Por Carmen Pérez Rodríguez
Hay días que siento muchísimo que esto sea un monólogo, aunque con algunos de Vds. hable después de esta ventana. Lo bueno sería que hoy esto fuera un diálogo en el pleno sentido socrático. Lo que estudiábamos hace tiempo Juanma, Sergio y yo. Una pregunta en la que nos ayudara primero la “ironía”, ese arma terrible de Sócrates contra la jactancia del ignorante que no sabe que lo es, y por eso se resiste a examinarse a si mismo y a reconocer sus propios límites. Una sacudida, que es como un torpedo marino. Nos sacude del torpor y nos comunica la duda que nos obliga, desde nuestro interior, a la búsqueda, en este caso, de lo que realmente es nuestra verdad cumbre. Esto sería el primer paso en nuestro proceso de liberación y encuentro con nosotros mismos. Y el segundo paso sería pensar juntos, dialogar. Un diálogo basado en una buena relación que nos garantiza la libertad de la búsqueda de algo que realmente nos importa, y en la que daríamos a luz lo mejor de nuestro interior y nos pondríamos en claro con nosotros mismos y con los demás. Porque el individualismo no es bueno, el diálogo tiene que llevar al reconocimiento del valor de la persona y de nuestras relaciones.
Lo primero que pienso es si se puede vivir sin una verdad cumbre. ¿Se puede vivir sin un fundamento y sin una meta? En este monólogo al menos podíamos Vds. y yo dialogar con nosotros mismos. Hay un escritor que nos puede ayudar, nos pueden ayudar muchos desde luego. Pero he escogido a un conocido escritor francés, Gilbert Cesbrón, tanto sus obras de teatro como sus novelas han sido llevadas al cine. El si que sabe cual es la verdad cumbre. Lo llama “el secreto real”. Conoce la receta garantizada para superar la actitud de Pilato cuando pregunta, pero que no pregunta realmente ¿Qué es la verdad? Su receta es tan sencilla y sublime al mismo tiempo que apenas se atreve a formularla. Se trata del primer consejo que le dará siempre el cura mejor que Vds. hayan conocido en su vida a un niño, y la última etapa que un santo se propondrá cubrir. Es, en seis palabras, todo el Evangelio. Puede ser la norma de vida tanto del mendigo como del multimillonario, del preso como del jefe de Estado. Un secreto y una evidencia a la vez, pero es un secreto real, de reyes. Aquí está: que cada uno de nosotros antes de tomar una decisión se pregunte: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Seis palabras realmente. El escritor sabe que a muchos importantes esto les parecerá insensato, ¡ellos que pueden poner en movimiento cien millones de euros, o llevar a la desesperación a miles de personas¡ Les parecerá insensato porque se creen más importantes que Cristo, al que no prestan ni la más mínima atención. ¿Vds. que les replicarían a estos importantes?. Están también los realistas, los que en el siglo de los ordenadores, de la informática, de la energía piensan que Jesucristo está pasado de moda. Estos realistas, estos eficaces, estos utilitaristas dan por cierto que el Creador no tiene ya nada que hacer, porque ellos están investigando todo. Ya está todo en sus manos. ¿Y que se les puede responder a estos “eficaces realistas” que creen que las máquinas rigen con más exactitud al mundo que el amor, el respeto, la fe, la generosidad, o la ambición, el interés, el egoísmo, la envidia? ¿Qué se puede responder a esos incorregibles ingenuos que son los que dicen de sí mismos que ellos son “realistas”?
Si de buena fe tomamos esta regla de vida como norma, seguro oímos en nuestro interior las palabras de Cristo: no os dejaré huérfanos. Y El siempre cumple sus promesas. Preguntarnos ¿Qué haría Cristo en mi lugar? supone que sintamos que El se pone en nuestro lugar. Y esto implica la fuerza del Espíritu Santo. El credo no es una cantinela infantil, decíamos el otro día, algo que se repite de manera mecánica sin ser conscientes de la afirmación de fe que hacemos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica etc. Es muy fuerte lo que dice Gilbert Cesbron : un cristiano que no crea con todo su ser en el Espíritu Santo es un impostor o un sonámbulo. No se burla uno del Dios vivo. Dios vivo, dos palabras decisivas. Cristo es una persona viva que vive actualmente aquí, allí y en todas partes. El cristianismo no es un código de negaciones y afirmaciones. Sólo se comprende desde dentro; nunca desde fuera.
¿Qué haría Cristo en mi lugar? No es una fórmula mágica. El cristianismo no se instaura en una mañana como un circo ambulante. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI).
Martes, 29 de mayo
Julián Moreno Mestre
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis