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Para ser verdaderamente humano ...

05.10.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez

¿Que es necesario para ser verdaderamente humano? Ser verdaderamente humano supone… Y quizá haríamos una lista de lo que es ser verdaderamente humano, que es importantísimo, y más cuando “así” se atenta contra la persona, contra la vida. Pero ¿qué supone esa lista que haríamos? Esa lista tiene unos supuestos para ser tal. Lo podemos contestar a solas con nosotros mismos, sin prejuicios, sin slogans.

Teilhard de Chardin el famoso jesuita, geólogo y paleontólogo, en su libro El Himno del Universo tiene un capítulo, La Humanidad en marcha, en el que nos comunica una verdadera pasión por la vida, que no se puede separar de lo que realmente es la conciencia humana, indispensable para seguir viviendo. Esta conciencia y la racionalización científica no sólo no eliminan la religión, la mística, sino que hacen surgir la creencia y la vivencia referidas al sentido de la vida, a lo absoluto, a lo universal, a la divino, a lo sagrado, al mismo tiempo que a lo que es responsabilidad de cada uno hacer y vivir. En la conciencia humana, en la conciencia de nosotros mismos es donde experimentamos realmente la gran Presencia, la gran realidad de un Dios, la Autoridad, el Juicio sobre nuestro actuar.

La conciencia nos remite por sí misma a la trascendencia. Es aquello que nos dice Viktor Frankl y que ya hemos comentado alguna vez: del mismo modo que el ombligo humano considerado por sí mismo no parecería tener sentido, porque ha de entenderse solamente a partir de la “prehistoria” del hombre o, mejor todavía, de su historia antes de nacer, y considerarse como un “resto” en el hombre que trasciende a este último y lo remite a su procedencia del organismo materno en que fue formado, así también la conciencia sólo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a un origen trascendente. Si no es así, nunca entenderemos al hombre. La conciencia humana solo se nos hace comprensible desde este sentido de apertura a Dios. La conciencia es voz de la trascendencia.
Si realmente queremos hacer pie en nosotros mismos, sentir nuestra propia y única identidad, nuestra libertad y responsabilidad, necesitamos de esta “conciencia de sí”, de esta interioridad en la que nos sentimos, nos comprendemos y nos abrimos a todo. La “conciencia de sí”, esta vivencia -vivencia en el sentido fuerte y radical que tiene en el lenguaje de Ortega y Gasset, “somos nuestras vivencias”- es raíz de la libertad y responsabilidad, que tantos pensadores humanistas, en concreto Max Scheler, ven como fundamental. No solo nos damos cuente, somos conscientes de lo que ocurre, sino que lo verdaderamente humano es la “conciencia de sí mismo” que tiene el hombre. No hay interioridad, no hay personalidad, no hay nada realmente humano, sin esta conciencia de sí mismo. Esta conciencia con la que nos abrimos a todo, y a todos, base de nuestra libertad y responsabilidad.

Quizá nuestro verdadero problema en la vida es ignorar esta conciencia, porque en ella esta nuestra personalidad, nuestra identidad, la raíz de nuestra acción. El caso es que en la vida decimos frecuentemente esta expresión: ¡qué inconsciente eres¡ o por el contrario llenos de admiración por una persona decimos : ¡que consciente es¡ Y realmente, es sentir su fidelidad, su honradez ante la vida, su claridad interior. Nuestra conciencia se hace vasta como los cielos, la tierra. Me permite abrirme a las diferentes personas con las que trato, desde las más cercanas hasta las más lejanas. Mi conciencia puede ser profunda como el pasado, atenta como el presente, esperanzada en el futuro; amplia como el océano, y puede ser tan sutil como los átomos de la materia y los pensamientos del corazón humano (Teilhard) No hallo cosas a que comparar lo que puede ser la conciencia humana, la interioridad, dice Sta. Teresa.

De cada uno de nosotros depende lo que hacemos con esta capacidad de “ser consciente de si”. La alegría, la paz, la libertad consiste en haber encontrado desde dentro, desde mi interioridad, desde mi conciencia esa meta, ese objetivo al que referir, de manera necesaria y única mi vida. Necesitamos de esta conciencia para ser verdaderamente libres. Por todas partes podemos sentir la agresión de los demás, la inseguridad, el temor, la superficialidad, los juicios que sobre nosotros puede hacer cualquiera…y las mil situaciones en las que podemos encontrarnos, los mil sentimientos que brotan en nuestro interior, sin embargo el soporte único, y la realidad estable, la hemos de encontrar en nuestra conciencia. Experimentamos profundamente la pena de vernos sumergidos en tantos altibajos, en tantos horizontes que nos parecen confusos, y ante tantos hundimientos. Pero en el interior de nuestra conciencia podemos gustar del entusiasmo que nos invade al saber que la vida no es un muro ciego, sino un camino hacia la casa de nuestro Padre. Esto es caminar, marchar, correr por la carretera correcta.


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