En cristiano

¿Hay diferencia entre lo justo y lo injusto?

16.07.08 | 21:15. Archivado en TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
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Por Carmen Péreez Rodríguez
¿Cuál es la diferencia entre un tratado justo y otro injusto? Pues la verdad es que no se como sin recurrir al sentido de la ley universal, de una ley ante la que todos estamos obligados se puede determinar. Estamos en una sociedad en la que se establece lo que se quiere como “legal”, Por ejemplo, con relación a la vida y a la muerte, con relación al aborto y la eutanasia, con relación a la clonación y a la familia etc. etc. Debe ser que no se cree en la realidad del bien y del mal. Pero los que así hablan se desdicen a cada momento. Porque luego hablan de tratados justos o injustos. Podemos decir que no tiene mayor importancia el abismo que se ha creado entre legalidad y moralidad, entre lo que es legal y lo que realmente es bueno. Pero si los tratados, la ley natural, los derechos y deberes internacionales no tienen importancia y pueden cambiarse según los intereses y conveniencias de turno, si no existen cosas tales como el bien, el mal, la conciencia buena, los que decimos que no tienen conciencia, los desalmados ¿cuál es la diferencia entre lo justo y lo injusto? ¿Quién y qué determina esa diferencia? ¿Lo determinan los que tienen en ese momento el poder? Fíjense lo que dijo ya Aristóteles en el siglo V antes de Cristo:”el lenguaje tiene el fin de indicar lo provechoso y lo nocivo y, por consiguiente, también lo justo y lo injusto, ya que es particular propiedad del hombre, que lo distingue de los demás animales, el ser el único que tiene la percepción del bien y del mal, de lo justo y lo injusto y de las demás cualidades morales; ahora bien, la comunidad y participación de esos valores es lo que hace una familia y una ciudad-estado”. La comunidad y participación de esos valores es lo que hace una familia y una ciudad-estado. ¡Vaya afirmación¡ y ciertamente real también hoy día. La familia es la comunidad establecida por la naturaleza para la convivencia de todos los días, y esta definición también es de Aristóteles. Vamos la juventud de lo eterno, la juventud de lo que es valioso ayer, hoy y mañana.
No se como se pueden hacer juicios de valor sin un sentido de lo justo y de lo injusto, sin una conciencia abierta a la trascendencia. ¿No se engañan a si mismos y pretender engañar a los demás al evidenciar que, digan lo que digan, realmente conocen la ley de la naturaleza, lo mismo que cualquier otra persona? La moralidad no es un fin en sí misma. Existe para ser trascendida. En estos momentos estoy pensando en el análisis de la conciencia que hace un logoterapeuta conocidísimo en el libro La presencia ignorada de Dios (Psicoterapia y religión) de Viktor Frankl. La conciencia como hecho psicológico inmanente, este darnos cuenta y darnos cuenta de lo que está bien y está mal, nos remite, ya por sí misma, a la trascendencia. Del mismo modo que el ombligo humano, por si mismo no tiene sentido, porque se entiende solamente a partir de su historia antes de nacer, y nos remite a su procedencia del organismo materno en que fue formado, así la conciencia solo puede entenderse en su sentido pleno cuando la concebimos remitiéndola a un origen trascendente. Para explicar la condición humana de ser libre y responsable hay que remitirse a la trascendentalidad del “tener conciencia” El hombre irreligioso es el que ignora esta trascendentalidad de su conciencia. No se pregunta por el “ante qué” o “ante quien” de su responsabilidad. Ahora que se celebra el aniversario de la revolución cultural del 68 conviene que recordemos se usó con demasiada frecuencia la palabra “represión” tanto para hablar de la policía como de la moral. Esta identificación es escandalosa, porque es confundir dos cosas que están en las antípodas la una con respecto a la otra. Lo más grande que hay en el hombre es el hecho de someter su libertad a los imperativos de los valores superiores; y por el contrario, lo más bajo que hay en él es dejarse dominar por las coacciones sociológicas del ambiente en el que se encuentra. Lo que fundamenta la libertad es, como venimos diciendo, el reconocimiento de una trascendencia. Si se descarta la trascendencia, la última apelación está en los poderes humanos. No existe peor amenaza para la libertad que un mundo en que el Estado, la sociedad, el soviet o los grupos macroeconómicos deciden sobre el bien y el mal. La garantía de la libertad está en Dios, en la apelación de los poderes humanos al tribunal divino por el que dichos poderes son y serán juzgados en última instancia. Todos los amos de los poderes humanos, sean los que sean, tienen que rendir cuentas a Dios que juzgará esos poderes, que juzgará según sus obras.
Claro que hay diferencia entre lo justo y lo injusto. Y todos lo sabemos. Y no hay posibilidad de convivencia familiar, social, política, industrial, sin lo justo y lo injusto. Es verdad que aprendemos la ley moral de padres y profesores, y que esto ayuda a desarrollar nuestra conciencia. Pero eso no quiere decir que la ley moral sea simplemente “una invención humana”. Padres y profesores no fabrican una ley como no fabrican las leyes de la gravitación universal, ni la fisión del átomo. Costumbres y hábitos cambian con el tiempo. No lo realmente bueno o malo, lo justo y lo injusto.


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