En cristiano

Los ojos de Samuel

11.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Siempre para mí la amistad ha sido algo fundamental en mi vida. No se si por influencia de Sta. Teresa de Jesús. Hoy me van a permitir un cuento, no tan cuento, que escribí cuando era joven, hace mucho tiempo. Haré algún arreglillo para que no sea largo. Se llama así: Los ojos de Samuel.

Se muere Samuel...«De hoy no pasa», han dicho los médicos. Samuel, el muchacho joven de cara abierta y despejada. El muchacho que sólo puede mirar hacia dentro, porque es ciego. Un accidente, cuando apenas tenía seis años, unas curas mal hechas y... consecuencia de ello, la ceguera. Pero Samuel es rico. Él va descubriendo una a una todas las cosas tan estupendas que tenemos dentro; y además... tiene un amigo. Samuel sabe todos los días de qué color es el cielo, sabe que hay nubes rosadas de formas caprichosas, sabe que las estrellas parpadean deslumbradas al ver nuestro mundo. Conoce los senderos estrechos de la montaña, la belleza de las cuevas subterráneas y disfruta con el paisaje austero de horizonte limpio. Samuel es feliz. Samuel tiene un amigo. No importa cual es el nombre del amigo. Quizá sea mejor no decirlo. Un nombre sólo nos parecería insulso y hasta superficial.

- Buenos días nos dé Dios, Samuel...Y Samuel se alegra al oír a su amigo. Ya hay luz en la tierra, y entra el sol por los cristales. Samuel conoce también la noche negra sin estrellas que parpadean, y el vacío inmenso del hombre que está perdido en el mar sin una señal, sin una brújula que le indique la dirección.

- Corre, Samuel, tenemos mucho que hacer, mucho...Y Samuel corre lleno de ilusión y de vida, porque hay mucho que hacer. Todo el mundo tiene mucho que hacer, y él no puede retirar su hombro. Desde por la mañana tiene prisa como su amigo. Antes, cuando eran más pequeños, corrían juntos hacia la escuela para aprender; después estudiaron sus lecciones ya más difíciles. Y ahora trabajan ya como unos hombres... ¡ hay tanto que hacer!

— Come, Samuel, nos lo hemos ganado... Y Samuel come con apetito ese pan que hasta hace poco era sólo una semilla. Después fue espiga, harina... y ahora es su pan. Beben alegres sorbos de agua fresca. ¡Qué bueno está todo para el muchacho ciego! Todo tiene sentido, todo tiene su sitio y él lo ve. Samuel y su amigo dan gracias, ¡es tan abundante el manantial!

— Anda, Samuel, nos esperan ya en el río... Van a pescar. Su amigo le prepara las cañas, los anzuelos, el cebo. Samuel también le ayuda, coge una cesta, la palpa; sí, ésta es la de su amigo; después la suya. Bajan alegres la cuesta larga llena de piedras. El muchacho ciego a veces tropieza, a veces cae..., pero no es nada. Abajo, en el río, los espera ya un grupo de muchachos. — ¡Al puente, al puente! En el puente, en esta época, es donde más se pesca. En el anzuelo de Samuel hace días picó uno muy grande. La caña se le doblaba por el peso. Lo sacaron entre tres. Ya en la hierba daba coletazos tan fuertes que hacía reír a Samuel. ¡Lo palpaba con un gusto! Los chicos están silenciosos con los ojos fijos en el agua. Samuel también «ve» el agua; de vez en cuando le salpican unas gotas y esto le produce alegría. Al regresar ha dado un pez a uno de los muchachos que no ha tenido una tarde de suerte. En cambio la suya ha sido estupenda.

-A las ocho te vendré a buscar, Samuel; iremos al orfeón. Y Samuel, durante la tarde, mientras revisaba nuevos alfabetos de escritura para ciegos, ha canturreado un poquillo. Pero sólo un poquillo porque su trabajo también le ilusiona y pone en él todo su empeño. Unos segundos después de dar las ocho, baja las escaleras; en la calle le esperan ya. Mientras caminan, Samuel va sintiendo a través de las palabras de su amigo lo que es una ciudad al atardecer, cómo se van encendiendo las luces, los anuncios luminosos... Cantos de Palestrina, de Vitoria, de Mozart. Cantos. Los chicos piden unos cuantos de música moderna. También aprenden cantos regionales, y a través de ellos aprende Samuel a conocer su patria. Al regresar a casa, el amigo de Samuel le echa un brazo por los hombros, y le explica lo que es una ciudad cuando empieza a dormir y cuando ya duerme. Por eso Samuel ha visto los serenos y la bruma nocturna. Ha visto las persianas bajadas, los portales cerrados y al transeúnte solitario...
— Buenas noches, Samuel, que descanses... Antes de dormir, Samuel recorre un poco su día. ¡Qué bien!, ha sido muy lleno... Está cansado. Sus párpados no pueden cerrarse porque siempre lo están, pero todos los miembros de su cuerpo tienen sueño, se «le cierran» ya. Samuel vuelve a dar gracias una vez más y se acuesta.

Ha muerto Samuel. Pero antes de morir.. — ha sido un milagro no sé si de fe o de amor — antes de morir, ha visto con la luz viva y real de sus pupilas el color del cielo, las nubes rosadas de formas caprichosas, las estrellas que parpadean deslumbradas al ver nuestro mundo. Ha «palpado» con sus ojos los senderos estrechos de la montaña, la belleza de las cuevas subterráneas, y el paisaje austero de horizonte limpio... Ha visto despertar la ciudad, el campo, el mar... y los ha visto dormir.
Y Samuel no se ha deslumbrado. Samuel, lo había ya visto todo dentro de sí como un milagro de fe y de amor. Samuel tenía un amigo...


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