Por Carmen Pérez Rodríguez
¿Nunca hemos experimentado que necesitamos un viraje completo en nuestra vida? A lo mejor es lo que estamos necesitando realmente. Un viraje: un cambio de dirección, de orientación en las ideas, intereses, conducta, actitudes. Un viraje que hace vacilar todos nuestros esquemas, falsas seguridades, porque necesitamos enfrentarnos a todo de otra manera. O a lo mejor, en determinados momentos, intensos, ricos, nos parece haber realizado ese viraje porque vemos y sentimos que ahora estamos en el camino bueno, en la dirección conveniente, entendemos las cosas de otra manera, vemos con otra luz. Nuestro interior se esponja como si ese fuera el aire que necesita respirar y el horizonte en el que tiene que vivir. Sentimos como una libertad interior y otra manera de estar ante nosotros mismos, ante los demás y ante las cosas. Aunque haya otros momentos inseguros, sabemos donde está la realidad, lo que realmente nos hace bien, eso se sabe en el interior, y precisamente es lo que nos abre a nosotros mismos, a nuestra identidad. Es un viraje que nos permite mirar a la tierra y al cielo de frente. Pensemos en una situación concreta. Por ejemplo, nos ponemos con toda la verdad de que seamos capaces ante las Bienaventuranzas de Jesucristo y sentimos que hacen vacilar todos los valores de nuestro entorno, porque a partir de ellas hay que dar un viraje completo para ver lo que significan en nuestra orientación en la vida y en la vida diaria; en todos los instantes de la vida. No sólo en determinados momentos, sino siempre. Ponernos ante ellas sin ningún dualismo, ni separación. Son felices, son bienaventurados los señores de un nuevo orden, aquellos en los que en su interior arraiga el silencio, la humildad, la bondad, la claridad y paz ante Dios. El sermón de la Montaña es lo más grande que se ha dicho sobre la existencia de los hombres. Es la profunda justificación de nuestro vivir. La patente de nuestra dignidad. La señal de que podemos ser lo que sin saberlo de manera consciente anhelamos. Ninguna situación terrena puede darnos la garantía que nos dan las palabras de Jesucristo que es Quien realmente nos conoce y sabe lo que necesitamos. Para eso vivió y vive. Claro que en las Bienaventuranzas se percibe algo diferente, una potencia superior. No son enseñanzas de una moral superior, sino que son la proclama que da a conocer la grandeza de los hijos de Dios.
Realmente lo que los hombre pueden ofrecer como prueba de certidumbre, como grandeza de su condición humana, como obra maestra del amor, al que todos podemos llamar Padre, son las bienaventuranzas. Vivir las bienaventuranzas y vivir de ellas es la gran meta que el Padre propone a todos sus hijos. Es evidente que nosotros solos no podríamos. No es un hombre noble el que nos induce a alcanzar un grado más elevado de moralidad. Es Jesucristo el que nos hablan de nuestra vida de hijos de Dios. ¿Esto no es posible? ¿Quién dice que esto no es posible? Porque Jesucristo dice: para Dios todo es posible. Aunque hayamos visto claro la necesidad de este viraje completo a la luz de las bienaventuranzas, cada uno de los días de nuestra vida acabará comprobando que parece que hemos fracasado. Pero no. Hay que presentar a Dios nuestros fallos con el corazón convencido de que seremos capaces de hacer lo que el Padre quiere para sus hijos. Papini las llama la obra maestra que los hombres pueden vivir, contemplar, realizar con la fuerza del Espíritu de Dios. Los grandes ingenios, los prodigios de la técnica, y de la ciencia son sombras ante la luz que suponen lo que nos ofrece el sermón de la Montaña. El sermón es el diamante único, refulgente que tiene que ser nuestro tesoro, el que puede significar nuestro viraje completo. Si todos los hombres fuesen llamados al máximo tribunal que pueda existir, y tuviesen que dar cuenta a los jueces de los errores cometidos, de los estragos realizados, de las infamias renovadas cada día, ningún tribunal sería tan único, tan rico, tan maravillosamente digno y promotor de la dignidad humana, como el Sermón de las Bienaventuranzas. El sermón de las Bienaventuranzas es el único que nos salva. Quien lo ha leído una vez con el corazón y con la mente abierta seguro que ha sentido un estremecimiento de agradecida ternura, un principio de llanto, un ansia de amor y remordimiento, una necesidad punzante de hacer algo para que esas palabras no sean tan sólo palabras, para que no sean sólo un símbolo, sino esperanza viva de todos, verdad presente. Quien lo leído una vez y no ha experimentado esto mejor que ningún otro merece nuestro amor, porque todo el amor de los hombres no podrá nunca compensarle de lo que ha perdido (Papini)
Realmente no hay nada más grande en la vida que ser cristiano. Nada merece más el esfuerzo, el entusiasmo, la convicción que un viraje completo para ir por este camino de los hijos de Dios, de los que creen en el Padre, en la redención de Cristo. Leamos las bienaventuranzas Al ver una multitud Jesús se subió a una montaña y es enseñaba diciendo: Bienaventurados…
Martes, 29 de mayo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis