Por Carmen Pérez Rodríguez
Un día, con bastante urgencia, necesitábamos un libro para un chico que está en el Hospital de Parapléjicos y le pedí a un amigo que si me lo podía proporcionar. Le llamé al día siguiente por si lo me lo había conseguido y me dijo: a lo largo de la tarde te lo llevo. Lo consiguió y me lo vino a traer. Pertenece a esa gente extraña, que va “así” por la vida, haciendo y poniendo lo mejor de sí mismo. Y pertenece a esa gente extraña porque le ha pasado lo que a Juan y a Andrés, que no solo se quedaron una tarde con Jesús para ver que hacía, donde habitaba, como vivía, sino que ya le siguieron de por vida. Es profesor, ¡que suerte sus alumnos¡ ¿verdad?, y es el mismo que un día me hizo sentir que “el problema está en que nos vaya o no la vida en lo que hacemos” . Como decía otra chica que pertenece al mismo movimiento cristiano, “cuando has visto que tu experiencia es verdadera necesitas seguir. Y seguir a pesar de todo. Hay momentos muy duros y que son como un verdadero parto, pero sigues y claro “das a luz”. Estos dos amigos, y otros amigos, pertenecen a esa extraña gente que están convencidos de que con la libertad hay que hacer lo mismo que con la fe. ¿Cómo aprendieron los apóstoles a tener fe en aquel hombre? Siguiéndolo. Si Juan y Andrés hubieran ido a verle sólo aquel día, se habrían impresionado, y al cabo de diez años les habrían contado a sus hijos: hace tiempo vimos a un hombre…., pero no habrían tenido fe en aquel hombre. Lo siguieron. Y lo siguieron en la compañía en la que el Señor, al llamarlos, los ha puesto. Seguir, no hay nada más inteligente que seguir, dice Luigi Giussani.
La compañía, los amigos para Lewis, el autor de las Crónicas de Narnia, o de Las cartas del diablo a su sobrina, o de El diablo propone un brindis etc. jugaron un papel crítico en su conversión, que también llama “la gran transición”. Lewis pensaba que era un disparate de marca mayor lo que habían hecho sus amigos de abandonar su cosmovisión materialista, y convertirse en lo que llamó “sobrenaturalistas completos”. Sentía que no había peligro de ser arrastrado como ellos. Y encontró a otros miembros de la Universidad a los que admiraba, entre ellos al profesor H.V. Dyton y al profesor J.R. Tolkien. Sí, el autor de El Señor de los Anillos. Eran también creyentes y significaron una maravillosa compañía en la gran transición. Y dice que de pronto le parecía que esta extraña gente surgía por todas partes. Sí, porque rápida y sucesivamente, leyó la obra de Chesterton “El hombre eterno”, libro que le impresionó profundamente, como a todos los que lo hemos leído, y que dice que es el libro contemporáneo que más le ayudó. No sabía, dice el mismo donde se estaba metiendo un ateo acérrimo como él y con ningún deseo de dejar de serlo. De aquí ha venido mi reflexión sobre esta extraña gente, con los que Dios quiera que tengamos la dicha de encontrarnos en la vida, y, también, de que seamos capaces de reconocerla. Porque como decíamos al principio con la libertad hay que hacer lo mismo que con la fe. Seguir, no hay nada más inteligente que seguir
¿ Y si fuéramos personas así, personas que creen, pero que creen hasta el punto de que la fe es la que nos permite ver la vida, y configura nuestros juicios sobre la realidad, sobre las personas, los acontecimientos? Nos llena de sana envidia la esperanza, de determinadas personas, su actitud ante las dificultades y problemas, ante las enfermedades o la muerte, y nos inunda un deseo de poseerla como ellos, ¡quien la tuviera para vivir con su horizonte¡. Su trato produce en nosotros algo como un aire fresco, una vivencia de estupor, un sentir, por dentro, que algo se nos remueve, que sale algo de lo bueno que hay por ahí encerrado. Algo parecido a lo que debió pasarle a la viuda que iba a enterrar a su hijo y Jesús le dice: mujer no llores. O cuando a alguno le preguntaba ¿qué quieres que te haga? O lo que hacía exclamar a otros: ten compasión de mí; si quieres puedes limpiarme; haz que vea; un criado mío está enfermo. Ahora pienso que también era “extraña” esa gente que así se acercaba a Jesús. Extraña porque pedía, porque confiaba, porque reconocía, atisbaba lo que los demás ni se enteraban, y otros criticaban y se escandalizaban.
Esa extraña gente no va por la vida sin ver, sin escuchar. Piensan y hablan entre ellos del bien que no hacen. Saben, de hecho, que Jesucristo es real, que es mucho más positivo la confianza que la desconfianza, la generosidad que el interés, el alegrarse con lo bueno de los demás que la envidia. Esa extraña gente ha aprendido que lo importante no es “salvarse ellos”, sino salvarnos. Que no se vive solo, sino en equipo, y son tan extraños que creen que Jesús está en medio de ellos. Y es tan extraña esa gente que si tuvieran un billete de 500 euros en sus manos sería distinto que si estuviera en las manos de muchos de nosotros. Y sí, dice Lewis que de pronto a él le parecía que esta gente surgía por todas partes.
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Gente extraña este blog, que no intenta relacionarse. Nadie hace comentarios, supongo que por las mismas razones que yo los hice y ya no los hago. La Censura. Os veo extraños, me véis extraño, y en vez de acogerme me borráis. A Fernando, que escriba menos y lea más, aparte el Nihil Obstat, y salga a la calle. Opino, respetuosamente,
Martes, 29 de mayo
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