En cristiano

¡Qué angusticia!

26.10.09 | 12:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Nunca habrán oído esta palabra “angusticia” aunque es sencillamente genial. “Angusticia”, pienso que a todos nos suena a injusticia penetrada de un sentimiento de angustia. La inventó un chico, hoy es todo un padre de familia, cuando era muy niño. Todavía hablaba como los niños, “inventándose” ese estilo, de ellos, de chapotear en las palabras, de medias palabras. Este niño, por ejemplo, a un camarero amigo suyo le llamaba “madero”. Un día estaba con sus padres y hermanos en un lugar de vacaciones. De pronto sus padres le ven acabándose una cocacola. El no podía haberla comprado, ya he dicho que era muy pequeño, ¿de donde la había sacado?, ¿era algún resto que alguien había dejado? Los padres le empezaron a regañar sin darle tiempo a explicarse. El niño se daba de cabezazos, suaves sí, pero cabezazos contra un árbol y solo decía: ¡qué “angusticia”¡ ¡pero qué “angusticia”¡ Eso era lo que sentía. Apareció por suerte su amigo “el madero” y preguntó que le pasaba al pequeño. Los padres se lo explicaron. ¡Si se la he regalado yo a mi amigo Ignacia¡ dijo el camarero. Todo solucionado. Pero el niño había sentido “angusticia”. Estaba viviendo una injusticia y le producía angustia. Yo, desde que me lo contaron, la digo a veces porque me parece de los más gráfica: ¡que angusticia¡ No creo que la acepte la Real Academia de la Lengua.

La justicia y la injusticia la sentimos y entendemos desde niños. Es una realidad profunda y radicalmente humana. Quizá la sentimos más por su elevado sonido trágico. Toda la historia de la humanidad se puede contar dice Romano Guardini bajo el título: la lucha por la justicia. Hegel, el pensador alemán, pensaba que la historia de la humanidad es un caminar hacia la libertad, hacia la verdad. ¿Pero en el fondo no están las tres palabras profundamente unidas expresando lo más constitutivo del hombre: verdad, libertad, justicia?

Romano Guardini nos ilumina nuestra condición humana desde la “justicia”. Bienaventurados, felices los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados, leemos en el Evangelio. Son palabras de Jesucristo, el gran conocedor de nuestra naturaleza, el que sabe verdaderamente lo que hay nosotros. Esto nos tiene que hacer pensar mucho, la fuente de agua viva que son sus palabras, abarcan y penetran nuestra realidad. El Evangelio es el gran espejo en que deberíamos mirarnos, en el que nos podemos conocer y reconocer. Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados. Jesucristo enlaza la justicia con la tendencia vital en que se juega nuestro vivir corporal: el hambre y la sed. Tan elemental es en el corazón del hombre verdadero, del hombre libre, el anhelo de justicia como el hambre y la sed en nuestra vida corporal. Por eso felices los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados. La carencia de justicia no puede causar la felicidad. Justicia, verdad y libertad van unidas, solo en su terreno puede darse la felicidad, la bienaventuranza.

El Señor siempre hablaba de lo que nos es fundamental, por eso alude con la palabra justicia a algo de donde recibe nuestro ser su pleno sentido. La justicia es algo elemental que afecta y necesita el hombre entero porque es el valor básico de toda su vida moral, de la misma manera que en la vida corporal se necesita saciar el hambre y la sed. De la justicia solo se puede hablar en el mundo de la persona. Lo inanimado de la naturaleza, los seres sin vida existen como cosas, todo está determinado por las leyes naturales. Lo vivo existe como individuo, como un ser que vive partiendo de un centro interior, sujeto también a necesidades interiores y exteriores. El hombre existe como persona, que tiene conciencia de sí, realiza sus acciones libremente siendo consciente de ellas, y por su espíritu, está en una relación de diálogo y de comunidad. Es decir nos expresamos gracias a nuestra conciencia, libertad y responsabilidad. La forma de vivirlo es la riqueza o no de nuestra individualidad. En esta experiencia se desarrolla toda nuestra vida. Y de ahí que tengamos dignidad y honor. Palabras que suenas muy elevadas pero son consecuencia de nuestro diario vivir. Por ello reclamamos justicia, como algo inexorable para nuestra autoconservación espiritual, para nosotros mismos y para los demás. Sí, justicia en relación con nuestra propia condición y con la de los demás. Somos de una pieza, nadie puede ser justo con los demás sino es justo consigo mismo y viceversa.

Justicia es ese orden en que podemos vivir como personas; así podemos formar nuestro juicio sobre nosotros mismos, sobre los demás, y sobre el mundo, tener unas convicciones que nadie nos pueda arrancar. Justicia es la ordenación de la existencia para poder actuar; para entrar con los demás en la relación de amistad, de comunidad de trabajo, de amor y de fecundidad. El orden que garantiza toda la vida humana es la justicia. ¿Y como puede darse la justicia sin verdad, sin libertad, sin responsabilidad, sin una ley natural, universal? Por eso es tan absurdo llamar al aborto un derecho, “educar” la sexualidad con condones y píldoras, pensar que la felicidad se debe al dinero o a lo que con el dinero se puede comprar… Pero tendremos que seguir otro día.


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