En cristiano

El bien que puedo hacer y la alegría

13.07.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez
Sencillamente van unidos: el bien que puedo hacer y la alegría ¿Tengo mucho que hacer para pensar esto que me puede parecer teórico? Pues me merece la pena pensarlo porque es en lo que va mi paz y serenidad interior, mi estar bien conmigo mismo. No es una teoría, es una experiencia al alcance de la mano y en cada momento. Porque experimentalmente solo me da alegría el bien que hago, sea en el trato con los demás, sea procurando que mi trabajo sea una obra bien hecha, un verdadero servicio, sea ayudando a solucionar las mil pequeñas cosas de la vida. Pero no se plantearme el bien y la alegría sin la fe en un Dios que me ama y que quiere, como un Padre para su hijo, lo mejor para mí. La fe y la esperanza son las coordenadas para vivir. El pesimismo no consiste en cansarse del mal que sentimos nos ocurre, sino que es producido por el bien que no hacemos. O por el hastío de la falsa alegría. Cuando por la razón que sea, lo bueno de la familia, del grupo de trabajo, de los amigos, deja de funcionar, todo a nuestro alrededor empieza a declinar. Es como si los alimentos no alimentaran, los remedios no curaran y no sintiéramos las bendiciones. Todo es consecuencia de que en esos momentos no pensamos en el bien que podemos hacer, y precisamente en esa situación. El verdadero mal es que lo mejor se esté muriendo, que el bien no sea la tónica. La alegría de verdad es la que nace del bien que hacemos. Por eso “la verdadera alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro” El placer y la felicidad que se sienten no residen en lo que somos sino en que hemos complacido a alguien a quien queríamos complacer. Nos alegra el elogio no porque nos deleitamos en nosotros, que acabaría convirtiéndonos en unos pobres seres engreídos, sino por lo que implica el elogio en si de complacencia en quien nos lo hace. La alegría del niño por el elogio de los padres. Esto se entiende maravillosamente en el momento en que María repite el canto del Antiguo testamente el magnificat: engrandece mi alma al Señor y mi espíritu está transportado de gozo porque ha mirado la pequeñez de su esclava. La fuente más fuerte y firme de la alegría es el bien que se hace. El egoísta nunca está alegre. Nuestro gran problema está concentrado en el bien que podemos hacer y no hacemos, la gran riqueza de nuestra vida es ese bien que hacemos, que no son grandes cosas como decíamos, sino en cada momento procurar poner lo mejor de nosotros mismos. Cómo se dice “ser positivos”. El causar alegría y paz a los demás es algo realmente sano y surge de nuestra actitud: decidir como afronto todo lo que me sucede. Es fácil comprender sin prejuicios que la alegría auténtica es la vivida desde el fondo de la fe y de la esperanza. Y esto se comunica. La desesperación y el pesimismo vital paralizan el entusiasmo y enturbian la mirada que solo puede ver el lado oscura de la vida. La alegría es el gigantesco secreto del cristianismo que va unida al precepto del amor: amaos como Yo os he amado. No así el pesimismo vital y la desesperación del ateo y del agnóstico.

Todos lo sabemos, la alegría es el mejor medicamento. No se deja afectar, invadir, por todo lo que se dice y sucede. Cada uno decidimos si nuestra paz es mayor que las cosas externas. Los sentimientos son producidos por nuestros pensamientos. Por eso la alegría que nos ensancha que nos da ánimo y fuerza es la que viene desde dentro. Lo que más apreciamos en la vida se debe al esfuerzo que pusimos. Solo la fe en sabernos hijos de Dios, y vivirlo así de manera habitual, nos lleva a ver la vida en clave de don y a aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido. Los arrogantes no son alegres, no pueden serlo, y caminan como perdonando la vida a los demás, y como si todo se les debiera. Y los pesimistas no pueden ser alegres porque maldicen su suerte, y desde luego el pesimista lo es por su falta de fe y esperanza. Es un hecho que la fe cristiana genera gratitud y los mejores pensamientos. El objetivo de la vida del cristiano es desarrollar la capacidad de apreciar, de agradecer todo lo recibido. Vivir sin apreciar las cosas no tiene sentido como tampoco tiene ningún sentido tener muchas cosas sin tener capacidad de apreciarlas, de valorarlas. Esta es la humildad recibir todo como un don, eso es lo que enseña la Madre de los cristianos. Los importantes, los necesarios, son las personas corrientes, los valientes prácticos, los héroes anónimos que logran cosas formidables gracias a su fe, a su esperanza y a su amor ¿Hemos resuelto en la vida que tiene de bueno ser persona? El bien que puedo hacer en la vida esa es mi alegría ¿Se me imaginan lo que sería nuestra vida si nos habituáramos como nos dice Jesucristo en el Evangelio a hacer el bien y devolver bien por mal?


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