En cristiano

Hoy vamos a conjugar

03.11.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Yo me canso de luchar, Tu te cansas de esforzarte, el se cansa de vivir….Todos nos cansamos.

¡Cuántos cambios de estado de ánimo experimentamos a lo largo del día¡ Momentos en los que nos parece que no merece la pena nada, y que no somos capaces , “ya” , ni de coger un alfiler del suelo por amor de Dios. El ejemplo es de Sta. Teresa de Jesús. ¿Quién no experimenta el cansancio? ¿Quién no experimenta la rutina de lo cotidiano? Me canso de esta situación, me canso de este trabajo, me canso de esforzarme, me canso de empezar, una y otra vez, a querer vivir llena de fe y confianza, me canso de vivir… Tenemos momentos, situaciones, épocas, que parece estuviéramos ante una especie de muro, sin horizonte, que nos impide ver, esperar, confiar, tener fuerza, ilusión. No hablamos aquí de seguridad en el sentido de garantías externas, dinero, casa, coche. No es eso.

Hay un tipo de seguridad, de confianza, de ánimo, frente a estas situaciones que sí vale la pena buscar, y es la seguridad interior que te brinda saber tener confianza en lo que crees, en lo que esperas, y, a la luz de esto, poner en acción la capacidad de solucionar cualquier problema que se nos presente, o superar un mal momento. Saber ver la realidad, la rutina y dificultad diaria. En cada situación hay la respuesta que cada uno le da. Tenemos que responder a la vida y responsabilizarnos ante ella. Y vivir los sentimientos del salmo: dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia y no se marchitarán sus hojas.

Hay una anécdota que quizá algunos ya la conocen: “Es gratis”. Un niño pequeño se dirigió a su madre que estaba en la cocina preparando la cena y le dijo: mamó me aburro y me canso. Me canso de hacer lo mismo, me canso de estudiar y de ayudar en casa. He pensado que me podías dar dinero por cada cosa que haga. Mira te he hecho una lista: por limpiar mí cuarto cada semana: 3 euros. Por hacer los recados: 2 euros. Por cuidar a mi hermano cuando estoy en casa: 2 euros. Por sacar las bolsas de la basura: 1 euro. Por estudiar y aprobar: 5 euros. Todo comprado, pagado. Entre todo: 13 euros, pero me darás 15, y haré otras cosas que tu quieras para compensar esos 2 euros. La madre miró a su hijo, llena de cariño y de recuerdos de todo el cansancio, y de la rutina que había vivido día a día. Cogió un bolígrafo y, en el otro lado del papelito que le había dado su hijo, escribió: por los nueve meses que te cargué y me cansé mientras tu crecías dentro de mí: Es gratis. Por todas las noches que me senté a tu lado, te cuidé y rece por ti y contigo: es gratis. Por todos los momentos de cansancio, por todos los momentos difíciles y las lágrimas que me has causado durante todos los años que tienes: es gratis. Por todo el tiempo que te crié con mis pechos, y todos los desayunos, comidas, meriendas y cenas que te he preparado: es gratis. Por los juguetes, la ropa, por todo lo que te he cuidado cuando estabas malo, por todas las veces que te he limpiado, bañado, vestido: es gratis. Por todas las noches que estuvieron llenas de temor, y por todas las preocupaciones que todavía sé que vendrán, y por todo lo que siempre pienso seguir haciendo por ti: es gratis. Y cuando lo sumes todo, hijo mío, el precio de mi amor es gratis. Cuando el niño terminó de leer tenía los ojos llenos de lágrimas. Miró a los ojos a su madre y le dijo: Gracias, mamá, por haberme enseñado algo tan importante para mi vida. Lo que se compra y lo que no puede comprarse. Mamá te quiero mucho. Yo siempre tendré una cuenta pendiente muy grande. Cuando me canse, cuando me aburra, cuando no tenga ganas, me acordaré de este papelito que me guardo. Y luego escribió en el papel que había escrito: mamá, pagado en su totalidad.

El niño aprendió de la fuerza del amor, del saber por qué su madre hacía las cosas, del ánimo con que una y otra vez se levantó, de cómo venció la rutina, el cansancio. Lo que nos puede asombrar en la vida de una persona es precisamente lo que ya no le asombra a ella, su trabajo cotidiano, su amor, su abnegación, su esfuerzo diario. Es verdad que se puede leer en la cara el bien que esa persona ha ido dejando por la vida, la confianza que ha sembrado, el desanimo que ha superado, la rutina que ha vencido. Igual que, por el contrario, se puede leer en un rostro la medida exacta en que ha dejado que las cosas le “destiñan”. Muchas veces se ilumina en la vida a los que plantean furiosamente los problemas, a los que gritan, en vez de aquellos que, pacientemente, los van resolviendo.

Todos los minutos cuentan, todos, también los de los momentos de cansancio, de desanimo. Y si todos los minutos cuentan es porque ellos están contados. Hemos comentado varias veces la expresión de un pensador, Jaspers, somos consecuencia de lo que hemos ido haciendo nuestro y cómo lo he hemos ido haciendo. Aquí cada uno podemos pensar en nuestra propia biografía. Nadie se convierte de la noche a la mañana en una buena persona, en una excelente persona. Cuando se convierte uno de la noche a la mañana en una buena persona es que ya lo era, o empieza a serlo. Mi vida no es un misterio a descifrar sino lo que yo voy a escribir, lo que yo voy a responder. “La “novela” que todos vivimos sigue siendo un logro creativo incomparablemente mayor que la que alguien haya podido escribir” (Viktor Frankl).


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