Seño, ¿existe el alma?
12.05.08 @ 15:31:08. Archivado en VIDA, EDUCACIÓN, Preguntas desde la fe, TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez

Seño, ¿existe el alma?, le ha preguntado una alumna de segundo de la ESO a su tutora y profesora de Lengua y Literatura. Cuando preguntamos seño, ¿existe el alma, existe Dios? ¿Desde que horizonte lo hacemos? ¿Desde que presupuestos? ¿Y que contenido le damos? Pero nuestra pregunta hoy sería concretamente: seño ¿qué es eso de la Trinidad? Porque debe ser muy importante cuando tanto nos dicen que Dios es uno y trino, y es realmente la profesión de fe cristiana, el credo cristiano. Nada de que eso a nosotros no nos importa, eso para los teólogos. No, “eso”, es nuestra vida realmente: que Dios es Padre, que es Hijo que se hace hombre con nosotros, por nosotros y para nosotros. Y que el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, nos abre a una vida nueva. La Trinidad. Hasta es un nombre que llevan muchas personas. ¡Que gran verdad¡ Y llevar como nombre lo que Dios es en sí mismo y para nosotros.
Todos conocemos la leyenda en la que se relata que S. Agustín paseaba por la playa mientras intentaba comprender el misterio de la Santísima Trinidad cuando se encontró con un niño que quería meter toda el agua del mar en un agujero que había hecho en la arena o en un cuba pequeño con el que jugaba. Agustín le dijo que eso era imposible y el niño le respondió que más difícil era comprender el misterio de la Trinidad. Quizá a algunos nos pasa al contrario. Ni hemos visto el mar, ni queremos meterlo dentro de un agujero o de un cubito de jugar en la playa. Todo lo contrario, llevamos de antemano nuestro cubito lleno de agua, sin haber visto nunca el mar, y estamos convencidos de que eso es el mar y de que con nuestro cubito lleno de agua sabemos que es el mar. En cuantas conversaciones se habla de Dios sin rozarle siquiera, y lo mismo ocurre en críticas o discusiones. Los dos ejemplos son realidades que tienen que despertar nuestro interior. Vamos a dejar nuestro cubo lleno de agua, y a mirar el mar, sin quererlo meter dentro del cubo. Nosotros no hemos inventado lo que los científicos han visto dentro del átomo: su energía e impresionante composición y dinamismo. Dios es Vida inmensa y plena. Lo que Dios es en sí mismo es lo que realmente ilumina nuestra vida. Necesitamos de palabras, de conceptos, de imágenes que nos abran a El. Y por eso Jesús nos reveló, nos hablo de la Paternidad en Dios, de la Filiación, del Amor. Dios es Padre, principio y origen de todo. En esa misma realidad se da la Filiación, es Hijo como el que siempre es engendrado. Y Dios en su vida íntima es Amor que se personaliza en el Espíritu Santo. Dios es unidad, comunión, que se personaliza en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Nuestra manera de ser persona nos permite como identificar a las tres divinas personas en una única y misma realidad. Al Padre se le atribuye la Creación, en la que hay un ser que ocupa un único y singular puesto el ser humano, libre y responsable de todo lo que decida. Al Hijo, engendrado por El, manifestación de todo lo que es el Padre, se le atribuye la Redención. Es decir, la entrada libre y responsable, a través de la humanidad, de toda la creación en la gloria de Dios. Por ello asume en el espacio y en el tiempo, la naturaleza humana. Y al Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, Jesús le llama el Consolador, el Abogado, el Espíritu de verdad, es su propio Espíritu. El Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria. La misión del Hijo y del Espíritu Santo son inseparables. Desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, ese Espíritu es el que nos hace hermanos de Jesús e hijos del mismo Padre.
Si alguien compra una cosa en su valor hay igualdad entre el precio y lo comprado, si en menos la cosa le queda por debajo, si en más por encima. A la Palabra de Dios nada puede igualarse. Y no es posible hacerla bajar de precio, ni superarla, dice el gran pensador, profundamente vital, Agustín de Hipona. Nada de ir con cubitos llenos de agua, pensando que llevamos el mar dentro, ni de llenar nuestros cubos pensando que cabe el mar. Que nuestro corazón se sienta tocado por Dios, abrir nuestra razón al misterio es una gran dicha, comprenderlo, es absolutamente imposible. La luz del sol todo lo ilumina, en ella vemos todo. Dios es nuestra luz y Jesucristo, Dios hecho hombre es realmente nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Celebremos con gozo, cada domingo, el misterio cristiano, que es celebrar la enorme explosión de vida y amor que es la Santísima Trinidad, porque eso es la Resurrección del Señor.
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Luis Javier Moxó Soto
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