En cristiano

Una nueva cultura de la vida

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Por Carmen Pérez Rodríguez

Es verdad que la pérdida del sentido de la vida es la raíz de los males de nuestra sociedad y en concreto de la gran tragedia del aborto: tragedia para la madre, tragedia para el hijo no nacido. El ser humano necesita de la ley moral universal, entendida desde luego no como externo, sino como lo que realmente perfecciona, hace libre y responsable al ser humano. Su misma capacidad, su mismo anhelo de saber, necesita de esta ley universal para saberse a si mismo, para vivir como persona, como necesita del conocimiento que le aporta su peculiar manera de estar en el mundo que expresa en la ciencia, en el arte, en la economía, en la religión. Su libertad y su felicidad está en descubrir cual es el sentido de su propia vida. Hay una expresión de Cecil B. Mille el director de la película Los diez mandamientos, que me hace mucho bien: nosotros no podemos quebrantar la ley solo podemos quebrantarnos a nosotros mismos y en contra de la ley. El aborto es un quebranto para la madre, para el hijo y para la sociedad.

El origen de la contradicción entre la solemne afirmación de los derechos humanos, y su trágica negación en la práctica, está en un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo y es una libertad que no es tal libertad porque destruye la persona, destruye su verdadera humanidad. Una libertad que acaba por ser la ideología de los que mandan, de los más fuertes contra los más débiles, de las decisiones y conveniencias del momento. Los delitos contra la vida se quieren expresar como derechos, como legítimas expresiones de la libertad del individuo. ¿No está en la raíz de todo que el hombre no puede manejar y manipular la vida humana a su gusto? ¿Qué hay en la sociedad “sagrado”, intocable, con relación a la cual se establezca lo que es deber y derecho? ¿Hay una ley moral universal? ¿Cómo puede hacerse una Declaración universal de los derechos universales del hombre sin un sentido de lo que es bueno y de lo que es malo? En el preámbulo de esta declaración se hacen una serie de consideraciones; la primera es que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. ¿Quien determina lo que es la dignidad intrínseca, los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana? Se quiera o no se quiera lo que fundamenta la dignidad intrínseca, los derechos y deberes, la libertad, es el reconocimiento de una trascendencia. La garantía de la libertad está en poder apelar de los poderes humanos al tribunal divino por el que todos los poderes serán juzgados en última instancia.

Lo más grande que hay en el hombre es el hecho de someter su libertad a los imperativos de los valores superiores; y por el contrario, lo más bajo que hay en él es dejarse dominar por las coacciones ideológicas y sociológicas del ambiente en el que se encuentra. “El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas” así empezaba la carta de Juan Pablo II. Dirigida sí a toda la Iglesia, pero también a todas las personas de buena voluntad, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. Precisamente la fecha de la carta es la del 25 de marzo de 1995. El 25 de marzo, un día señaladísimo para toda la humanidad porque es el día en que se celebra la “encarnación del Hijo de Dios” El día en que María dijo Sí a la nueva vida que en ella iba a comenzar. El día en que se celebra el verdadero gusto de lo que es la vida.

“Necesitamos una nueva cultura de la vida. Y esta cultura, este evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes, es para todos. El tema de la vida, de su defensa y valoración no es prerrogativa única de los cristianos” Dejemos los nombres: zigoto, blastocisto, embrión, feto. El tiempo: un día, cinco días, una semana, cuatro semanas... (aunque impresiona cuando los científicos exponen lo que comienza en el momento de la fecundación) ¿Qué podemos sentir en el fondo de nuestra razón y de nuestro corazón si dejamos hablar esa vida en el momento que comienza? Hay dos momentos, el nacimiento y la muerte, que querámoslo o no, son especialmente sagrados, precisamente por las circunstancias que conllevan de lo que comienza y termina. El verdadero peligro de nuestra época es la pérdida del gusto de vivir (Teilhard de Chardin). Hoy digo desde el fondo de mi corazón: Señor deseo sentir lo que realmente es el gusto de vivir, esa insospechada y glorioso irrupción en mi interior del Evangelio de la vida….Un nuevo comienzo, un nuevo sentido de la vida: Y el Verbo se hizo carne.


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