Por Carmen Pérez Rodríguez
Lo veo muy necesario: iluminar desde un ángulo nuevo la vida, el mundo en que vivimos, el trabajo, la política, la economía, la diversión, y ¡no digamos la educación¡ Por eso me gusta tanto leer, reflexionar, juzgar a la luz de lo que me dicen, gracias a Dios, y muy bien expresado, gracias a Dios, muchos autores. Por ejemplo, créanme y pruébenlo en directo, Benedicto XVI, que es un faro de luz en todos los campos de la vida humana. Qué claridad y experiencia en la presentación de las propuestas que nos hace, de lo que nos comunica. Y un médico, un logoterapeuta, como es Viktor Frankl que hace una verdadera radiografía de nuestra alma. Leerlo es tocar la médula de nuestra vida.
Por esta necesidad de dejarme iluminar desde un ángulo nuevo en el momento concreto que vivimos, pienso “en voz fuerte” con Vds. Necesito el sentido de ley natural universal, necesito un sentido de la persona que me de certezas, que me abra a lo que anhelo y ansío. Necesito la correspondencia que exige mi naturaleza humana, mi condición de persona sin que me emboten, me manipulen. Necesito vivir profundamente los grandes latidos de mi corazón: felicidad y sufrimiento, sufrimiento y felicidad, que comentábamos un día. El orden que quieran, pero con una “Y” que no admite separación porque esa es realmente la vida de cada uno de nosotros: los dos latidos del mismo corazón vivo. Aquí esta mi libertad, en la acción concreta de elegir en cada momento actitudes positivas, valiosas, basadas en el bien común, en el destino para el que hemos nacido y al que estamos llamados.
Por muchos procesos que se han puesto en marcha se ha creado un entramado en el que resulta totalmente imposible creer en “lo extraordinario”. ¿Lo extraordinario? Sí, lo que nos causa admiración y adoración, lo que excede a nuestros conocimientos, interpretaciones y medidas. Todo eso es realmente lo extraordinario: la realidad de que Dios nos ama, de que es Padre, de que hemos nacido para elegir y decidir, libremente, ser hijos de Dios, y creer y confiar que Jesucristo, por encima y por debajo de todo, es el camino, es la verdad, es la vida. Y sin El no hay camino, ni verdad, ni vida.
Pero se vive de lo que está a simple vista, de lo inmediato que nos invade y requiere. Existe una especie de bruma que insiste en la “normalidad de las cosas”. No se utiliza bien la ciencia, porque la ciencia de verdad, no es un arma contra el Cristianismo, porque la ciencia de verdad incita a pensar en realidades que no se pueden tocar ni ver, incita a pensar en la naturaleza de todo, en sus leyes, en su origen y en su destino. La ciencia de verdad es un continuo preguntar, un continuo abrirse más y más. La técnica es la que soluciona lo inmediato, pero nunca es el principio que rige, que determina. Nadie puede sacrificarse a la técnica que es un medio al servicio del hombre. Sabemos que toda técnica es consecuencia de una buena teoría, es aplicación de una ley, de una naturaleza; supone una base. Pero hoy es como si se jugueteará con las ciencias, y se idolatrara este jugueteo. A veces parece que las ciencias se limitaran a ser economía y sociología. Nos alejamos de la verdadera razón, de la ley que se expresa en todo.
También hemos prostituido el concepto de ley. La ley es expresión de la naturaleza, del ser de las cosas, de su funcionamiento. Los científicos llaman leyes a la correcta interpretación de la naturaleza. Pero en nuestra vida de hoy, en los parlamentos, en los organismos e instituciones, las leyes que dirigen la vida son algo arbitrario, dependen de la decisión del poder, de lo que se llama la vida real, las necesidades en las que cada uno se encuentra o se ha sumergido. Da la sensación general de que lo sabemos todo, y que todo lo que se pesca en conversaciones, lecturas, novelas, películas, tertulias es el resultado de las últimas investigaciones. Existe un autentico embarullamiento y pobreza de conocimiento.
Sin Dios, sin el sentido de trascendencia, es la lucha de todos contra todos, la lucha del poder y del dinero. Se desea el descrédito, la degradación y la ruina de los demás. Parece que lo importante es ser experto en alianzas fingidas y puñaladas a traición, en el arte de informes confidenciales que, claro, lo importante es publicarlos. En la situación en que vivimos, se respira un ambiente en el que cada uno está continuamente pendiente de su propio placer, de su propio enaltecimiento. Y así se está inclinado a sentirse agraviado, y vivir de pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento. Un mundo en el que no se puede sentir afecto, ni fidelidad, todo es de usar y tirar: familia, matrimonio, trabajo, relaciones humanas en general. Nada tiene un sentido de permanencia, no hay nada que merezca realmente “la pena de la pena, lo pena de sufrir, la pena de esforzarse, la pena de creer, la pena de esperar. Un mundo en el que cualquier atisbo de belleza, frescor, admiración tiene que ser excluido-
Necesito iluminar desde un ángulo nuevo la vida. No puedo vivir de respuestas fabricadas a situaciones vitales como es el sufrimiento, la felicidad, el sentido de la vida, el trabajo, el placer, el gozo, el peso de mi vida diaria…
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn