En cristiano

El banco pintado de verde

05.05.09 | 00:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Pérez Rodríguez
Me lo ha contado mi amiga Silvia. Una chica que es farmacéutica militar. Hablábamos sobre un tema y me dice: sí, esto es el “banco pintado de verde”. Al ver mi cara de sorpresa me dice es que en el ejercito hay un dicho “Esto es el banco pintado de verde” El “banco pintado de verde” es que sencillamente en una plaza se pintaron de verde los bancos, y se puso policía para que no se sentara la gente. Pero se fueron renovando los turnos, y ya comprenden “seguían cuidando los bancos verdes”, que ya no era necesario. Cosas que se hacen “porque sí”, y nadie se pregunta el sentido. O cosas que nadie se atreve a cambiar a pesar de su inutilidad y como se dice “a ver quien le pone el cascabel al gato”. Pienso que quizá hay “bancos pintados de verde en nuestra vida” “cascabeles que hay que poner al gato”. Hacer las cosas porque sí, en un sentido positivo, tiene su porque de fondo: ayudar, rezar, leer, pasear…es un “porque si” de lo más vital. Pero no es eso el sentido del “banco pintado de verde”. Esa rutina mala sin sentido que quita valor a todo y mata, ese hacer las cosas sin implicarnos, sin que “nos vaya la vida”, aunque suene fuerte. Porque la vida “nos va en todo lo que hacemos” . Ese hacer las cosas porque se han hecho siempre así, sin reconocer si vale la pena o no. Un día, alguno de Vds. quizá recuerda, hablábamos de la diferencia entre lo rutinario y lo cotidiano. Parece que no tiene que ver con lo que estamos diciendo pero tiene mucho que ver: hay que vivir convencidos de que las personas son más importantes que las cosas, tanto en las cosas que se hacen, como en las que se mandan hacer. Mejor que mandar hacer podríamos hablar de “delegar”. Delegar realmente en otro lo que hay que hacer. Delegación que es consciente de que el otro es una persona. Es más profundo delegar que mandar. Delegar supone un trato más de persona, una comprensión mutua, y un compromiso mutuo. Saber delegar exige mucha más riqueza humana, en el que delega y en el que realiza lo delegado. Esto es importantísimo tanto en la vida de familia como en el trabajo. Uno que manda cae facilísimamente en tratar a los demás como si no fueran personas capaces, como si los mandados tuvieran que actuar por meros actos reflejos ante el estímulo. Hay personas que convierten a los demás en meros instrumentos, personas que “utilizan” a los demás. Hay cosas esenciales en nuestra vida diaria, como es lo que venimos diciendo, y que producen las más grandes contradicciones.
El respeto ante lo que puede parecer insignificante, las pequeñas bondades y atenciones en el trato son muy importantes. Son la trama y la urdimbre de toda la vida. Son el mejor retrato de nosotros mismos y de los demás. Las pequeñas asperezas, las faltas de respeto, las ramplonas interpretaciones de los demás, las afirmaciones agresivas que se meten en lo que “el otro piensa”, en creer que se dominan los juicios de los demás, suponen todo en una relación. En cualquier relación, las cosas grandes son las cosas pequeñas. ¿Qué es realmente saber vivir? Por supuesto aquí no estamos en el sentido picaresco que da lugar a toda esa literatura nuestra, tan española, de la “picaresca”. “Saber vivir, en el sentido que venimos hablando, es reconocer a los demás, y reconocer lo que acontece. Hay una anécdota muy buena: Había una ciega sentada en la calle, con un cuenco, y un pedazo de cartón, escrito con tinta negra, que decía: por favor, ayúdeme soy ciega. Un buen publicista que pasó frente a ella, se detuvo y observó el poco dinero que tenía en el cuenco. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta, tomó un marcador negro, que el llevaba y escribió otro anuncio. Volvió a poner el pedazo de cartón sobre los pies de la ciega y se fue. Por la tarde el buen publicista volvió a pasar frente a la ciega que pedía limosna; su taza estaba llena de billetes y monedas. La ciega reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él, el que había cambiado el escrito de su cartón, y sobre todo, claro, quería saber qué había escrito. El publicista le contestó: Nada que no sea tan cierto como su anuncio, pero con otras palabras que creo llegan más a los que pasamos, sobre todo, si se tiene un poco de sensibilidad. Sonrió y siguió su camino. El nuevo mensaje decía: Ya es primavera y no puedo verla. Dio en el clavo de lo que al pasar la gente podría reconocer como importante. No era sencillamente “el banco pintado de verde” que está ahí; o esa mujer ciega, a la que yo, vidente, no veo. Hay una persona, con sus sentimientos, con sus anhelos, con sus necesidades, con sus gustos, su singularidad en el que ya es primavera y no puedo verla. No podemos vivir en el “porque sí” en sentido pobre y rutinario, sin vida, sin crecer y abrirse cada vez más y reconocer la realidad. En el “siempre se ha hecho”, en la manera impersonal de mandar y cumplir lo mandado. Precisamente desde este punto de vista se han prostituido mucho las palabras “recado” recadero”. Habría que recuperarla en este sentido en el que venimos hablando. El recado, el recadero requiere su propia personalidad y compromiso, como en todo trabajo y relación humana. Siempre en una relación, las cosas grandes son las cosas pequeñas, y estas son nuestra vida.


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