Por Carmen Pérez Rodríguez
Esa fue la exclamación de un matrimonio joven que entraba en un encuentro de amigos y notaron algo especial, algo distinto. ¡Nos estamos perdiendo algo¡ Lo curioso es que, sin ponerse de acuerdo, los dos al mismo tiempo dijeron: ¡nos estamos perdiendo algo¡ A mi me conmovió, porque, sí, realmente se estaban perdiendo “algo”. Pero también su afirmación hecha por los dos a la vez, y la unidad del sentimiento que expresaban ante lo bueno que se estaban perdiendo. Me gustó y me puso de manifiesto lo que ya sabía, “esa sintonía” que hay entre ellos, y “esa veracidad” en su relación. ¿Qué se estaban perdiendo? Pues la experiencia que nos estaba transmitiendo una persona de cómo había vivido, en una situación difícil, que los mandamientos de Dios son agradables, alegran el corazón y se corresponden, en verdad, con nuestra naturaleza, aunque haya momentos que no lo veamos ni lo reconozcamos.
Me ha venido esto al corazón porque muchas veces yo también me digo esa afirmación ¡lo que me estoy perdiendo¡ Un día, andando por un parque, en esos atardeceres impresionantes, se quedó una persona literalmente absorta en lo que veía: unos rojos, unos azules, unos grises, unos blanquecinos, que ni el mejor impresionista es capaz de inventar. Alguien, que también iba andando, al verlo así pensó que ocurría algo. “¿Pasa algo?, yo no veo nada.” “Sí claro, que pasa, mire al fondo”. Pues sigo sin ver nada. No veía nada porque pensaba que era algo malo, como después le confesó. “Sencillamente mire el horizonte y déjese prender por el, déjese sorprender”. Lo vio y le dio las gracias. “¿Sabe, ahora cuando salga andar, me acordaré de Vd. y procuraré no perdérmelo.
Esto viene porque hay personas que tienen esta maravillosa capacidad de despertar a otros a saber vivir, a vivir con intensidad, a saborear y gozar de lo que está en nuestras manos y nos lo perdemos. Algo que pasa inadvertido para mucha gente, para otros es algo que les ayuda a vivir. A mi me despiertan mis amigos, me hacen sentir lo que puedo ver con Vds. desde esta ventana abierta. Hoy, por ejemplo, algo que puede parecer tan fuera de nuestra experiencia como es la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán. ¡Lo importante que es tener ojos capaces de ver, razón capaz de entender y corazón capaz de sentir¡ Voy a ver si a partir de ahora yo también me dejo “prender y sorprender”, y aprendo a vivir ¡que ya es hora¡
Pues, es verdad que hoy es una fiesta muy significativa para todos los católicos. Una fiesta en la que nos podemos ver así, todos unidos en la Catedral que preside el sucesor de Pedro, actualmente Benedicto XVI, y que expresa una comunión de vida. Claro lo importante es que fuera un hecho en cada uno de nosotros, y eso no depende de nadie más que de cada uno. El término basílica proviene de latín que a su vez deriva del griego y significa regia, o real, Es una elipsis de la expresión griega completa “basilica oikía” “casa real”. Una basílica era un suntuoso edificio público que en Grecia y Roma solía destinarse al tribunal, y que en las ciudades romanas ocupaba un lugar preferente en el foro.
En la Iglesia Católica se le da el nombre de Basílica a ciertos templos más famosos que los demás. Solamente se puede llamar Basílica a aquellos templos a los que el Papa les concede ese honor especial. En todos los países hay algunos. Todo muy humano y muy en relación con lo que es la naturaleza humana, su forma de vida, la expresión de su cultura, de su fe. Hay museos, hay monumentos, hay palacios. Pues lo mismo ocurre en la Iglesia. La primera Basílica que hubo en la religión Católica fue la de Letrán. El emperador Constantino, que fue el primer gobernante romano que concedió a los cristianos el permiso de construir templos, donó al Papa el Palacio Basílica de Letrán, y el Papa S. Silvestre lo convirtió en templo y lo consagró el 9 de noviembre del 324. Como cada párroco tiene su parroquia, cada obispo su catedral, el Papa tiene también su Catedral, y esta, porque es la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica, es la iglesia-madre de Roma. Fue dedicada primero al Salvador y después a J. Juan. Tiene dos capillas una es la S. Juan Bautistas y otra la de S. Juan Evangelista. En su frontis tiene esta leyenda: Madre y Cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo.
O sea que celebramos nuestro amor para con la Iglesia, con toda la Iglesia, desde el Papa hasta para el ser humano más pequeño que acaba de ser concebido en el seno de su madre, hasta el anciano que ya vive gracias al amor de los que le rodean, como es el caso de la madre de mi amiga Isabel, o hasta las personas con más sufrimiento de la índole que sea.
Esta fiesta coincide con la Virgen de la Almudena, que se celebra en Madrid. Una advocación más a la Madre. El nombre proviene del árabe Al Mudayna, la ciudadela. En todas las culturas estallan las advocaciones a la Madre del Dios que se hace hombre. Ya se la había llamado “torre de marfil”, “casa de oro”, ahora, “almudena” “ciudadela”.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
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