Por Carmen Pérez Rodríguez
Ya hemos comentado la expresión de Bernanos: un cristiano triste es un triste cristiano, o lo opuesto a un pueblo cristiano es un pueblo triste. “Vamos a celebrar los 50 años de matrimonio de mis padres. Desde luego, primero con una Eucaristía, eso es, una auténtica acción de gracias. Y coincide con el cumpleaños de mi hija, y el santo de mi marido. ¿Te imaginas como estamos en mi familia?” Así me hablaba llena de alegría una amiga. Pues, veamos, el mismo día 18 de octubre, los hijos de una gran familia, la Iglesia de Cristo, celebramos la fiesta del Evangelista S. Lucas, el domingo mundial de la propagación de la fe, bajo el lema “La palabra, luz de los pueblos”, y la beatificación del Cardenal Sancha. Todo maravillosamente entrelazado y con el mismo sentido. Cierto lo opuesto a un pueblo cristiano es un pueblo triste.
Las naciones caminaran a su luz, leemos en el Apocalipsis. Esto es la gran riqueza de la vida: caminar a su luz, pasar junto a la verdad y reconocerla. Después ya todo se comprende. Cierto que “siempre” es el momento indicado para pasar por la verdad y reconocerla, para pasar por lo que nos puede ayudar a ser nosotros mismos y crecer. Siempre lo es. De hecho, todos tenemos momentos, encuentros, situaciones, en lo que nos acontece algo que nos cambia la vida, o que nos ilumina de manera que nos sorprende a nosotros mismos, sea por nuestra situación o por el hecho que sea. ¿No es nuestro verdadero mal pasar junto a la verdad sin verla? No ver donde late la vida y procurarnos pobres explicaciones a la medida de un espíritu pequeño y sin horizonte, ser personas con el alma miope.
Me ha mandado un amigo, que nos ha ayudado varias veces con su experiencia, Daniel Gérez, un texto de un sacerdote italiano Tantardini, que se me ha quedado en el corazón y en la razón. “Aún recuerdo aquel encuentro en Milán. Giussani estaba hablando a un grupo de jóvenes. Va y les pregunta: «¿Que es lo que nos pone en relación con Jesucristo? ¿Qué es lo que, ahora, nos pone en relación con Jesucristo?». Algunos respondieron: “la Iglesia”, “la comunidad”, “nuestra amistad” etc. Al final de todas estas intervenciones, Giussani repitió la pregunta: “¿Qué es lo que nos pone en relación con Jesucristo?”, y luego dio él mismo la respuesta: “El hecho de que resucitó” Porque si no hubiera resucitado, si no estuviera vivo, la Iglesia sería una institución meramente humana, como muchas otras. Un peso más. Todas las cosas meramente humanas al final se vuelven un peso. Si Cristo no estuviera vivo no tendría sentido la Iglesia, la comunidad, la amistad. El hecho de que resucitó centra toda nuestra fiesta, como centra toda la liturgia de los Domingos, por eso es fundamental vivir el Domingo en la celebración de la Eucaristía.
Es lo que les pasa a los santos: reconocen la verdad, ven donde late la vida, no son personas de alma miope. Y eso en situaciones tan sencillas como puede ser la visita del Cardenal Sancha al Barrio de las Injurias. En sus apuntes autobiográficos nos lo cuenta Dolores Sopeña, la fundadora del Instituto de las Damas Catequistas. El Barrio de las Injurias, un barrio marginal, como tantos otros, en el que se vivía sin creer que Dios existía, que jamás había entrado nadie que les mostrase lo contrario y que vivían en un estado de desesperación. Julio Camín, el “Castelar” del barrio, hizo su discurso de saludo subido en una silla. Sencillamente quiso describir la situación del barrio “antes y después”. Antes, robos, llanto, tristeza, desesperación. Después, aparecieron unas señoras que les mostraron al Padre de buenos y malos, de ricos y pobres. Y ahora, veían “con obras” a Dios. Habían reconocido a través de testigos, de esas señoras amigas, al Padre del rico y del pobre. Y, ahora, la visita que recibían de un Príncipe de la Iglesia (no olvidemos que era el Castelar del barrio) les ayudaba a seguir viéndolo.
El tapiz que vamos tejiendo en nuestra vida, con el reconocimiento de la verdad, solo lo vemos después. En este maravilloso tapiz de las vidas de la gran figura del Cardenal Sancha y de la fundadora de las Damas Catequistas, se ve ese pasar junto a la verdad y reconocerla, ese seguir las líneas donde late el corazón. El Cardenal Sancha, que conocía a Dolores Sopeña y su obra desde su estancia en Cuba, y que junto a él se había formado la Asociación en Madrid, fue el Padre y Protector del Instituto de la Damas Catequistas. Con su ayuda comenzó su historia en el Cerro de la Virgen de Gracia, desde donde se dominaba toda la vega de Toledo y río Tajo.
Lo opuesto a un pueblo cristiano es un pueblo triste. Los hombres vivimos de ritos, de ceremonias, de celebraciones, las necesitamos. Nos sacuden de nuestra rutina, nos pueden ayudar en momentos difíciles, confirmarnos en lo que nos hace bien. Nos conmueve la belleza en las mil maneras en que se nos manifiesta. También es una bendición encontrarse con personas, como los santos que han pasado junto a la verdad la han reconocido, y por eso son testimonio del amor, y de la grandeza del ser humano. Personas en las que se transparenta el sentido de la vida, y lo novedad que cada uno ha de descubrir. Personas que nos ayudan a reconocer donde late la vida.
Martes, 29 de mayo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis