Por Carmen Pérez Rodríguez
Hay películas, libros que nos presentan de una manera muy gráfica esta actitud del “yo esperaba…” Seguro que muchos la hemos vivido y hemos sentido fuertemente esta vivencia del “yo esperaba…” Recordamos momentos, en nuestra vida, de esta “desesperanza” consecuencia del “yo esperaba”. Pero es que no es una frase más, porque la esperanza es la raíz de la vida humana. Dice Tales de Mileto que es el unico bien común a todos los hombres, los que todo lo han perdido, la poseen aún. Hay una narración fenomenal en el Evangelio de Lucas. Cleofás y un amigo son la expresión gráfica del “yo esperaba” y como consecuencia la “desesperanza”. Ellos esperaban la venida de un libertador de Israel. Esperaban un hijo de David a la medida de sus inquietudes. Las palabras que le habían oído a Jesús de Nazaret les habían conmovido y, habían, en cierta manera, confiado en El. Eso sí, habían confiado desde sus propios intereses y deseos, desde sus propios planteamientos. Ahora todas esas esperanzas se habían ido al traste, estaban desesperanzados. Sentían lástima de lo que le había ocurrido a ese profeta poderoso en obras y en palabras, al que los jefes de los sacerdotes y los jueces habían condenado a muerte de cruz. Ellos habían esperado que el fuera el que estaba destinado a rescatar a Israel. Pero nada, habladurías, a El, después de su crucifixión y muerte, ya no lo han visto. Y a continuación, en esta misma narración, es realmente genial la descripción del paso de la desesperanza a la alegría, a la confianza. Sucede, como de costumbre, de la manera más natural y sencilla, más profundamente humana y experiencial. Van hablando de su estado de ánimo y de pronto se dan cuenta de que una sombra, en el suelo, camina cerca de ellos. Se vuelven y saludan al nuevo compañero de camino. Nos pasa muchísimo esto de ir andando, ver la sombra y sentir los pasos del que va detrás de nosotros. Eso es lo que nos narra S. Lucas. Inician el diálogo que podemos volver a leer una y otra vez. Los dos amigos, escuchan dóciles y atentos, sin replicar, porque se está enardeciendo su corazón, y sus palabras les despiertan a otras a oídas. Llegan a Emaús y como ya atardece le invitan a quedarse a cenar. Quédate con nosotros. Y sucede lo que es mejor que leamos en directo: Le reconocen, se encuentran de verdad con Jesucristo, con el Señor Jesús
Mi reflexión es muy sencilla: es el paso del yo esperaba a la desesperanza, y en algunos casos a la desesperación. Para volver realmente a la auténtica esperanza, al convencimiento de la forma más elevada de la motivación humana, a lo que saca lo mejor de la persona, a la esperanza que realmente nos salva. En realidad sienten lo mismo que lo que describe Benedicto XVI en la Spe Salvi, claro por eso nos lo describe el Papa. Se les da, se nos da una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente aunque sea fatigoso. Todo se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Para mí este fragmento del Evangelio de S. Lucas es de lo más esclarecedor de lo que nos pasa en la vida, de lo que es nuestro caminar en la vida. Nos montamos unas pobres esperanzas a nuestra imagen y semejanza, y perdemos de vista el camino, llegamos a las desesperanza. ¿Y que es lo que nos pone de verdad otra vez en camino? Solamente la esperanza que nos redime.
Me gusta la postura de Gabriel Marcel en torno a dos hechos vitales: el misterio y la esperanza. En realidad es la misma situación vital. La obra de este pensador francés, judío, que vivió durante la ocupación nazi, responde a esta situación. Marcel es uno de los pensadores que distingue entre el optimismo y la esperanza. Somos peregrinos de este mundo y nos abrimos camino sobre los bloques movedizos de un mundo sin fe y esperanza. La libertad está íntimamente relacionada con la esperanza. Estamos siempre en camino y el único modo de vivir bien nuestra vida es responder responsablemente y con confianza a los diferentes interrogantes que se nos van planteando. Los ídolos son las piedras miliares del camino que llevan a la desesperación. Volvemos a la juventud de lo eterno. Esta es la misma experiencia de los discípulos de Emáus; o la experiencia agustiniana: nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza. No hay otro fundamento para la esperanza que Dios.
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