Por Carmen Pérez Rodríguez
Hablaba con unos amigos sobre las realidades, los hechos, las personas, las líneas donde late el corazón y la vida. El resumen fue esta exclamación: benditas personas que son incorregiblemente ingenuas. Benditas esas personas que van así por la vida, por ellas, por lo que siembran y por lo que aprendemos los demás. Esas personas que son incapaces de ser transfugas, renegadas, actitudes tan corrientes en un mundo que se divide en bloques ideológicos, políticos, de poder, de dinero, y en el que parece que la palabra clave es “choque”. Libros choque, ideas choque, proyectos choque, modas choque…Benditas personas incorregiblemente ingenuas que no viven en el mundo de la competencia, en ese mundo en el que todos los que compiten parecen ser enemigos. El tiempo no es, para ellas, dinero. Ni han sustituido el latir del corazón por el tic-tac del reloj de la prisa, y de la ambición. Esas personas, incorregiblemente ingenuas, que creen y viven convencidas de que lo importante, y lo que tiene sentido, es vivir con fe, con esperanza, con amor.
Esas personas incorregiblemente ingenuas que saben que no hay “síes” condicionales para empezar en el camino. No piensan en cómo podrán subsistir si ellas caminan así, pero los otros no, si ellas lo hacen y los otros no. Son personas incorregiblemente ingenuas que a los “importantes” de nuestro mundo, a los que están a la última, a los creen dominarlo y conocerlo todo, a los que están de vuelta de todo, les parecen insensatas, más todavía que incorregiblemente ingenuas. Con su fruncimiento de cejas, juzgan, critican, murmuran, calculan, o piensan en lo que puede producir tal gestión, en los euros que puede reportar, y en la ventaja que puede producir el trato con tal persona. Son esas personas tan importantes, tan conocedoras de todo, tan suspicaces y críticas, que se fían más de sí mismas que de Jesucristo, se creen más importantes y reales que El. No se, a solas consigo mismas, en que creen las personas que ven como insensatas a las personas a las que hoy llamamos “incorregiblemente ingenuas” porque quieren y buscan en sus acciones concretas el bien, la verdad, la belleza. Personas incorregiblemente ingenuas, e insensatas, porque, en el fondo, lo que les pasa es que creen que Dios es amor, y que ama hasta el extremo de hacerse hombre y vivir, codo a codo, con nosotros. Y así viven con esa confianza y certeza que les hace ver la realidad de otra manera que los que las califican de insensatas.
No se si es real, pero nos sirve. Iba un hombre caminando por la playa y vió a otro que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez. Se acercó y vió que lo que cogía eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena. Cogía una a una, y las arrojaba de nuevo al mar. Al preguntarle por qué lo hacía le respondió: estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí. Ya, pero debe de haber miles de estrellas de mar sobre las playas, no puedes lanzarlas todas. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido? El hombre sonrió, se inclinó y tomó otra estrella marina y, mientras la lanzaba de vuelta al mar, respondió: para ésta sí lo tuvo. Una de esas personas incorregiblemente ingenuas que piensan en el bien concreto e inmediato que ellas pueden hacer, y no les desbordan los hechos. Personas que no tienen el corazón miope, que van por la vida creyendo y actuando en lo que decíamos un día de los “pobres medios” a nuestro alcance, que en realidad son los que nos hacen grandes. ¿Por qué cuando una reina, un político importante, un magnate de la industria, tienen un detalle humano con alguien que sencillamente se les acerca nos conmovemos todos? ¿Por qué se fotografían, se hacen primeros plano de hechos sencillos, de pobre medios que están al alcance de todos? ¿Por qué del fondo de nuestro corazón, cuando se disipan los vapores de la vanidad, de la desconfianza, de los prejuicios, sale a la luz el ser incorregiblemente ingenuo que llevamos dentro?
Un chico joven comentaba la impresión que le había producido una persona que se decía “creyente”, esa palabra que muchas veces es tan ambigua, y la actitud tan inexpugnable que manifestaba:” yo también he sido un idealista cuando tenía tu edad”. El temblaba pensando que podía llegar a tener la edad del que así le hablaba. “Pero he llegado a comprender”…Odiosa comprensión. ¿Qué había llegado a comprender ese hombre? Que después de él el diluvio. Que nadie se merece que se preocupe por él. Que sólo se vive una vez. Que el Evangelio es para tenerlo como un libro que adorna una biblioteca, como algo a lo que me puedo referir cuando me conviene; como algo que no hay que tomar al pie de la letra. Que Jesucristo esta bien pero hablaba para los de hace dos mil años.
Vuelvo al comienzo: benditas personas que son incorregiblemente ingenuas, esas personas que no toman el rábano por las hojas, sino que toman las cosas, incluso las de la tierra, desde dentro.
Martes, 29 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
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