Ojos que saben ver
25.06.09 @ 00:00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez
Podemos ser como tantas y tantas personas a las que sus ojos no les sirven más que para ver de una muy determinada y ramplona manera. Un tipo de ojos-mecánicos, como todo lo demás a su alrededor. Ojos que sólo saben ver, a las personas, las cosas, la naturaleza, a través de los anuncios, de las revistas, de la televisión, del cine, de las cafeterías, de los comentarios, de los grandes almacenes, de los centros comerciales, de las comparaciones, de cómo se visten, de lo que compran. Una especie de exhibición como en una pantalla en la que todo no fuera más que materia de suceso, asunto de espectáculo, “sin alma”, sin interioridad, sin calidad personal, tipo tantos y tantos programas de TV y de Radio, y de tantas revisas, informaciones etc. Es un vivir de esa manera que no se sabe muy bien quiénes son espectadores y quiénes espectáculo. Todo como una pobre farsa de la vida. Es como en los lugares en los que hay terrazas de cafeterías ¿quién mira al otro, el que pasa por la calle o el que está sentado tomando algo? La vida una noche de viernes, un espectáculo. Es el mal de nuestra época. Vivir en la esfera del “por lo visto”, eso “esta ya muy visto”. O mira, esta muy poco visto. “Esta mal visto”. “Está visto que hoy no es tu día”. Unos ojos impersonales pero que nada se escapa a su dominio, ni preocupaciones, dolores, acontecimientos, placeres, sentimientos, ideas, vida de las personas. …todo “visto” como algo externo, sin espíritu. Como si el espíritu se hubiera ido a otra parte. Las personas, fundidas en esa manera de ver, en realidad no tienen voluntad, viven solo de manera más o menos cómoda, sedientas de novedad. Miran como robots, falta de evidencia espiritual y de la cualidad humana. Ojos ciegos, mente y corazón vacíos. Miradas que son quimera y solo ven diversión y cosas para tener y llenarse de ellas. O ambicionarlas con pena sino se pueden poseer. Ojos contaminados. Toda la creación tiende sus paisajes ante esos ojos pero no ven. No ven ni las estaciones del año, ni los amaneceres y atardeceres, ni como dice Sta. Teresa agua, campo, flores, árboles, cielos. Sólo están llenos de tinglados de feria, de música ruidosa y de gangosos anuncios que les impiden ver el corazón de las personas, la naturaleza, las verdaderas alegrías, y los profundos dolores.
Pero los ojos están hechos para comprender, consolar, amar. Se ve a través de los ojos y en ellos sale la vida interior, el espíritu de cada persona. Son ojos que tienen miradas no contaminadas. Miran por algo y para algo. Se busca como dice S. Agustín para encontrar algo que se está en condiciones de encontrar y reconocer. Y no se reconoce lo que no se conoce previamente. No basta con abrir los ojos y mirar. No basta con dejarse alcanzar por lo que brilla. Vemos siempre interpretando. Son las ventanas del mundo interior. Es nuestro espíritu quien ve la realidad más que nuestros ojos. No somos conscientes, pero cada cual tiene una historia que sólo él puede contar. Cada uno llevamos dentro un caudal de experiencias únicas, nuestro modo de ver la realidad, y muchas veces queda completamente obstruido. Saber mirar, sencillamente, ver realmente requiere una actitud constante para no dejarse ahogar por la falta de cualidad humana y de responsabilidad. Requiere del espíritu. He leído que Rubén Darío vaticinó, muy certeramente al joven Juan Ramón Jiménez, su verdadera condición de poeta cuando después de leer algunos de sus primeros versos le dijo: Usted ve por dentro. Estas palabras resonaron siempre en sus oídos y se convirtieron en la clave y norma de su vida. Aquello fue para él, dice el mismo Juan Ramón, un “epivitafio” Sabemos lo que es un epitafio, la inscripción que se pone sobre un sepulcro o en la lápida colocada junto al enterramiento. El juega con la palabra y dice epivitafio. En lugar de inscripción para el sepulcro, inscripción para la vida.
Ojos que saben ver y no ojos-mecánicos, ojos-máquinas. La conocidísima expresión del Principito: lo esencial es invisible a los ojos, se ve con el corazón. Es el espíritu el que descubre el sentido de todo. Realmente desde la razón humana, abierta al todo, nada tiene sentido más que a través de una cultura, de una religión, de una vocación, de una profesión bien vivida, que nacen gracias a que el espíritu ha fertilizado la inteligencia para que esta lo realice. El sentido de todo sólo es captado por el espíritu, y solo él posee el verdadero conocimiento. Si quisiéramos enseñar a unos hombres, que lo ignorasen, el amor a la patria, no dispondríamos de argumentos para convencerlos, dice en Piloto de Guerra el autor del Principito, Saint-Exupery, porque para conocer algo hay que fundarlo dentro de sí. No es por las palabras por las que el “yo” sabe del “tu”, sino por lo que hace que el “tu” se convierta en “tu” frente al “yo”, por el milagro del amor, y porque nacidos de la misma mano creadora se asemejan. No ojos-máquinas, sino ojos que saben ver.
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Luis Javier Moxó Soto
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