El árbol triste
12.05.08 @ 15:50:00. Archivado en VIDA, EDUCACIÓN, TESTIMONIOS, COLABORACIONES, Carmen Pérez Rodríguez
Por Carmen Pérez Rodríguez

Había un hermoso jardín con manzanos, naranjos, perales y rosales, todos ellos felices y satisfechos.
Todo era alegría en el jardín, pero había un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: ¡No sabía quién era! Lo que te falta es concentración, le decía el manzano: "Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosísimas manzanas, si me miras verás que fácil es" “No lo escuches", casi exigía el rosal. "Es más sencillo tener rosas y ¡tu ya ves lo bellas que son¡” Y así le iban diciendo todos. El árbol desesperado, intentaba lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado. Un día llegó hasta el jardín un búho, que ya sabemos es la más sabia de las aves, el símbolo del pensamiento, y al ver la desesperación del árbol, de dijo "No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la Tierra. Yo te daré la solución... No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tú mismo, conócete... y para lograrlo, escucha tu voz interior”. Y dicho esto, el búho desapareció.
"¿Mi voz interior?... ¿Ser yo mismo?... ¿Conocerme?..Se preguntaba el árbol desesperado, cuando de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole: "Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Ni darás naranjas, ni peras. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje... Tienes una misión: ¡Cúmplela!"
Y el árbol se sintió fuerte y seguro de si mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz. Y también es verdad, sigue el cuento, que no solo hay robles que no se permiten crecer, sino hay rosales que se ahogan en las espinas, y naranjos que no saben florecer etc. Y acabo el cuento con la moraleja: en la vida, todos tenemos un destino que cumplir y un espacio que llenar. No permitamos que nada ni nadie nos impida conocer y compartir la maravillosa esencia de nuestro ser. No se puede olvidar nunca, sobre todo en los momentos más difíciles. La máxima belleza es oír nuestra voz interior, ser nosotros mismos, conocernos. Esto requiere de nuestra apertura a la fe en un Dios personal que nos crea, nos conoce y nos ama.
Todo arranca de la índole personal del hombre. Sólo cada uno hacemos real lo que es la persona. La famosa frase de Dostoevskij “la belleza salvará al mundo”, tiene mucho que ver con esta ventana abierta de hoy. Sólo cada persona anhela la belleza, la siente y la capta. Y esa clase de personas despiertas a la belleza son las que siempre se necesitan. Es realmente significativo lo que Benedicto XVI afirmó cuando aún era cardenal: un teólogo que no ama el arte, la poesía, la música, la naturaleza, puede ser peligroso. Esta ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria: se refleja necesariamente en su teología. Es maravilloso todo lo que quiere decir esta manera de pensar de Benedicto XVI. ¿Cómo no se va a reflejar la belleza en la teología? ¿Cómo un teólogo va a ser ciego y sordo a la belleza? Ser persona es nuestra vocación. No podemos ser ni estar tristes por no saber quien somos, por no saber nuestra identidad, por no comprender y saber de nuestros anhelos infinitos de belleza, de verdad y de bien. Esa ha sido la llamada de muchos pensadores llamados “personalistas”. Mounier nos da unas líneas claras: mantenemos nuestro ser personal por nuestra adhesión real a una jerarquía de valores concretos libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una conversión constante. Somos cada uno de nosotros los que en nuestra actividad diaria desarrollamos por actos sencillos y concretos la singularidad de nuestra vocación. Somos personas en la medida en que no nos escondemos en la masa, no nos difuminamos en medio del maremagnum de dichos, propagandas e ideologías.
Contemplar la belleza, excepto de la posibilidad de lo que cada uno de nosotros podemos hacer en nuestra vida es ser como el árbol que estaba profundamente triste viendo naranjos, manzanos, rosales. Para eso estamos en la vida para descubrir nuestra propia identidad como el roble del cuento. Es la belleza íntima y honda, esa belleza que cada uno pone en la vida con su actuar, con su pensar, con su sentir. Es la belleza concreta del bien, de la verdad, de la justicia, del amor, de la entrega, de la generosidad. Este es el resplandor de la dignidad de la persona. Estamos tristes porque no hemos descubierto la vocación a la que hemos sido llamados. La belleza profunda de la persona esta en el ejercicio de su libertad. Al desarrollar nuestros carácter o personalidad configuramos bellamente nuestro propio ser libre. Somos los artistas de nuestra vida. Las personas mientras vivimos vamos interpretando, captando, todo lo que nos rodea. Llamamos, nombramos a todo y a todos a lo largo de nuestra vida. Nuestro timbre de voz es inconfundible, singular. Se nos dice como al árbol que estaba profundamente triste: tú eres un roble y tu destino es crecer.
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Luis Javier Moxó Soto
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