En cristiano

La ciencia más necesaria

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Por Carmen Pérez Rodríguez
Martín Buber pensador judío austríaco, murió en l965, es muy conocido por su filosofía de las relaciones entre el hombre y el mundo. Las describe como abiertas y en mutuo diálogo. Su propósito fundamental es la relación entre el hombre y la eterna fuente del mundo, Dios, el Tu por excelencia que fundamenta y apoya la existencia diaria. Otra de sus obras, también muy conocida es ¿Qué es el hombre? En esta obra empieza replanteando las cuatro preguntas fundamentales hechas por Kant en el siglo XVIII: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre? No voy desde luego a analizar cada una de las preguntas que me sería completamente imposible, porque ya según como hagamos la formulación supondría todo una interpretación del ser humano. Sencillamente pensar qué contestaríamos nosotros ante cada una de estas cuatro preguntas. Kant dice que a la primera pregunta responde la metafísica, a la segunda la moral, a la tercera la religión y a la cuarta la antropología pero que en realidad a la cuarta se pueden reducir las otras tres. ¿Qué es el hombre que puede saber, debe hacer y le cabe esperar? Esta introducción ha sido provocada por nuestra situación, nuestro reduccionismo en los campos concretos de la educación, el sentido de la vida, de la muerte, del dolor, del esfuerzo, el aborto, la sexualidad…,vamos nuestro dejarnos cocer lentamente como comentábamos hace unos días por las pobres ideologías de turno. Y en contraste las profundas, humanas, y racionales intervenciones de Benedicto XVI tan claras, tan iluminadoras, tan llenas de humanidad y de querer lo mejor para todo ser humano. ¿Qué es realmente el hombre? Y desde ahí todo lo que puedo saber, lo que debo hacer, lo que me cabe esperar. ¿Cuál es la ciencia más necesaria? La ciencia del hombre se convierte en la más necesaria de todas las ciencias decía el Papa en su Discurso a los participantes en el Congreso Inter-académico promovido por la Academia de Ciencias de París y la Pontificia Academia de Ciencias.

Su exposición es clara y habla a nuestra razón, a nuestro corazón y a nuestro sentido de la vida. En el momento en el que las ciencias exactas, naturales y humanas han alcanzado prodigiosos avances en el conocimiento del ser humano y de su universo, la tentación es reducir, limitar la identidad del ser humano y encerrarle en los límites que cada uno piensa, cada uno pone según sus medidas. Por eso es necesario dejar espacio a la investigación antropológica, a la filosofía, a la teología que permiten mostrar y mantener el misterio propio del hombre. Del hecho concreto ir al fundamento, a la raíz. El hombre constituye algo que va más allá de lo que se puede ver o de lo que se puede percibir por la experiencia. No se puede descuidar de ninguna manera la cuestión más fundamental y primordial que es la verdad objetiva sobre el ser humano, su dignidad, la dignidad de todo hombre desde su fase embrionaria hasta su muerte natural. Cualquiera que no se mueva en un mundo de prejuicios, de segundas intenciones, de pobre ideología puede experimentar y comprender que las ciencias, la filosofía y la teología pueden ayudarse a percibir la identidad del hombre, su sentido en la vida, su misión. La ciencia ha presentado elementos esenciales del misterio del hombre, caracterizado por la alteridad: ser creado por Dios, ser a imagen de Dios, ser amado hecho para amar. Nunca está encerrado en sí mismo, siempre en interacción con otros seres humanos, como nos lo revelan cada vez más las ciencias humanas. No es posible dejar de evocar la maravillosa meditación del salmista (118) sobre el ser humano, formado en lo secreto del seno de su madre, y al mismo tiempo conocido en su identidad y misterio únicamente por Dios que le ama y protege.

No somos fruto del azar, ni de un conjunto de circunstancias, ni de determinismo, ni de interacciones fisicoquímicas, somos conscientes de nuestro propio misterio. Decía Pascal que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre. Nuestra libertad pone de manifiesto que nuestra vida tiene un sentido. En el ejercicio de nuestra libertad ejercemos nuestra responsabilidad. Nuestra dignidad, nuestra identidad personal es un don de Dios y la promesa de un porvenir. Nuestra época necesita vitalmente educar las conciencias para que la ciencia no se transforme en el criterio del bien, y el hombre sea respetado como centro de la creación, y no sea objeto de manipulaciones ideológicas, de ideas arbitrarias, ni tampoco abuso de los más fuertes sobre los más débiles. Todo progreso científico debe ser también un progreso de amor , llamado a ponerse al servicio del hombre y contribuir a la identidad de las personas.

El Papa sabe moverse en el mundo de lo más necesario para la humanidad, del saber más necesario y es un defensor de la centralidad de la persona humana.


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