Por Carmen Pérez Rodríguez
Empiezo con una anécdota muy significativa que cuenta Stephen Covey y que el mismo vivió. Iba en el metro de Nueva York. La gente estaba tranquilamente sentada, leyendo el periódico, perdida en sus pensamientos o descansando con los ojos cerrados. La escena era tranquila y pacífica. De pronto, entraron en el vagón un hombre y sus hijos. Los niños eran tan alborotadores e ingobernables que de inmediato se modificó todo el clima de una mañana tranquila de domingo. El hombre se sentó junto a Covey y cerró lo ojos, en apariencia ignorando y abstrayéndose de la situación. Los niños eran realmente molestos. Pero el hombre no hacía nada. Era difícil no sentirse irritado y sentirse en toda la posesión de la razón y de la verdad ante semejante situación. Casi todas las personas parecían igualmente irritadas y, como el mismo sentía, en posesión de unos derechos lesionados. De modo que Stephen Covey -por decir algo concreto de él es autor de libros conocidos en el mundo entero como Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, unas lecciones magistrales sobre el cambio personal- con lo que le pareció una paciencia y una contención inusual en una situación así le dijo: señor, sus hijos, están molestando a muchas personas. ¿No puede controlarlos un poco más? El hombre alzó los ojos como si sólo entonces hubiera tomado conciencia de la situación y dijo con suavidad: Oh tiene razón. Supongo que yo tendría que hacer algo. Volvemos del hospital donde su madre ha muerto hace más o menos una hora. No sé que pensar, y supongo que tampoco ellos saben cómo reaccionar. Dice Covey que inmediatamente vió las cosas de otro modo, pensó de otro modo, sintió de otro modo, se comportó de otro modo. Y desde luego se desvaneció su irritación. Su corazón se había visto invadido por el dolor de aquel hombre. Y fluían sentimientos de compasión y simpatía. Todo cambió en un instante a pesar de ese mal llamado “tener razón”
Nuestros paradigmas correctos o incorrectos, son las fuentes de nuestras actitudes y conductas, y en última instancia de nuestras relaciones con los demás. Es muy bueno para nuestro propio conocimiento ser conscientes de nuestros paradigmas. Reconocer lo que está en la base de nuestras relaciones con los demás, cómo nos dirigimos a ellos, como reaccionamos ante las situaciones. Es fácil ver como los demás tienen un tipo de reacción bastante predecible, pues eso mismo ocurre con nosotros. La causa de la reacción de las otras personas es muchas veces la provocación inconsciente que hay en nuestras actitudes, palabras, miradas; o los juicios de valor que acerca de ellas tenemos, aunque no los manifestemos externamente. Hay algo bastante común en muchos de nosotros, la actitud “de tener la razón”, y solo personas de personalidad rica no van así por la vida. En un mundo en que la mayor tarea de los hombres, y quizá la única, es parecer que tienen razón, nos exponemos a convertirnos en los campeones de este miserable deporte. Lo peor es estar convencidos, en este “miserable” deporte que dice Gilbert Cesbron, de que por la razón que tenemos llevamos las de ganar. Y no digamos cuando hablamos dentro de ideologías. Entonces es como si se quisiera aplastar a la persona con la que se habla con el peso de la lengua. Claro, así con serenidad, y en un momento bueno, vemos claramente que nuestra tarea no es “tener razón”, no es derrotar a uno con razón o sin razón, sino abrir la mente y el corazón para ver. La razón no se tiene, tenemos la capacidad de la razón para ver, sentir, comprender, investigar. La razón entendida como la capacidad que nos hace a imagen y semejanza de Dios. Me gusta muchísimo el sentido de razón de Luigi Giussani. La razón esa capacidad de darse cuenta de las cosas o de los valores, de toda la realidad que es posible para el horizonte humano. La razón no puede estar anquilosada, encogida, limitada, reducida a tipos de lógica, de fenómenos, de experiencias, como se la ha imaginado tanta filosofía moderna. La razón es vida, una vida que se desenvuelve ante la complejidad y la multiplicidad de la realidad, ante la riqueza de lo real. La razón es rica, ágil, va a todas partes, recorre muchos caminos. “Yo tengo razón” como si pudiera tenerla en la mano como un bolígrafo, es una reducción del horizonte de mi vida. Qué distinto es ir por la vida sintiendo el asombro, la maravilla que produce la realidad que se nos impone, la presencia con la me topo, y esta en el origen de la conciencia humana. Lo que la claridad y la distinción cartesianas son para las matemáticas, son la admiración y el estupor para la razón ante el misterio de Dios. No es nuestra tarea en la vida “tener razón” sino vivir de esa capacidad de darse cuenta de las cosas, de los valores, de toda la realidad que es posible para el horizonte humano.
Viernes, 30 de julio
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Mario Bruzzone
Editorial San Pablo
Sor Gemma Morató
Pedro Tarquis
Javier Madrazo Lavín