Por Carmen Pérez Rodríguez
¿Quién comprende la grandiosidad de la existencia humana? Es la gran pregunta llena de admiración que se han hecho pensadores, teólogos, y cualquier persona que se abra a su capacidad de admirarse, de reconocer. Cualquier persona que no se ponga límites, y pobres y mezquinas medidas. Esa expresión. que a mí me conmueve tanto, del pensador francés Louis Lavelle: no des al otro lo que no es capaz de recibir. Me conmueve, y me hace ponerme a mi misma contra la pared, el pensar que tenemos “la capacidad”, para eso hemos sido creados, pero somos nosotros con nuestras respuestas los que obstruimos esta capacidad de recibir, de comprender la grandiosidad de nuestra existencia humana. La mediocridad, la vulgaridad, dice Chesterton, y yo lo repito constantemente, es estar delante de la grandeza y no darse cuenta. ¿Por qué no vivirla? El pensador alemán Schelling dice: el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza. Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá inmediatamente a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata”. El Papa León XIII dijo que la libertad, la prosperidad y la grandeza de un estado están en razón directa de la moral de sus hombres ¿Quién comprende la grandiosa existencia humana? Puede parecer una pregunta muy fuera de nuestro diario vivir. Pero es la columna vertebral de nuestra vida. En este momento de ambigüedad tan tremenda en los valores, en lo que realmente es la persona humana, lo que la dignifica, lo que nos realiza y da plenitud, esto suena a quimera. La grandiosidad de la existencia humana solo puede venir del proyecto divino de lo que el cristianismo, y en concreto la Iglesia católica llama vocación porque se trata de la llamada a una realidad que supera las medidas naturales, humanas. Cierto que es una llamada a lo que ni en los más altos sueños es capaz de concebir nuestro corazón humano. Las fiestas que estamos celebrando, ahora en concreto, al Venida del Espíritu Santo y la Trinidad, nos hacen comprender la grandiosidad de la existencia humana.
A Dios se le descubre en lo humano, en la belleza que somos capaces de admirar, crear, en el bien que podemos hacer, en la solidaridad, el amor, el esfuerzo para mejorar, en esa capacidad de no arrodillarse ante nada, ni nadie, más que ante Dios, en el luchar por ser humano, y por el ser humano. Cada persona es tan grandiosa que constituye un motivo de transcendencia. El hombre, abierto a la totalidad del mundo, sólo alcanza su plenitud si da una respuesta al sentido de su ser y al sentido de la realidad en general. No hay peor error que la creencia de que la fe cristiana se opone a la razón. Es una constante en mi vida, la gran realidad del acuerdo intrínseco entre fe y razón. Nada de irracional hay en el hombre nuevo del que habla S. Pablo. Cristo es la forma viviente de la existencia cristiana. Todos tenemos nuestra forma propia, la ecuación de nuestra individualidad, esa forma que unifica nuestras cualidades y actividades, nuestras respuestas, nuestros silencios y palabras. Gracias a ella somos nosotros mismos cuando trabajamos o cuando descansamos, cuando estamos con un amigo o cuando estamos solos. Al hacernos cristianos recibimos una nueva forma, forma que ha de adueñarse de cuanto somos. Esta forma es el Espíritu de Cristo viviente en nosotros. En cada cristiano Cristo vive su vida siempre de nuevo. Nuestro crecimiento es el de la fe. La fe ilumina cada momento de la vida, no hay ninguna que pueda ser excluido. Este es el hombre nuevo del que habla S. Pablo
Necesitamos vivir de las celebraciones de la grandiosidad de la condición humana, ahora en concreto: la venida del Espíritu Santo a nosotros y la Santísima Trinidad; es decir nuestra ser moradas del amor de Dios, del Espíritu de Dios, el poder llamar a Dios Padre, el ver en el Hijo de Dios toda nuestra humanidad y nuestro destino. Las celebraciones cristianas son las fiestas de la fe racional, de la esperanza inteligente, del amor infinito, es decir, de la grandiosidad de la existencia humana. Las religiones son expresiones del hambre humana de lo absoluto, pero solo una ha expresado la gran verdad: Dios es Padre, es el Hijo que se hace hombre y asume toda nuestra humanidad, y es el Amor que todo lo llena, vivifica, redime, sana. Reflejo de la Trinidad tiene que ser nuestra vida. Mirémonos en Ella. Comunidad de vida que no suprime la autonomía de la persona. ¿Quién comprende la grandiosidad de la existencia humana? Sólo la conoce aquel en el cual ella vive; esa realidad misteriosa, llena de vida y de muerte, tan potente y enigmática que llamamos naturaleza humana. ¿Quién comprende la música? El que la lleva en su interior. Otros podrán muy bien aprender algo sobre ella, reunir conocimientos proporcionados por expertos y adquirir cierta facilidad, pero les será rehusada la verdadera comprensión. Volvemos, una y otra vez, a la pregunta llena de admiración y estupor del comienzo ¿Quién comprende la grandiosidad de la existencia humana? Sólo el que cobija en sí una centella de grandeza. Sólo el que mira a Quien le creó, le redimió, y le llena de su Espíritu. Sólo puede comprender a Cristo el que vive en lo que es de Cristo, el amor del Padre, y la vida y fuerza de su Espíritu.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos