La silla de pensar
12.05.08 @ 15:35:00. Archivado en VIDA, EDUCACIÓN, FAMILIA, TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez

Hoy, casi un homenaje a los abuelos. Se que en algunos colegios celebran el día de los abuelos, una fiesta exclusiva para ellos, porque es muy frecuente que sean ellos los que los llevan a los colegios, y estén bastantes ratos con sus nietos. Incluso algunos abuelos son catequistas de primera comunión de sus nietos, a los que siempre se añade algún amigo que no tiene esa suerte. Los abuelos son una gran riqueza, muy valiosos en la familia que decimos tradicional. Menuda cara de satisfacción ponen muchos niños al hablar de sus abuelos. Digan “abuelo, abuela” como lo dicen los niños, verán como se les llena la boca. A un chico, le pregunté un día como tenía que poner en el sobre a su abuelo, ¿“era ilustrísimo”?, se lo dije a ver si conocía esa palabra porque el título le correspondía. La cara del chico fue de un asombro enorme: es que yo le llamo “abuelo”. El mejor título para él. Todos sabemos que en muchas familias los abuelos enseñan a los niños maravillosamente bien valores muy concretos y formas de actuar correctas. Saben tratarles con cariño, respeto y admiración. Una de las cosas bonitas de esta vida es oír a los abuelos contar cosas de sus nietos, a pesar de la vergüenza de los padres. No significa esto que los padres hayan cedido de su autoridad o de sus funciones de padres. Sencillamente los niños que tienen ese enorme privilegio captan la visión de la vida del “abuelo”, de la “abuela”. Recuerdo un día que una niña encantadora me contaba la película de los niños del coro. Y me decía que el maestro era como su abuelo de bueno. Me vino a decir con su lenguaje infantil que además de que se parecía físicamente, es que lo veía tan bueno como su abuelo. Y al preguntarle en que consistía esa bondad que ella veía en el vigilante-educador Clement Mathieu, me contestó que era un cuidador estupendo, se preocupaba por todos los niños, todos los niños le querían, aunque el que mandaba en el colegio no lo entendía. Pero él conseguía que todos hicieran lo mejor que sabían. Se servía de lo que él sabía muy bien, que era la música y así formó un coro precioso. Pueden imaginarse como disfruté en la película, y reconozco que la primera vez que la vi, la vi con los ojos de la niña; porque además conozco a su abuelo. Pero yo abrí esta ventana por una “silla de pensar”. Por favor escuchémoslo como lo dijeron los abuelos y lo vive el niño. Hace poco días unos abuelos contaban que ellos no castigaban nunca a su nieto, le habían acostumbrado a que cuando hacía algo mal, se enfadaba o era caprichoso le mandaban sentarse en una silla a pensar, a pensar lo que había hecho, y lo que ahora tenía que hacer. Un día que había hecho algo mal en su casa le dijo a su padre: papá me tengo que ir a la silla de pensar ¿verdad? Pero es que está en casa de los abuelos. Ya se que pueden surgir mil críticas como en todo. Pero bien utilizado es buenísimo.
Acostumbrarnos desde pequeños a encontrar en nosotros mismos y por nosotros mismos la solución, comprender desde pequeños lo importante que es nuestro pensar y nuestro hacer. Vamos el refrán: El que hace y no piensa, hace daño. El que piensa y no hace, se queda a medio camino. El que piensa y hace, puede llegar lejos. Quizá recuerdan la película Becket. Hay un diálogo entre el rey Enrique II y sus nobles durante una comilona. El rey lamenta no tener a Tomas Becket con él. De todos lo que tuvo a su lado, confiesa, era el único que pensaba ¿Tu piensas alguna vez? pregunta a uno de los comensales. Majestad, respondió el interpelado, con la boca llena, un lord inglés tiene cosas más importantes que hacer que pensar. No se puede vivir sin pensar, no podemos trasladar nuestras decisiones a otros, o a las mayorías, las ideologías, las modas. La tarea más importante es aprender a pensar con libertad. Sólo el que piensa es capaz de comprender que más vale padecer el mal que cometerlo (Sócrates) Muchos de los problemas que padece nuestra sociedad es el acoso de los medios, de las propagandas, y la falta de un pensamiento claro, serio, consecuente y responsable. Cierto día, el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del gran sabio, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no lo veo” Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios”, y colocó sobre ella una moneda. ¿Qué ves? le preguntó. “Una moneda” respondió el inglés ¿Nada más? insistió el Cardenal. Muy tranquilo, el Cardenal quitó la moneda, y preguntó: Y ahora, ¿qué ves? Veo Dios respondió el inglés ¿Y qué es lo que te impedía ver Dios?” le preguntó de nuevo el Cardenal Y el inglés se calló como un muerto. Lo que nos impide ver y pensar cada uno lo sabe. Sólo vale la pena dialogar con quien se toma las convicciones en serio, y como expresión de sus propias convicciones responde a la búsqueda de la verdad. No podemos transferir las decisiones personales a lo que hacen todos, a lo que todos piensan, esto equivale a tirarse a la corriente que arrastra. Hay una silla buenísima para pensar.
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Luis Javier Moxó Soto
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