En cristiano

"M" mayúscula

22.05.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez
De niños todos hemos aprendido la diferencia entre las letras mayúsculas y las minúsculas. Nos enseñaban unas normas básicas para su empleo: después de punto, nombres propios, cargos importantes, siglas de organizaciones… La real Academia Española aclara las dudas y aconseja su uso “moderado” porque en el mundo en que nos movemos le estamos quitando su sentido. Hablo de la “M” mayúscula en función de la importancia que psicológicamente pretendemos darle. Hablo de la “M” mayúscula de la Madre, y de la Madre María, las dos con mayúscula. He leído en un libro de Gilbert Cesbrón, Soltad a Barrabás, que hay dos clases de amor y el único que merece la A mayúscula es el que da más que lo que recibe. Ese es el Amor de Dios y como hijos de nuestro Padre podemos “heredarle” y aprender amar de esa forma. Su Amor con mayúscula al crearnos nos hizo nacer de nuestra madre, y al redimirnos, de la Madre de su Hijo. Esa es la mayúscula que hoy quiero presentar la “M” de Madre. La tierra de donde todos surgimos. No hablo de “productos y técnicas artificiales”, desde esta ventana queremos la Humanidad, y también con “H” mayúscula. La Humanidad primero creada y luego redimida por Dios Padre. La Humanidad de la que habla Benedicto XVI. Si en lugar de todas las tonterías y críticas que dicen del Papa Ratzinguer algunos, (voy a recordar adjetivos, sólo los más suaves de Papini), pisacortos del espíritu, chupatintas de la política, de las cátedras y academias, gusanos de luz celosos del sol, gansos que no admiten el vuelo de las águilas, si estos escucharan y leyeran lo que realmente dice, “otro gallo les cantara” y nos cantara a la sociedad, claro. Lo bueno es que a pesar de ellos, el mundo no es sólo piedra en la que no tiene cabida la semilla, no es sólo tierra superficial donde no puede germinar la semilla. La semilla, lo que realmente llamamos semilla, no cae en la tierra como una pelota que rebota de nuevo, se hunde en la tierra y germina.
La semilla, en este caso de lo que realmente es la “Madre” tanto en la dimensión humana, como en la de la fe, asume y transforma en sí las fuerzas de la tierra, y así actúa de forma realmente nueva, la hace fructificar. La semilla no queda sola, a la semilla pertenece el misterio materno de la tierra. A Cristo pertenece María, la tierra santa de la Iglesia, como tan bellamente la llaman los Padres de la Iglesia. El misterio de María. El misterio de María significa precisamente esto, que la Palabra de Dios no quedó sola, sino que asumió en sí lo otro, lo otro, la tierra, se hizo hombre en la “tierra” de la madre, y así, fundido con la tierra de toda la Humanidad, pudo regresar de un modo nuevo a Dios. Saboreemos lo que nos dice el Papa: la Palabra de Dios, -palabra con mayúscula- porque es Dios en cuanto Hijo, se hizo tierra, hombre, en la tierra de una madre, y así fundido ya con la tierra de toda la Humanidad, regreso de modo nuevo a Dios. O sea Encarnación, Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Plenitud en Dios. Hay un libro que les recomiendo María, Iglesia naciente, de Joseph Razinger y Hans Urs von Baltashar, que comentan la carta de Juan Pablo II, la Madre del Redentor. ¡Vaya tres faros de luz¡¡ Y nos dejamos llevar por cualquiera que ni ve, ni oye, ni entiende lo que realmente es la Humanidad. Hoy estamos con Raztinger, Benedicto XVI.
María, la Madre, la creyente. La actitud fundamental desde la que se articula toda la vida de María es la fe. Si Jesús de Nazaret, es la Palabra hecha carne y habla desde lo profundo de su ser uno con el Padre, María es la madre creyente. La aclamación de Isabel a María, ¡feliz la que ha creído¡, se convierte en la frase clave de todo lo que se pueda decir de María, o sea de la Mariología. El famoso y repetido SI de María es la respuesta en la que comienza la Iglesia naciente, respuesta que ha de hacer suya toda la Humanidad en cada uno de los hombres. Con su Sí a que de su propio seno nazca el Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu Santo, María pone su cuerpo, todo su yo, como lugar a disposición de la presencia de Dios. La meditación profunda sobre la fe de María encuentra el punto culminante en la interpretación de María de pie junto a la cruz. María que conserva fielmente en su corazón toda la vida de su Hijo. Y la fe entra en el momento de oscuridad total. Oye a su Hijo orar diciendo: ¡Dios mío, Dios mío¡ porque me has abandonado? Y en ese momento: ella es nombrada la Madre de toda la Humanidad. ¿No es la verdadera madre la que siempre cree, la que siempre espera, la que siempre ama? María, la Madre, es realmente “el signo de la mujer”, y también el signo del creyente. Dos cosas: el nombre de “Madre” siempre con mayúscula, nunca prostituido…, y el sentir a María como la Madre, la creyente.


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