Por Carmen Pérez Rodríguez
¡Qué gusto!, ¿verdad? encontrarse con personas que nos enseñan a vivir. Sí, hay personas, hechos, situaciones que nos enseñan a vivir. Nos muestran, si lo sabemos reconocer, la continua afirmación de Jesucristo: que la paz del Señor sea con vosotros. Personas, libros, lecturas, reflexiones que dan paz, que nos sirven de referencia, que nos ponen, en el buenísimo sentido de la expresión, “contra la pared” para caminar por el camino correcto. Pero eso exige de nuestra parte una apertura, una limpieza de corazón. Claro, si vamos por la vida viendo los defectos y limitaciones de los demás, nunca descubriremos más que eso: defectos, lo negativo. Si reconocemos que alguien es, por ejemplo, cabezota, alguien que siempre quiere tener razón, en el fondo lo que estamos reconociendo es que es más obstinado “todavía” que nosotros, etc. Pongámonos los ejemplos que más nos atañen.
Pero sí que existen personas que entran en nuestra vida, abren de par y par la puerta, y sin decir palabra, solo con su mirada y su sonrisa significan: que la paz del Señor sea contigo. Son personas que con su actitud muestran más la existencia de Jesucristo que muchos consejos y sermones. Lo de siempre, la palabra convence, el ejemplo arrastra. Hay hechos, actitudes, respuestas ante situaciones duras y difíciles que abren al mundo auténtico, al mundo de los sencillos, de los que se sienten necesitados de lo mejor, de la oración, del cariño, de la gratuidad, de los que creen que la humildad es andar en verdad, y aceptar que otros quieran borrar lo que se ha escrito, casi con sangre. Son esas personas con las que nos hemos encontramos, en determinados momentos, y han producido luz en nuestro interior, por su manera de estar, por su manera de enfocar los problemas, las dificultades, las alegrías, los éxitos. Las hemos sentido en momentos concretos como verdaderos testigos de lo que merece la pena, de lo que es esencial, de la alegría, de la sonrisa, del amor, de la esperanza. Parecen ignorar lo que se les “debe”, las faenas que se les han hecho, y solo quieren responder a lo que necesitan los demás.
Si no encuentro a nadie que me enseñe a vivir, si no aprendo nada positivo, si no descubro un horizonte, debe ser que tengo una gran viga en los ojos y endurecido el corazón. La paz del Señor no está conmigo. Puede ser que estemos en un ambiente en el que podemos empezar a poner una buena semilla, a llevar la paz, de la que tanto nos hablan las lecturas de Pascua. Es verdad que, si observamos las conversaciones que mantienen otros, puede ser que nos llame la atención el hecho de que se repite un tema: hablar de los demás, juzgar a los demás, y no precisamente bien. Los comentarios peyorativos suelen ser los mas frecuentes. Entonces es una lástima que perdamos la oportunidad de poner en circulación lo bueno. Lo peor sería que fuéramos nosotros los que empezamos la rueda de comentarios. Puede ser que entremos sencillamente en esa pobrísima dinámica.
¿Qué nos pasa? A veces parecemos niños que se van inventado las reglas del juego según nos va conviniendo, y según sea que queramos ganar por encima de todo. ¿Quién tiene la culpa de que este mundo nuestro sea tan despiadado? No lancemos la primera piedra, primero mirémonos. Es aquella afirmación tan práctica de Merry de Val: yo no puedo hacer todo el bien del mundo, pero hay un bien que yo solo puedo hacer. No podemos ser personas cansadas de ser personas. Es verdad que estamos en un mundo de “mala competencia”, en un mundo en el que todos los que compiten son enemigos. En un mundo en el que el tiempo se convierte en dinero, en placer, en interés, en egoísmo. El tic-tac del reloj, que cada uno ha puesto en marcha, según lo que quiere lograr, ha sustituido al tic-tac del corazón. No nos hace ningún bien, ni nos da paz, vivir de actitudes que endurecen y anquilosan los sentimientos.
Nada de sonrisas sin alma, miradas vacías. No podemos ser esas pobres personas que no tienen ni un minuto libre, y corren de un lado a otro, siempre de vuelta de todo, y como fríos espectadores de lo que ocurre. Se trata de saber si, dentro de lo que está en nuestras manos, queremos un mundo con aire respirable, con palabras dignas de crédito. ¡Abrid las puertas al Redentor¡ nos sigue diciendo Juan Pablo II. A Cristo se le descubre dejándole caminar junto a nosotros, en nuestro camino. Si tenemos el coraje de abrir las puertas, descubriremos que la paz está con nosotros, que el tic-tac del reloj de nuestra vida es el del corazón. Y viviremos deseando, aunque nos despistemos una y otra vez, sin querer dejar pasar ni un solo instante sin marcarlo con nuestro amor. Viviremos, a pesar de todas las dificultades y ambientes, con una sonrisa que tiene alma y una mirada que está llena de fe y esperanza. Personas que viven y muestran lo que realmente es la vida, con todas nuestras deficiencias.
Martes, 29 de mayo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis