Por Fernando Pascual Aguirre de Cárcer
La cultura de la violencia provoca daños, heridas, destrucción, muerte. La cultura de la violencia discrimina y abandona sobre todo a los más débiles, los más indefensos, los más vulnerables: los hijos antes de nacer.
La cultura de la vida está en contra la violencia y a favor de los débiles. Porque considera que ningún ser humano debe ser discriminado injustamente si carece de dinero, o si es de una religión determinada (o si no tiene ninguna religión), o si pertenece a una raza concreta, o si carece de salud, o si todavía no ha nacido.
La raíz del amor a la vida, del respeto de los débiles, es muy sencilla: todos son iguales ante la justicia, todos merecen respeto y ayuda, todos deben poder desarrollarse libremente en su camino personal, único, intransferible.
Por desgracia, grupos poderosos acusan a los movimientos provida de promover la violencia, la intolerancia, incluso el crimen. En realidad, ningún auténtico miembro de la cultura de la vida puede apoyar violencias asesinas y arbitrarias.
Habría que analizar, entonces, de dónde surge ese deseo de desprestigiar a los grupos provida, quiénes están detrás de frases fáciles que llegan a calificar a los defensores de los débiles como potenciales terroristas, como enemigos de la mujer, como intolerantes fanáticos, como liberticidas.
El auténtico enemigo de la libertad no está en la cultura provida. Porque la defensa del derecho a la vida nunca es “liberticida”, sino que permite el respeto hacia un derecho fundamental sobre el que se construye cualquier sistema democrático justo: el reconocimiento de la dignidad del otro, la defensa de su integridad física, el compromiso por ofrecerle asistencia y ayuda en sus necesidades más fundamentales como miembro de la gran familia humana.
La violencia debe ser condenada en su raíz. La protesta social contra asesinatos de inocentes ha de estar acompañada por la reacción de todos los hombres y mujeres de buena voluntad ante quienes defienden falsos derechos, ante quienes creen que el hay progreso cuando se permiten crímenes como los del aborto o la eutanasia.
El no a la violencia será entonces coherente, auténtico, incluyente: porque sabrá promover la tutela de los más débiles: los hijos antes de nacer, los enfermos, los abandonados, los ancianos y los pobres.
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Jalón:
No mienta, por favor. No hay ninguna excomunión contra mons. Martino. Mentir es pecado. Y si en público se calumnia o miente gravemente contra una persona, existe la obligación de retractarse también en público. Y quien miente pierde su credibilidad. Vale la pena recordarlo.
De momento, el obispo Martino ha sido expulsado, excomulgado, despedido por el Papa. Por violento. Biden y Pelosi quedan protegidos por el Papa de recibir críticas. El Papa ampara que se declaren católicos pro aborto. Ellos son pacíficos, auténticos. Del ex- obispo valiente, novio de la muerte y mentiroso estaremos pendientes de saber algo. Como buscaremos bajo la mesa el Derecho Canónico, o en la basura. Ver en VN, 50 aniversario, páginas 16 y 17. Cardoso, Fisichella, Grieco, Re, VN. La doctrina católica es el camarote de los hermanos Marx por voluntad del Papa
Jalón:
No puede ser auténtico católico quien defiende algo contra la doctrina católica. Por eso, quien defiende el aborto está fuera de la fe. Bastaría con leer lo que se dice sobre el tema en la encíclica "Evangelium vitae" (1995) o en la "Declaración sobre el aborto provocado" (1974). Respecto de la anticoncepción, la doctrina católica está expuesta magistralmente en la encíclica "Humanae vitae" (1968).
Lo otro que Ud. añade no merece comentarios, porque no va con el tema, además de ser falso. Si nos ciñésemos a los temas, Jalón, sería estupendo. Por eso, sí a la vida y no a la violencia (también es parte del mundo de la violencia la mentira...).
Fernando, hay vida en el embrión. Pero es porque hay vida en los precursores del embrión Te pondré ejemplos. Para ser auténtico hay que hablar de control de natalidad, necesidad fundamental, de cuidados paliativos. Joe Biden, Nancy Pelosi, son auténticos católicos, pro aborto. El obispo de Scranton, Joseph Martino, lo puso en duda. Peleado con la Misericordia University, de los jesuítas, quiere excluírlos como católicos. El excluído, despedido, cesado, expulsado, ha sido él. Junto con su obispo auxiliar. Al paro, que no a la pared, como bromea Santiago Agrelo, del PP de Tanger.
Martes, 29 de mayo
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