Muéstrame al hombre que hay en ti
03.07.09 @ 00:00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez
Para todo, ante nosotros mismos y ante los demás, la clave es mostrar y reconocer el hombre que hay en nosotros. Reconocernos. ¿Qué imagen de hombre llevamos dentro? ¿Qué imagen de la humanidad es la nuestra? Teófilo de Antioquía expresó en un debate la raíz de lo que quiero decir: Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te diré a mi vez: «Muéstrame tú al hombre que hay en ti», y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón. Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo perciben con ellos las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas —por ejemplo, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no lo está, lo que es superfluo y lo que es deficiente en las cosas—, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el dominio del oído —sonidos agudos, graves o agradables—, eso mismo hay que decir de los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios, para captar lo bueno”. Ahí está el problema muéstrame al hombre que hay en ti. Muéstrame al hombre que eres y se verá cual es tu relación con Dios. Y también Según sea tu relación con Dios así serás. En nosotros vive un falso yo y uno auténtico. Falso es el que constantemente subraya el “yo”, a mí, para mí el que todo lo refiere al propio valor y provecho, y quiere disfrutar, implantar, dominar. Va con “segundas intenciones”. Se dirige a las demás personas sin sencillez, y sin disponibilidad. Se quiere hacer impresión, ser envidiado, obtener ventajas, salir adelante. Se alaba para ser alabado, se cumple un servicio para poder reclamar otro semejante. Con todo esto no se ve al otro como un “tú”, sino riqueza, posibilidad, posición social, laboral. Si la vida es como un campo de rivalidad, no estamos bien. Cuando estas, no buenas intenciones, adquieren predominio todo se echa a perder. Ese yo cubre el auténtico, la verdad de la persona. Sólo en la medida en que desparece aquél, queda libre el auténtico. Esto es lo que se llama desprendimiento en su profundo significado. El yo auténtico es desprendido y generoso, va por la vida sin segundas intenciones, sin prejuicios, ni interpretaciones, que no hacen más que proyectar fuera la inautenticidad, mentira, inseguridad de ese yo falso, inauténtico. En la medida en que el hombre se aparta del egoísmo, de las “segundas intenciones” crece hacia dentro el verdadero yo. También se percibe el yo auténtico en la conciencia de una libertad, de una apertura, de una firmeza que viene del interior. Todos sabemos lo que es ir por la vida con todas esas “segundas intenciones”, o lo que por contraste es un corazón limpio, “la buena intención” ante la vida. Hasta los niños pequeños dicen: lo hice sin querer, no lo he hecho con mala intención. Todos somos capaces de reconocer y ver nuestras segundas intenciones y nuestros prejuicios. Muéstrame a tu Dios. Muéstrame tú al hombre que hay en ti. Me conmueven las dos expresiones: muéstrame al Dios en el que crees, por como eres, se le hubiera podido decir a Francisco de Asis, o a Teresa de Calcuta y a tantas y tantas personas. Muéstrame al hombre que hay en ti, que hombre anhelas ser, en que hombre crees, en que hombre esperas, que hombre es capaz de despertar amor, fidelidad, seguridad. Jesucristo vino a mostrarnos la posibilidad del hombre que hay nosotros. Ese es todo su Evangelio. Ahí están sus bienaventuranzas, sus diálogos con los que le querían y con los fariseos que le rechazaban. Si se cree en Dios como Padre, si se cree que Jesucristo ha asumido toda nuestra humanidad para enseñarnos el camino, la verdad y la vida, lógicamente nuestra vida ha de ser consecuente con ello. El Papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret dedica un capítulo de lo más iluminador y práctico a las Bienaventuranzas. La bienaventuranzas refuerzan el Decálogo, esa ética natural que es necesario esté a la base de todas las culturas. Las bienaventuranzas nacen de la mirada de Jesucristo dirigida a los discípulos, describen su situación: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados, padecen persecución por la justicia Y también son promesa cuando se las mira con la luz que viene del Padre. Son promesa en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura. Estalla el yo auténtico, el yo verdadero a que estamos llamados. Cuando el hombre empieza a mirar y vivir a través de Dios, caminando con Jesús, entonces vive con nuevos criterios, sin segundas intenciones, se vive en el yo auténtico. La verdadera riqueza y fuerza de la iglesia está en sus personas. Las paradojas que Jesús presenta en las Bienaventuranzas expresan la auténtica situación del creyente en el mundo. Lo que en las Bienaventuranzas del Evangelio es consuelo y promesa, en Pablo es experiencia viva de su ser cristiano. Se siente el último como un condenado a muerte y convertido en espectáculo para el mundo, sin patria, insultado, denostado. Y a pesar de todo experimenta una alegría sin límites, Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados, acosados pero no abandonados nos derriban pero no nos rematan. Las bienaventuranzas son la expresión del yo auténtico.
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Luis Javier Moxó Soto
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