Por Carmen Pérez Rodríguez
Eso es lo que he sentido, necesidad de parar, de encontrarme, de ver y experimentar la claridad, la serenidad, la paz, el juicio que me haga bien, el pensamiento que aclare mi situación, que ayude a ver y a comprender lo que vivo, actuaciones, relaciones con los demás. Uno de los signos de nuestro momento es el embarullamiento, las milongas - milongas en el sentido de palabrería, engaño, cuento-, el bailoteo de ideas que además son incompatibles, y pensándolo, irracionales. También la jerga de palabras en cosas importantes, religión, problemas políticos, sociales. Me viene muchas veces a la mente la novela del escritor español, el Padre Isla, Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes. Es una obra esencialmente crítica para poner en ridículo el lenguaje rebuscado y sin ningún sentido de Fray Gerundio. Por contraste con fray Prudencia, hombre sabio y prudente, que trata de parar ese hablar tanto sin decir nada, y expresar lo que realmente conmueva a la persona.
El razonamiento serio y sereno no parece ser un signo de nuestro tiempo.
Lo que importa es lo inmediato, lo útil, el éxito fácil, el dinero cantante y sonante, la masa, la multitud, las experiencias sensoriales inmediatas. Ir de una parte a otra sin detenerse. No se hacen razonamientos claros y certeros. Basta observar la gente incluso en exposiciones o conciertos. No se entra en la auténtica relación con la obra, con la belleza, todo se cosifica, se pasa por todo con rapidez. Se desconoce lo que es la concentración. Todo se ha convertido en algo impersonal, masivo. Déjate en paz de cuentos, me diría mucha gente, y a “la vida real”.
¿A que se llama la vida real? Ser esclavos de lo ordinario, de ese flujo trepidante de lo externo, de lo que hacen, de las noticias, de los medios de comunicación, de las revistas. Es imposible tener paz así, encontrarnos con nosotros mismos. Damos por hecho que tenemos las ideas claras, que sabemos lo que queremos. ¿Las tenemos? El razonar de manera sencilla despeja la mente y, cuando la razón está despierta, se abre a lo que es justo. Y así ya no se nos engaña. Necesitamos profundamente la paz. Una idea, una sola idea clara que nos haga bien y nos de esa consistencia que merece la pena. Y esto nadie nos lo puede dar, somos nosotros los que tenemos que detenernos, hacer este esfuerzo. Es en nuestro interior donde podemos comprenderlo. Es facilísimo ser esclavos de lo ordinario, de lo se dice “vida real”, del flujo de lo externo, de lo que hacen y gritan. Todos nuestros problemas, tristezas y depresiones arrancan de una vida inauténtica, de vivir en la esfera del “se” dice, “se” hace.
No somos nosotros mismos los que vivimos. Es un innominado tirano, un pobre sujeto neutro, impersonal, que vive en el “se”. Se dice, se habla, se viste, ahora así. Nuestras reacciones son en cadena como respuestas a un estímulo, sin que seamos realmente conscientes, libres, responsables. La vida cotidiana me obliga a plegarme a la dictadura del “se” nada se escapa a su dominio: preocupaciones, placeres, ideas, todo no es impuesto. Desde fuera se habla de los derechos, como si fueran algo añadido a la persona, algo que se concede. Se dice quien tiene derecho a nacer, a vivir, a morir, que es el goce, que es el sexo, que es la familia, que es la persona. La vida parece un supermercado en rebajas, en el que se compra todo, por la tremenda crisis de lo que realmente es la persona. Una vida desparramada abierta a todos los vientos. Cada uno parece disolverse en los demás. Se es una masa irresponsable que destruye la auténtica existencia. Todos fundidos en una masa, que parecen solo querer vivir cómodamente, trabajar para lograr dinero, si es que no puede obtenerse de otra manera. Sin una voluntad auténtica, deseosos no de lo nuevo, y de la verdad sino de lo novedoso, y de la última ocurrencia del pobre que camina sin rumbo.
El despertar a la existencia auténtica se realiza en el interior del propio espíritu. Reconquistar el yo auténtico, donde está mi esfuerzo, las ideas, los pensamientos que ensanchan mi corazón. Lo que me da paz, lo que me orienta y mi permite ver. No puedo ser un robot, falto de la evidencia espiritual y de la cualidad humana. Necesito vivir en la vida real, diaria, de lo que da sentido a la vida y a la muerte, lo que yo siento que permite ver, que corresponde con lo que en mi interior anhelo. Tengo que reconquistarme, superarme, no perderme por lo inmediato, no evadirme de las dificultades, sino enfrentarme con lo que realmente necesito, No se tiene tiempo para lo que realmente es importante, y nos engañamos diciendo que es demasiado importante para este momento. Entonces ¿para cuando? ¿A que se llama “sana dosis de vida real”, “normalidad de las cosas”?¿Al éxito de este momento, a tener dinero, a comer bien, a divertirse, a ir de un lado para otro?… Nos resulta imposible creer en lo que puede parecer “extraordinario”, o “fuera de lo normal”. ¡Que pobre sensación la del que sabe todo, para todo tiene respuesta, porque le basta con lo que se dice, se lleva, se hace, se pesca en las conversaciones, en los telediarios, en las lecturas. Necesitamos una idea clara, una convicción, una certeza que todo lo una y desde la que veamos todo. Siempre me ha impresionado el auténtico sentido de “ley” en sentido riguroso, como unidad de todos los hechos. Necesito salir de lo que se llama normal, pararme y salir de este embarullamiento.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn