Por Carmen Pérez Rodríguez
Hace unos meses, que ante mucho de lo que me sucede, sea de sufrimiento, alegría, pena, satisfacción, cansancio, dificultad, temor… reflexiono y acudo a un libro de Romano Guardini: Una ética para nuestro tiempo. Lo había leído ya hace mucho, pero ahora me vuelve a ser necesario, vital, y esclarecedor. Casi me sale decir esa expresión tan castellana que decimos muy frecuentemente: ahora más que nunca, lo necesito. En realidad “el ahora” siempre es más que nunca. Lo estoy saboreando de una manera que me nutre. Siento interiormente el bien que me hace, me deja mejor. Es como el sol que ilumina, llena de claridad, y por el que veo las sombras y la luz de mi vida diaria. Produce sentimientos relacionados con la idea de Platón de que el bien es la causa de lo recto y de lo bello. Precisamente en la observación previa, que hace Guardini, a los capítulos del libro, comienza con este pasaje en el que Sócrates expone cómo en el bien la verdad suprema se identifica con lo divino. A lo que Glaucón, el joven oyente, responde lleno de estupor: Hablas de la más alta belleza. Necesitamos de esta ética porque anhelamos la verdad, la belleza, lo recto, y realmente todo culmina en el bien, en lo divino. Vivir nuestra vida diaria, en todas las circunstancias, a la luz del bien, de la verdad, encontrando la belleza que realmente existe, y con la confianza que todos nuestros pasos tienen un sentido, aunque muchas veces parezca un desierto sin agua.
Existen valores incondicionados que pueden ser conocidos, a pesar de la confusión reinante, a pesar de que lo común sea que todo se compra y se vende, de que en el ambiente se respire que a todas las personas se las puede comprar. Pero es un hecho que hay una verdad, y todos los auténticos valores se reúnen en la elevación de lo que se llama bien. Y ese bien es el que hemos de realizar en nuestra vida, según las posibilidades de cada uno. La realización del bien nos lleva a conocernos a nosotros mismos, al reconocimiento de nuestra propia humanidad, a la libertad interior, al sentirnos con anchura, a ver que todos nuestros pasos tienen un sentido.
Nuestro momento, a pesar de todo su relativismo, y materialismo, de la feroz crítica contra la religión y la Iglesia, o de su escepticismo, anhela, sin saberlo quizá, una interpretación de su vida diaria hecha a partir de lo eterno, de lo que merece la pena, de lo que siempre vale. Es un hecho, que aún en medio de nuestras dudas, evasiones, cobardías y autoengaños, necesitamos una interpretación de lo que ocurre a partir de lo eterno, a partir de Dios. Cuando nos llegan situaciones que no esperábamos, momentos duros parece que se nos sacude de todo el artificio superficial, y nos quedamos ante lo esencial. Nos hacemos preguntas, y toda respuesta es una nueva pregunta. Hablamos de lo que nos proporcionan nuestros sentidos, vista, oído, tacto, olfato, gusto, sentido del equilibrio etc. y hasta del sentido común, Pero tenemos “un sentido interior” que muchas veces está como enterrado por mil cosas superficiales, y, cuando irrumpe, nos inunda y nos pone ante la verdad.
Una ética para nuestro tiempo de ninguna manera es una “moral” de lo prohibido. Todo lo contrario es una llamada a la elevación viva, a la libertad, a la grandeza y la belleza del bien. No son palabras, cada uno sabe en sus circunstancias concretas lo que significa esta llamada. Así viviremos de la verdadera autoestima. No es nada que se impone desde fuera, sino lo que nos lleva a nuestra propia realización, lo que lleva de veras a hacer al hombre ser hombre. Es una actitud confiada y positiva ante la vida, porque Dios es. Y yo soy, existo, porque El me ama. Es vivir con la conciencia de lo que realmente hace posible la vida, mi vida, lo que le da sentido, y así ser valiente contra lo que me estorba y me impide ser yo mismo. Siempre el conocimiento del bien y de la verdad es motivo de alegría aunque suponga esfuerzo y sacrificio. Mi personalidad estará rectamente ordenada si tiene energía para superarse. Es esa actitud de hijo que representa una mirada a través de toda la existencia que solo se logra desde Dios Padre. Toda acción humana esta sujeta a justicia y razón. Y así lo juzgamos y sentimos. Esto es noble, esto es justo, esto es veraz, esto es generoso, esta respuesta es magnífica, esta manera de vivir su situación nos admira, su conducta es una luz en el camino. Pues ¿por qué y cómo son posibles estos juicios sin el Bien, causa de lo recto y de lo bello? ¿Cómo son posibles sin la voz de nuestra conciencia y la apertura a Dios amor, bien, verdad, belleza?
Quiero vivir desde lo positivo, desde lo que me alienta y me hace ser mejor, desde lo que me abre a todos y a todo. No hay esquemas generales sino mi propia humanidad viviente que me llama a realizar en las circunstancias concretas el bien, la verdad, la belleza.
Martes, 14 de febrero
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