás. ¡Cuántas veces nos damos cuenta de que nuestros problemas no son tan grandes cuando sabemos mirar a los demás, o cuando nos acontece algo que pone las cosas en su sitio, y nos ayuda a ver lo esencial. Albert Einstein dijo: “La belleza reside en el corazón de quien la contempla”. Es verdad que podemos pensar en la belleza de la naturaleza, en la belleza artística, en la belleza moral. Pero ¿puede contemplarse la belleza sin la capacidad que uno tiene dentro como fuente para ver, admirar, contemplar, para saciar su sed. De cada uno de nosotros depende no ser gente retorcidilla para ver que un buen asado es un buen asado, para ir sin “peros” destructores en nuestras palabras y en nuestras acciones. Nadie da lo que tiene, ni ve aquello para lo que no abre su corazón. Y nos quedamos con las palabras de Jesucristo: El hombre saca el bien del buen tesoro que tiene en su corazón.


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