Confiar en el amor de la madre
27.06.09 @ 00:00:00. Archivado en ¿Rezamos?, TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez, SANTA MARÍA
Por Carmen Perez Rodríguez
Hay un acontecimiento que funda toda nuestra existencia humana y es la relación madre-hijo ya desde el momento de la concepción. Desde ese momento se desarrolla un mudo diálogo entre madre e hijo base de lo que será toda su vida. ¿Hay una relación más entrañable y profunda que la de una madre y su hijo? ¿Qué hijo no confía en el amor de la madre? Basta abrir nuestro corazón a lo que todos llevamos dentro. En los ojos de la madre, en la sonrisa de la madre se despierta el hombre a su autoconciencia. A través de ella, de sus caricias, de su mirada, de su sonrisa comprende el hijo que hay un mundo en el que es acogido, en el que es bienvenido. Mucho antes del aprendizaje del lenguaje se desarrolla un diálogo entre madre e hijo que está en lo más profundo de la urdimbre humana. La vida humana se configura en el seno y en el cobijo de la madre. La madre es la base y certeza de todas las seguridades. Si esto se prostituye ¿qué queda en la vida humana? ¿No es este amor la raíz de todo lo demás? Si esta raíz no existe ¿qué es la vida humana? Si no prostituimos la naturaleza ella es expresión maravillosa de la realidad: y esta realidad es el hecho del hijo que se desarrolla en el seno de la madre, de la que se nutre, en la que descansa y en la que madura hasta su nacimiento. ¿Cómo no se va a confiar siempre en el amor de la madre? El cristianismo es la más profunda y radicalmente humana de todas las religiones. Es la que expresa toda la realidad del universo y del hombre. No es una religión más, solo ella expresa la forma auténtica y real de lo que es la naturaleza, nuestra religación con Dios. Cristo, alfa y omega de todo lo creado, asume toda la naturaleza humana, y nace también de una madre. El cristianismo que es la forma más humana, fecunda, y real de vivir, nace del sí de una madre a la vida de su hijo. La madre es el perpetuo socorro del hijo. Por eso es tan humano y divino que una de las invocaciones de la Madre de toda la humanidad, sea Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Donde abunda el pecado sobre abunda la gracia, no hay situación que no sea redimida, el amor de Dios es más grande que nuestro error y nuestro pecado. Ahí está como expresión de esta realidad la Madre a la que siempre se puede acudir. Nadie es huérfano realmente. Nacemos siendo hijos, de Dios Padre, y dados a luz por la Madre de Jesucristo que nos constituyó en hijos, hermanos, herederos.
Todo eso expresa el icono de la Virgen del Perpetuo Socorro. La iconografía bizantina es un arte sagrado basado en criterios místicos y estéticos. Los iconos son verdaderos objetos de culto, presencia de a quien se quiere invocar, y ante quien se quiere rezar. Parece que el pintor de los iconos es un artista inspirado por el Espíritu de Dios. Los iconos, en concreto, el de la Virgen del Perpetuo Socorro, nos sumerge en una atmosfera de paz, de consuelo, de protección, de socorro. Alguien llamó a los iconos “sacramento” en el sentido de que ofrecen toda una realidad a la que debe abrirse el que se pone ante él. La finalidad de este icono de la Virgen del Perpetuo Socorro es despertar en el corazón la confianza por encima de todo y a pesar de todo, la fe, la esperanza, el amor, los sentimientos que más nos acerquen a Dios que así nos ama y redime. Todo ello expresado en esta entrañable relación filial de la madre y del hijo. La madre que es ternura y que al mostrar a su Hijo, nos muestra el camino. Ahí está su Hijo que, se asusta ante los instrumentos de la Pasión, y presenta el encantador detalle de la sandalia que se le cae. Ella amorosamente lo protege entre sus brazos. Tanto el teólogo como el hombre más sencillo pueden encontrar en este icono lo que su razón y su corazón necesitan y buscan. Es un icono precioso que nos enseña a buscar en María el socorro perpetuo a nuestras dificultades y dolores. María con el Hijo en sus brazos, mira al que se pone ante el icono. Ese es el papel de madre dar la vida, servir siempre de cobijo, de ayuda, de protección, de consejo, de socorro. ¿Hay algo más importante que pueda hacer una madre que ayudar y socorrer a sus hijos? Ríos de ternura, confianza, seguridad, estímulo ha despertado siempre la Madre de Dios y nuestra, bajo tantas y tantas advocaciones, de tal manera que desde la que se contempla parece la mejor, o la que mejor expresa lo que en ese momento se necesita. La madre es la que sabe de verdad lo que necesita el hijo, lo que le duele, lo que le alegra, lo que le hace progresar.
Estamos hechos a imagen de Dios y todo lo que, en vez de reconducirnos hacia esta imagen, nos separe de ella, sea lo que sea, nos deprime y destruye. Las madres siempre quieren lo mejor para sus hijos, por eso María dice: haced lo que El os diga. Si podemos, miremos un icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, dejémonos invadir por él, por todo lo que muestra. Y así digamos con humildad gozosa y llena de gratitud: mi alma glorifica al Señor, mi Dios. El es mi alegría, mi plenitud. Todas las generaciones nos llamarán bienaventurados porque ha hecho maravillas en nosotros…Todo depende de un Sí, como el de nuestra Madre, Señora del Perpetuo Socorro.
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Luis Javier Moxó Soto
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