En cristiano

¿Nos preguntamos qué es la alegría?

21.10.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

Hay que divisar el horizonte de la paz donde se realizan todos los anhelos y aspiraciones. Seguir el camino, aunque a veces sea muy agreste, que conduce a ella. Para grandes personalidades que se han convertido, ha sido fundamental descubrir las flechas de las alegrías que nos llevan al destino para el que hemos sido creados. Hay que descubrir la relación intrínseca que hay entre Dios y la Alegría, y esta relación, como han experimentado ellos, es una Persona: Jesucristo, alfa y omega, primogénito de toda criatura, desde que Quien todo se ilumina.

Seguro que habremos vivido alguna buena experiencia que nos ha producido una paz interior, un ensanchamiento, un mirar todo con esperanza; quizá habremos tenido un encuentro que nos ha dado como un “tono vital”, un ver que todos los pasos tienen un sentido, unas certezas que nos dan seguridad. Quizá hemos realizado algo que nos deja bien por dentro. Hemos tenido una conversación que nos ilumina, nos ayuda a ver las cosas y nos ha servido de propuesta auténticamente positiva. Hemos superado una dificultad seria. Hemos vivido con confianza momentos difíciles. Hemos tenido buenos ratos de silencio, reflexión, oración, reconocimiento de lo que es importante y nos nutre... Experiencia de todo eso que da sentido a nuestra vida y nos permite caminar, a pesar de las dificultades, experiencia de lo que realmente puede satisfacer la sed y alimentarnos, y no charcos de agua contaminada y alimentos sin consistencia.

De nada que realmente sea vital se puede hablar de memoria. Tenemos que arrancar siempre de experiencias, y desde luego ante una pregunta tan importante como ¿qué es la alegría?, no cabe otra cosa. Descubrir el sentido profundo de la alegría. Debemos intentar que nuestro corazón esté alegre. No divertido que es otra cosa. Ser divertido es algo externo, hace ruido y desaparece rápidamente, pero la alegría vive dentro silenciosamente y echa raíces profundas. Todo esto solo es posible en la medida en que el hombre sabe quién es. Y sólo se comprende a si mismo a partir de Dios. Sólo en la realización de la verdad alcanza la persona su sentido porque ella está referida, por naturaleza, a la verdad. Persona y verdad están unidas esencialmente. Me viene ahora mismo, un salmo, el 91, la experiencia de un hombre que rezuma felicidad, confianza, optimismo. Era utilizado por la tradición judía para el día del sábado. Comienza con un llamamiento a celebrar al Señor con el canto y la música. Es un clamor de ese hombre que siente que el amor divino debe ser exaltado por la mañana, cuando iniciamos la jornada, pero, también, tenido en el corazón durante el día y durante el transcurrir de las horas nocturnas. Podemos confortarnos con los salmos, experiencias humanas de admiración, súplica, agradecimiento, alegría, arrepentimiento, confianza. Recogen las vivencias más profundas de nuestro ser.

Hay un hombre, Francisco de Asís, que ha cautivado a lo largo de la historia y sigue cautivando por su alegría, por su amor a todos y a todo, por su sentido de la naturaleza. Hasta nosotros llega esta narración. Fray Leonardo refirió que cierto día, el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». 2El cual respondió: «Heme aquí preparado». 3«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría. También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría. Pero ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí. Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.

La verdadera alegría nace de la buena conciencia. La alegría la tiene el hombre como Francisco de Asís que sabe que es lo esencial de la vida. Decía Martín Descalzo que si tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo, le pediría, creo que sin dudarlo el supremo arte de la sonrisa. La alegría del alma se refleja en la sonrisa.


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