En cristiano

¿Se puede ser uno mismo sin interioridad?

04.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Todos hemos visto lo que es una persona concentrada en lo que hace, en lo que habla, en su trabajo. .Los psicólogos y educadores saben perfectamente la importancia y significación de la capacidad de las personas para concentrarse, esa capacidad necesaria para estar, como vulgarmente decimos, en lo que hacemos, y para ser uno mismo. Es imposible ser un buen cocinero, un buen deportista sino hay concentración. No nos imaginamos a un pintor, a un escritor, a un pianista sin concentrarse en la obra que está realizando o interpretando. Un pianista ucraniano Vadim Gladkov asegura que desde la primera nota sabes si un pianista es artista o ejecutante, porque lo verdaderamente difícil, como músico, es transmitir bien las emociones, el contenido de la obra y llegar a las personas. Tampoco es posible disfrutar de una obra de arte, de un paisaje, de una lectura sin concentración; sin ese diálogo, esa relación profunda en la que se valora, se siente, se goza, se admira, se comprende; y así se siente la interioridad.

¿Es posible ser realmente uno mismo sin concentración? Concentración, así se llama un capítulo del libro de Romano Guardini Una ética para nuestro tiempo, de la que ya hemos hablado. Para entender lo que significa la concentración, nos dice, tenemos que tomar conciencia de cómo somos realmente los seres humanos. Estamos orientados hacia dos polos. El primero es la interioridad del hombre, su centro. No es fácil decir qué es ese “centro”, pero, si lo pronunciamos desde nosotros mismos, sabemos lo que queremos decir, porque sencillamente la experimentamos. Es el punto de relación hacia dentro, lo que hace que nuestras fuerzas, cualidades, disposiciones de ánimo y acciones no sean una yuxtaposición sino una unidad. Es nuestra “yoidad”, nuestro sí mismo personal. Entre los dos polos, mi interioridad y el mundo en torno de mi, transcurre mi vida. En el “dentro” y en el “fuera” se forma la vida cotidiana. Lo que ocurre fuera es orientado y enjuiciado desde dentro. Lo interior está llamado, despertado y nutrido desde fuera. Es evidente que la persona equilibrada es aquella en la que estos polos, el dentro y el fuera, están en una relación correcta, no se pierde en el fuera, ni se enreda en el dentro.

En nuestra época estamos en una situación peligrosa por las incitaciones tan fuertes y tan múltiples desde todos los campos, por la tremenda despersonalización, por la poca escucha que hay a la voz de la conciencia. Lo público interviene cada vez más despiadadamente en la vida personal, de tal modo que el dominio privado desaparece a ojos vistas. Las personas, llamadas famosas, se mueven como peces en un acuario en el que se les puede observar en todo lo que hacen y por todas partes. Pero es que vivimos en un ambiente así, en unos medios de comunicación así. Con poco que reflexionemos, es fácil darse cuenta de que todo parece conjurarse para que el mundo interior de las personas se eche a perder. Es como si el hombre no tuviera el centro vivo. Lo que ocurre, le inunda desde fuera y le invade. Parece un desperdicio pasar la tarde en silencio con un libro, porque siempre se tiene que hacer algo. La exigencia de considerar cada uno su propia vida, a solas consigo mismo, conocimientos, acciones, responsabilidades, disposiciones de ánimo, ni siquiera se plantea, no se sabe como hacerlo, y se escapa de si mismo. La vida, así, se disuelve en reacciones hacia fuera. No se posee uno a sí mismo, no se tienen convicciones propias. Solo opiniones de lo que ha leído en el periódico, en las revistas, ha oído en la radio. No actúa por espontaneidad interior, sino como consecuencia de lo que le toca desde fuera.

Todo esto es importantísimo en las distintas situaciones de la vida, en la relación con Dios, con los demás, en el trabajo, en el descanso. Por ejemplo ¿qué forma el núcleo de la relación con Dios? Ser piadoso significa estar en diálogo con Dios. No se habla con Dios como dentro de una niebla, sin la conciencia de un “tu” Si hablamos desde nuestra interioridad nos ponemos en contacto con la del otro, buscamos sus ojos con los nuestros, “buscamos su rostro”. Dirigirse a Dios, -como dice el salmista, un hombre como nosotros que así lo expresó- es buscar el rostro de Dios. Y Dios habla en nosotros en lo que llamamos “conciencia”. Constantemente nos toca la llamada que nos dirige “lo bueno”, lo justo, lo que es digno de ser, y ha de ser. Nos apremia: llévame a cabo en el mundo para que se haga el reino de lo bueno. Y a eso responde una voz en nuestro interior que depende de cada uno: sí, quiero hacerlo. Y ¿cómo he de hacerlo? Sucede silencio, llamada, consideraciones. Este es un diálogo de nuestra interioridad en el que estamos concentrados. Lo bueno me requiere aquí y ahora. Esta exhortación hacia el bien, lo verdadero, lo justo, lo noble solo es posible desde una actitud interior. Solo una persona concentrada entiende la llamada del aquí y ahora. La relación yo-tu se da también con las demás personas. Y de aquí surge el amor, el respeto, la fidelidad. Y lo mismo pasa en el trabajo, en el descanso. La vida humana solo es posible por la concentración, por la interioridad. La dispersión, todo lo cosifica, lo convierte en utilidad pasajera. Necesitamos tiempo para entrar dentro de nosotros mismos. No se puede ser uno mismo sin interioridad.


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