Sin volverle la espalda a los otros
19.07.08 @ 21:15:00. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez
Es una afirmación muy seria, muy real y que nos tiene que servir en múltiples ocasiones: Cristo es el único ser al que podemos mirar continuamente sin volverle la espalda a los otros (G. Cesbrón) En realidad también habría que decir que le debemos mirar continuamente para no volverle la espalda a los otros. Las dos afirmaciones son muy gráficas y expresan un gran hecho. Cristo es el único ser al que podemos mirar continuamente sin volverle la espalda a los otros. Claro porque mirar a Cristo continuamente es precisamente no poder volverle la espalda a los otros. No se puede mirar a Cristo y no ver a todos. Mirar a Cristo es, para empezar, mirarse a si mismo, porque solo sabemos quienes somos, y quienes podemos ser, mirándole a El. Mirar a Cristo es no conocer al otro sólo por fuera. Mirarle es oír la parábola del buen samaritano, y escuchar, consolar y ayudar. Es aprender a sufrir y por tanto estar capacitado para vivir, comprender y, sin pretenderlo, enseñar a vivir. Sin pretenderlo, porque no se puede “pretender” enseñar a vivir. Eso es sencillamente una “pretensión”. Al mirarle no se olvidan los beneficios recibidos, se ve el bien que recibimos, pero si se olvida el bien que hemos hecho. Mirar a Cristo es aprender a amar y repartir felicidad en nuestro entorno.
Si miramos a Cristo aprendemos que no se trata de de salvarse sino de salvarnos. Porque donde hay dos o tres reunidos en su nombre está el Señor y con más seguridad que cuando sólo hay uno con El. El mirar a Cristo muestra que lo seguro es vivir bajo el régimen del reparto no de la capitalización. El cristianismo es un “deporte de equipos”, los cristianos son cristianos al aire libre. Pero al mismo tiempo se sabe que todo se resuelve uno a uno. Bajo la mirada de Cristo no puede haber “dinero” interpuesto en “el equipo”. No se puede estar con Cristo y que se interpongan entre nosotros los cargos, la política, las oposiciones, los diplomas, los títulos, la cartera de valores, las cuentas corrientes. Hay que renunciar a los atajos. No basta decir “hice esto que está mal” Lo negativo no basta. Hay que ver el bien que no he hecho. Y esto es lo que tiene que pesar en nuestra vida. No atajos, pero sí allanar el camino. Hay una receta garantizada, completamente garantizada: que cada uno de nosotros antes de tomar una decisión, o ante la circunstancia que se nos presenta nos preguntemos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Esto desde luego les parece insensato a los importantes, a los que creen que pueden poner por sí mismos todo en movimiento. Les parecerá también insensata a los que se creen realistas y piensan que en el siglo de la informática, de la energía, de las continuas y grandes experimentos, esta expresión está pasadísima de moda. Dan por cierto que el Creador no tiene que hacer ya nada en este mundo mientras nosotros investigamos los secretos de la Creación. El Autor de todo, el Juez de todo, el Sentido de todo no tiene ya papel alguno . ¿Y que decir a los que creen que el móvil, el ordenador, las máquinas de calcular electrónicas, los inventarios, las programaciones industriales rigen con más exactitud el mundo, las relaciones, que el amor o la ambición, la envidia o la bondad de corazón, el egoísmo o la generosidad, la esperanza o la angustia, la fe o los ateos desconfiados? Y de nuevo las paradojas de la vida: en el fondo son unos incorregibles “ingenuos”, ignorantes y nada realistas.
¿Qué haría Cristo en mi lugar? Podemos pensar que eso es imposible, que no es posible que nos creamos esta regla de vida. Pero es la gran realidad ¿Qué haría Cristo en mi lugar? para que El se ponga en nuestro lugar. Esto es la fe. Esto es creer en Dios, en su Espíritu. Esto es ignorar o burlarse del Dios vivo. Cristo es una persona viva, que vive actualmente aquí, allí y en todas partes. Lo estamos oyendo continuamente a Benedicto XVI,- si le oímos-, el cristianismo no es un “código moral” ¿Qué haría Cristo en mi lugar? no es una fórmula mágica. El Reino de Dios no se instaura como un teatro o un circo ambulante. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida. Esta rotunda afirmación del Papa ya es para mí, dirán algunos de Vds. como el estribillo de una canción. En sentido positivo y como necesitad vital de la canción que puede ser la vida, pues sí. Cristo es el único ser al que podemos mirar continuamente sin volverle la espalda a los otros.
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Luis Javier Moxó Soto
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