Por Carmen Pérez Rodríguez
Hoy conmemoramos a todos los fieles difuntos, que "nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz". ¿Quién no desea esto para sus seres queridos? ¿Quién no quiere una comunión con ellos tangible, llena de fe, esperanza, amor? ¿Quién no quiere sentir con las personas que tanto ha amado unos lazos que no acaben, una presencia que llene la ausencia que tanto se siente? ¿Por qué estos sentimientos tan hondos y profundos en el amor humano de padres, esposos, hijos, hermanos, familiares, amigos?
¡Que llena de humanidad está la liturgia de la Iglesia católica¡ Es una verdadera pena, una raquítica y pobre miopía que “pasemos” por ella sin ser conscientes de lo que supone y es, o sencillamente que la ignoremos. La liturgia: el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo por la Iglesia, la celebración del Misterio de Cristo, la cumbre a la que tiende toda la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana su fuerza. La liturgia ante la muerte, y ahora concretamente, ante el hecho de la conmemoración de todos los fieles difuntos. Sí, no sobra ni una palabra, conmemoración, todos, fieles, difuntos. Porque estamos en la Iglesia, comunión de todos los que profesamos el credo. Nunca nos diremos bastante a nosotros mismos que no se puede creer a medias, y así, si no creemos a medias, seremos “creyentes creíbles” que nos pide Benedicto XVI.
El es el que nos dice que la nueva vida, la que se recibe en el Bautismo, no está sometida a la corrupción, ni al poder de la muerte. Para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la peregrinación terrena a la patria del Cielo, donde el Padre acoge a sus hijos de toda nación, raza, pueblo y lengua. Por ese motivo, es muy significativo y apropiado que, después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga celebrar la conmemoración de todos los fieles difuntos. Celebramos la realidad de una familia unida por profundos lazos más allá de lo temporal, lazos reales, alimentados diariamente por la oración, por la celebración de la Eucaristía. Esta celebración expresa nuestra unión que supera la barrera de la muerte, rezamos unos por otros, y vivimos un intercambio de dones, porque cuando una ora, ruega, suplica se hace mejor, afloran sus buenos sentimientos. Las tradicionales celebraciones litúrgicas por nuestros seres queridos, la visita a sus tumbas si la vivimos con fe, sin creer a medias, son una oportunidad para pensar en el misterio de la muerte, y afrontar la realidad de lo que supone nuestro diario vivir.
Claro, celebrar con serenidad y paz esta conmemoración, supone creer en Jesús muerto y resucitado, ya que solo así, realmente, no es vana nuestra fe. Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, también creemos que del mismo modo a los que han muerto en El, Dios los llevará a la casa del Padre. Con nuestra forma de vivir y nuestra respuesta a la muerte de los seres queridos, somos un testimonio necesario para comunicar el sentido de la muerte y de la vida eterna. No es hora ya de mezclar temas tan vitales con mitologías de diferentes tipos. En la carta del Papa Benedicto XVI sobre la esperanza cristiana, se preguntaba sobre el misterio de la vida eterna. La fe cristiana ¿es también para los hombres de hoy una esperanza que transforma y sostiene la vida? Y más radicalmente ¿desean aún los hombres y mujeres de nuestra época la vida eterna? ¿Se ha convertido la existencia terrena en su único horizonte?
En el fondo de nuestro corazón, todos queremos ser felices, todos queremos una vida bienaventurada. Sentimos interiormente que estamos orientados a algo más grande que nos trasciende. No podemos suprimir el anhelo por la justicia, la verdad, la felicidad plena. Es fuerte la convicción de que se ha restablecer la justicia, el esclarecimiento definitivo de nuestras dudas, la fuerte convicción de un juicio recto y claro sobre nuestra misma actuación y la de todo lo que acontece. Ansiamos una claridad, un conocimiento cierto, una plenitud de vida y de alegría. Nos sentimos atraídos hacia todo ello sin saber muy bien qué es. Es una esperanza universal, común a todos los hombres de muy diferentes culturas.
Muchos pueblos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de sus difuntos. Un cristiano, decía S. Ambrosio a los cristianos de Milán, tiene mejores presentes. Cubrid de rosas, si queréis, los mausoleos, pero envolvedlos, sobre todo, en aromas de oraciones. Comentábamos el año pasado que en una abadía, la de Cluny, comienza esta fiesta litúrgica de los difuntos. Fue instituida por S. Odilón, quinto abad de esta abadía del sur de Francia. Y luego ya en el siglo XIV, Roma adopta esta práctica, que se va gradualmente expandiéndose por toda la Iglesia.
La invitación a rezar por los que han muerto, es una manera muy concreta de sentir la comunión de los santos. Afirmación que hacemos en el “credo”, y que como decíamos un día, no es de ninguna manera una cantinela infantil. Decimos creer para nosotros y para los demás, en la “vida eterna”, una nueva vida sumergida plenamente en el amor de Dios, fundada en la muerte y resurrección de Cristo.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn