En cristiano

Nuestras certezas en la vida

08.05.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez
He leído que Sartre, el filósofo del absurdo, en una reunión defendía con vehemencia y argumentaba, con muchos efectos dialécticos, que la verdad no existía. En esto, una discípula, enardecida por su entusiasmo hacia el maestro exclamó: ¡qué gran verdad esta¡. Y todos tan contentos. Verdaderamente una afirmación así en ese clima y en ese ambiente te habla de esperanza . ¡Qué gran verdad esta¡ O sea que hasta el escepticismo requiere de la verdad. Y se pone de manifiesto la gran necesidad que tiene el ser humano de verdad, de certeza. Decía Chesterton, con su acostumbrada ironía y forma paradójica de expresarse, que la mayoría de los escépticos parecen sobrevivir porque son escépticos inconsecuentes y nada fundamentales. Es fácil hablar mal de la razón, de sus anhelos de verdad, de certeza, de infinito. Pero solo se consigue en nombre de la misma razón. La razón en el momento de negar su anhelo de verdad, y de infinito se hace viva y presente en el mismo acto que pretende negar. La razón que reflexiona, conduce a una definitiva afirmación de su valor. Es paradójica la afirmación entusiasta de la discípula de Sartre ante la postura de su maestro negando la verdad y el sentido ¡Qué gran verdad ésta¡. Como lo que dice Chesterton sobre el valor de la razón. La paradoja es una afirmación, aparentemente, contradictoria, incluso puede parecer absurda que, al analizarse con mayor detenimiento demuestra contener una verdad que reconcilia los opuestos en conflicto. No existe la verdad, no existe la certeza. ¡Qué gran verdad y que gran certeza requiere esa negación contundente¡
Certeza, ignorancia, duda, opinión. Cuatro situaciones reales, distintas, de la vida humana. Todos sabemos lo que queremos decir cuando decimos esto no es verdad, esto es verdad. La conciencia que nos permite la plena afirmación de algo la llamamos certeza. Esa confianza plena de que eso es válido. La certeza supone un conocimiento, una experiencia comunicable y reconocible que nos lleva a la afirmación. En el otro extremo estaría la ignorancia. Partiendo de ella no podemos afirmar nada. La duda se produce como consecuencia de la falta de conocimiento y de confianza, y entonces tampoco nos es posible afirmar nada. Nuestro grado de conocimiento débil puede generarnos opiniones. El que opina, afirma, pero no con la confianza, claridad y convicción del que tiene certeza. A las certezas se llega desde el interior de uno mismo que es donde en realidad se encuentra la verdad. Pascal, un gran matemático, físico, filosofo, distinguió entre el espíritu de geometría y el espíritu de fineza, algunos traducen por espíritu de delicadeza. Incluso habla del espíritu de profecía para conocer las realidades últimas del destino humano, que estaría dentro del espíritu de fineza. El espíritu de geometría se refiere al espíritu de las matemáticas, de la exactitud y precisión. Evidentemente a un sentido de lo racional aplicado a la ciencia, y a un determinado tipo de ciencia. El que nos centra hoy es el espíritu de “fineza o delicadeza” para conocer las cosas del “corazón”. Por eso algunos hablan de las “certezas del corazón” Ese espíritu nos hace conocer de manera más sutil, más atinada, más sentida, mas refinada. Pascual insiste, lógicamente, en que ambos son necesarios. Pero lo que hoy necesita nuestro momento, como en el suyo, también invadido por un limitado racionalismo, es el espíritu de fineza, de delicadeza. La vida humana no se realiza por sí misma. Es una realidad abierta, un proyecto que siempre hay que realizar. ¿Cómo llevamos a cabo esta realización? Por nuestras certezas; por el espíritu de fineza o delicadeza. Y de aquí deriva y cobra sentido claro esa experiencia tan conocida que Pascal ha sintetizado, genialmente: el corazón tiene razones que la razón no entiende.
¿Cuáles son nuestras certezas? Porque las certezas producen libertad. El verdadero arte de vivir sólo lo puede comunicar Jesucristo. Y sólo de El proceden todas las certezas. El tiene la respuesta a nuestra pregunta fundamental: el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio ante la vida que la considera absurda y contradictoria. Esta incapacidad de alegría supone y produce incapacidad de amor, produce la envidia, la avaricia…todos los vicios que arruinan la vida, las personas y el mundo. No puedo seguir, pero de esto habló el cardenal Ratzinger en la conferencia pronunciada en el Congreso de catequistas y profesores de religión en Roma, en diciembre del año 2000. La nueva evangelización que quiere decir mostrar el camino, enseñar el arte de vivir. Y todo esto no es la ciencia la que lo da, el espíritu de la geometría. En nuestras certezas, en nuestro “espíritu de fineza” nos lo comunica quien tiene la vida, El que es el Evangelio en persona.


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