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La mamá de...

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Por Carmen Pérez Rodríguez

La mamá de Nátan, la mamá de Belén, la mamá de Cristian, la mamá de Salva, la mama de Kevin, la mamá de Sara… Es verdad que si ya son chicos más mayores sale decir: la madre de Jorge, la madre de Pablo, la madre de Pepe, la madre de Anca, madre de Pascual, de madre de Manuel. Mamás, madres que saben lo que es no sólo dar a luz al hijo, sino cooperar, como dice mi amiga Isabel- aunque ella es al revés, es la hija la que está con su centenaria madre- “cooperar con Dios”, en el momento que sea, y en la dificultad que sea en la vida del hijo. Son todas madres concretas a las que conozco, de las que aprendo constantemente, con las que sufro y gozo, con las que experimento lo mejor de la vida, lo que merece la pena, lo que es digno de ser vivido. Madres en las que he visto que son el socorro perpetuo de su hijo, la ayuda, la protección. Madres en las que ves y comprendes lo que es realmente una madre y porque Dios ha querido una Iglesia Madre y una Madre que fue Iglesia naciente, y siempre, ya, Iglesia. No se molesten los padres de ninguno de los chicos que he nombrado. Es que hoy me centro otra vez en la madre para sentir la piedad filial que estalla en la multitud de fiestas y advocaciones marianas: desde el día primer dia del año, la Madre de Dios, hasta la Inmaculada Concepción, la Madre de la Esperanza, la Madre de la Natividad, la fiesta de la Sagrada Familia, en diciembre.

Hoy la Virgen del Carmen patrona, ayuda, auxilio de los marineros, de la armada, abogada de los que penan y necesitan purificación. Dentro de poco la Asunción, la entrada en el cielo, en la plenitud de la Madre de la Iglesia que vivió siempre en la voluntad y de la voluntad de Dios, la glorificación de la criatura humana. La Iglesia es reconocible en su forma personal a través de la insustituible figura de María. María, la Madre. Es maravilloso como nos lo hace sentir Ratzinger, nuestro actual Papa Benedicto XVI. No se como voy a poder transmitir lo que él dice en tan poco espacio. Sencillamente, despertarles las ganas de orar sobre ello, de sentirlo, de vivirlo, de alegrarnos porque realmente es así. Me refiero en concreto a un escrito suyo que puede sonar teórico, pero que no lo es: reflexión sobre el puesto de la Mariología y la piedad mariana en el conjunto de la fe y la teología. La mamá de Jesús niño, la madre de Jesús de Nazaret, del crucificado, del resucitado, de la Iglesia: ahí tienen a tu madre. La teología y la piedad en una maravillosa unidad.

La Iglesia es más que “pueblo”, más que estructura y acción. En ella vive el misterio de la maternidad y del amor nupcial, que hace posible la maternidad. La piedad eclesial, el amor a la Iglesia, sólo es posible, en realidad si se da esto. Si en la Iglesia se tiene solo en cuenta la forma masculina, estructural, de teoría de las instituciones, no se tiene en cuenta lo propia de la Iglesia. No se habla de la Iglesia cuando se dice “pueblo de Dios” sin decir a la vez “cuerpo de Cristo”. El Dios que se hace hombre en el seno de una mujer, y que asume todo lo verdaderamente humano. Sólo mediante lo mariano se concreta plenamente el ámbito afectivo en la fe, y con ello se alcanza la correspondencia humana a la realidad del Logos encarnado. Los hechos, los acontecimientos expresan el misterio de Dios. Comprender lo que es María, la Madre, es entender María, vencedora de todas las herejías, de todas las desviaciones. En María se da enraizamiento afectivo, existe la vinculación con el Dios personal y su Cristo. María es Israel en persona, la Iglesia en persona y como persona, Ella es sin duda esa concreción personal de la Iglesia porque en virtud de su fiat, de su hágase se convierte corporalmente en Madre de Señor. Este hecho biológico es una realidad teológica debido a que es realización del fondo espiritual más profundo de la alianza que Dios quiso establecer con Israel. Las afirmaciones de la maternidad de María y las de su representación de la Iglesia están en mutua relación como el hecho y el sentido que le da su significado. Ambas cosas son inseparables: el hecho, la maternidad de María, su puesto en la redención, quedaría ciego sin su sentido Iglesia Cuerpo místico de Cristo. Y el sentido sin el hecho vacío. María, la Madre de Cristo y de la humanidad, es la mejor expresión de la ausencia del dualismo que tanto daño nos hace.. No podemos separar lo teológico y lo humano. La maternidad corporal es realidad teológicamente significativa.

Dejarnos inundar por la realidad de lo que significa y es María en la Iglesia, en la vida humana, nos hace caminar en la dirección correcta, y vivir sin dualismos. Todo lo referente a María, todo lo mariano se realiza siempre en su estrecha referencia al misterio de Cristo, solo así ambas realidades adoptan su verdadera fisonomía. La piedad mariana no se puede recluir en aspectos parciales de lo cristiano, no se puede vivir realmente a María sin todo su sentido teológico. Ni tampoco reducir lo cristiana a aspectos parciales de si mismo, a falsos espiritualismos; debe abrirse a la amplitud total del misterio y convertirse en camino hacia dicha amplitud. ¿Es inmenso, es grandioso, la vida así tiene unas dimensiones inabarcables para mentes sin sentido del misterio, de un Dios, Padre, que así ama y así redime? Sus medidas no son las nuestras. La piedad mariana estará siempre en tensión entre la racionalidad teológica y la afectividad creyente. Pertenece a su esencia no dejar atrofiarse ninguna de las dos: no olvidar en el afecto la sobria media de la razón, pero tampoco ahogar con la sobriedad de una fe inteligente el corazón que a menudo ve más que la pura razón: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.


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