Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
La ley es (debería ser) igual para todos. Matar a un inocente constituye, en un sistema justo, un delito que exige recibir un castigo adecuado.
En ocasiones, las leyes establecen agravantes. Merece un castigo mayor el crimen premeditado que el crimen pasional. Crea más daños sociales y reclama castigos proporcionados a los mismos el asesino del presidente de un país que el asesino de un vendedor ambulante.
Ello no implica que entre las víctimas exista una diferencia “de grado” en cuanto seres humanos: tanto el presidente como el vendedor ambulante son iguales en cuanto seres humanos. Pero cada uno tiene diferente importancia respecto del buen funcionamiento de la vida social, y por eso el castigo será mayor para el asesino del presidente.
Hay quienes proponen nuevos agravantes, basados en el hecho de las orientaciones que puedan tener las personas asesinadas o agredidas.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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