Por Carmen Pérez Rodríguez
Miserere es el nombre que se da al salmo 50 de David en la Biblia por empezar con esa palabra en la versión latina. A los que les gusta la música, seguro que han escuchado el Miserere de Gregorio Allegri. Una de las piezas más maravillosas de estilo polifónico de la historia de la música. Desde, la fecha de su composición hacia 1638, se canta en la Capilla Sixtina en la mañana del miércoles y del viernes santo. Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa. Este salmo 50, el famoso miserere, es una de las oraciones más celebres y conocidas del Salterio, una meditación profunda sobre la culpa y la gracia, el perdón y la misericordia. Un reconocimiento en el que uno experimenta la sinceridad del corazón y siente que en el interior Dios le inculca la sabiduría.
La Liturgia de las horas lo repite en los Laudes todos los viernes. Es un oasis de meditación en el que se puede descubrir el mal que anida en nosotros e invocar al Señor y sentir la alegría de la salvación. Este salmo, esta lamentación individual, es conocida incluso en la literatura, recuerdo por ejemplo una de las leyendas de Gustavo Adolfo Becquer que se desarrolla en la época medieval, durante la noche de Jueves Santo, en la celebre abadía navarra de Fitero, en las ruinas del monasterio. El salmo 50 brotó del corazón de David cuando tomó conciencia de su propio pecado. Es una súplica que anhela la purificación interior, experimenta la situación personal y quiere conseguir la liberación. Es un reconocimiento de la justicia de Dios y el deseo de sentir la misericordia, la bondad de Dios.
Este salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, lo he leído desde la reflexión que sobre él hace S. Agustín y oyendo el Miserere de Gregorio Allegri. Dice David: yo reconozco mi culpa. Y si yo la reconozco, Tú perdónala. Si, de momento nos suena insolente esta expresión de S. Agustín, y nos cruje en el interior, que es lo que nos hace sentir la reflexión agustiniana: si yo la reconozco, Tú perdónala. No es esta nos dice la oración que nos dejó David. Por eso nos introduce de lleno en lo que puede ser descubrir con toda profundidad nuestro interior. ¿Qué experiencia, qué actitud y qué sentimientos me supone decir realmente: yo reconozco mi culpa? Ese reconocimiento que es el arrepentimiento del que hablábamos un día, esa fuerza de autoregeneración. Ese arrepentimiento que es expresión de nuestra libertad, que no ignora lo ocurrido, pero da un nuevo comienzo, apoyándose en el amor y la misericordia de Dios. No podemos presumir en absoluto de que somos buenos y de que vivimos sin pecado. Encomiemos, gocemos, alabemos de tal forma la vida que sigamos pidiendo perdón. En la suprema belleza, verdad, bondad y justicia ¡cómo se ve lo pobre y ramplón de nuestras miradas y medidas¡. A la confesión sincera: pues yo reconozco mi culpa, sigue la súplica confiada. Es el clamor de un hombre arrepentido que quiere su libertad y sabe que solo la verdad le hace libre. En cambio los hombres sin esperanza, cuanto menos piensan en sus pecados, tanto más curiosos son respecto de los ajenos. No buscan algo que corregir sino algo para poder hablar mal de los demás. Y, como no son capaces de excusarse, de pedir perdón, de reconocerse realmente, están siempre dispuestos a acusar a otros.
David no nos dejó este ejemplo de oración y satisfacción de Dios, sin esperanza, cuando dijo: yo reconozco siempre mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. No hay insolencia en su petición de perdón. No puede decirse su oración, su salmo, sin el reconocimiento verdadero y humilde de la culpa. David no se dedicaba a husmear en los pecados ajenos. Fijaba su atención en sí mismo, y no se contentaba con palparse por fuera, sino que penetraba dentro de sí y descendía a lo más hondo de sí mismo. No pensaba en disculparse, y así pedía perdón sin insolencia. Rezar, orar, reconocerse en el “miserere”: Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa. Pedir perdón a Dios sin insolencia, y ¿no es insolencia como miramos, a veces, a los demás, como fijamos nuestra atención en los que hemos discriminado en nuestro interior? Hombres sin esperanza son lo que no piensan en lo que ellos hacen y son curiosos respecto de lo que hacen los demás. No buscan corregirse ellos, sino algo para poder hablar mal, siempre dispuestos a acusar a los otros. Por el contrario a la confesión sincera sigue la súplica confiada. Es el clamor del hombre arrepentido que quiere su libertad, y sabe que solo la verdad le hace libre Y así se obtiene la alegría de vivir. Eso permite encontrarse bien consigo mismo, con Dios y con los demás. Experimentar la comunión. En esa afirmación en esas actitudes del miserere, y que describe S. Agustín, se recupera una nueva existencia. Se es capaz de cantar la bondad y la ternura divina. Esta es la mejor medicina. Es la experiencia siempre nueva del perdón: yo reconozco mi culpa.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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