Los inmigrantes de Valencia ya tienen su patrona: La Virgen de los Desamparados
10.05.08 @ 15:25:00. Archivado en José Ángel Crespo Flor, PAZ, ¿Rezamos?, VIDA, FAMILIA, MISIÓN, TESTIMONIOS, COLABORACIONES, SANTA MARÍA
Valencia: hogar para las familias del mundo entero

(Desde El Canyamelar de valencia, José Ángel CRESPO FLOR).- El cardenal arzobispo de Valencia mons. Agustín Garcia-Gasco Vicente ha escrito una carta de marcado sentido humanístico y eclesial. La verdad es que no podía ser de otra forma, esta carta pastoral del día de la virgen de los Desamparados ya que la archidiócesis de Valencia ha querido ponerse al frente de la ayuda a los inmigrantes de ahí que en torno a esta gran fiesta mariana que vive Valencia cada segundo domingo de Mayo haya querido crear y dar vida a un Encuentro de las Familias inmigrantes con la Virgen de los Desamparados. Y la verdad, no le falta razón al cardenal porque el fenómeno de la inmigración se quiera o no, lo tenemos aquí, en casa. No hace falta buscar en otras ciudades, regiones o comunidades porque sin salir de Valencia podemos ver a una cantidad ingente de personas - todas hijas de un mismo Dios- que se han decidido abandonar su tierra y venir a España o, como el caso que nos preocupa Valencia, buscando acomodo y un bienestar social y económico que en sus paises no se dan.
D. Agustín ha querido dar un sentido social a la Fiesta de la Mare de Déu dels Desamparats y la verdad es que ha tenido una respuesta importante, si tenemos en cuenta que es la primera vez que se realiza. Si en años venideros este Encuentro de las Familias Inmigrantes se sigue haciendo, que creo que sí, Valencia, la Iglesia de Valencia, las Instituciones valencianas habrán dado un ejemplo de cómo hay que ser solidarios y tender la mano a la gente que, por necesidad , tienen que abandonar sus casas, sus familias y tentar a la aventura para proveerse un futuro que en sus paises no se puede conseguir.
Si releemos la carta de D. Agustín veremos como toda ella rezuma positivismo aunque no está exenta de realismo porque se habla y con toda claridad, del fenómeno de la inmigración pero en vez de ver el aspecto negativo lo enfoca por lo positivo que resulta vivir otras culturas, otras formas de entender la vida.
Estamos por lo tanto ante una carta que no tiene desperdicio por cuanto en ella se aborda el problema de la inmigración, se habla y profundiza, a través de este problema, sobre los Derechos de la persona humana y lo que es más importante, se intenta dar solución desde la Iglesia.
Les dejo ahora con lo más importante, con la carta del cardenal arzobispo de Valencia. Carta que se enmarca en la gran fiesta que toda Valencia vive en torno a la mare de déu dels desamparats y que en esta ocasión reviste un carácter muy especial por este Encuentro de las Familias Inmigrantes con la Mare de déu dels Desamparats.
LA CARTA DE D. AGUSTÍN GARCIA-GASCO VICENTE
Nadie puede permanecer ajeno al fenómeno de la inmigración. Unos lo viven de manera directa y personal; otros observan cómo ha cambiado su convivencia y su vecindario; todos somos conscientes de que hay una nueva situación humana a la que es preciso responder adecuadamente. El Encuentro de Familias Inmigrantes con la Mare de Deu dels Desamparats que he convocado, quiere ser una respuesta a esta realidad.
La inmigración es un fenómeno muy heterogéneo. En su seno caben situaciones tan positivas y estimulantes como las de los intercambios de estudiantes, y situaciones tan dramáticas como las de las mafias que se dedican a la plaga del tráfico de seres humanos.
Esta pluralidad de situaciones muestra que es necesario tener un criterio de actuación claro y coherente, que deben tener presente tanto las autoridades públicas como los ciudadanos, y que debiera generar buenas políticas sociales. La inmigración es un asunto de personas. No debemos olvidarlo nunca. Y las personas siempre experimentamos fragilidad, vulnerabilidad y dependencia cuando nos distanciamos de nuestras raíces. Al mismo tiempo, partir de la propia tierra pone de relieve la capacidad de relación y de comunión de los seres humanos y permite generar nuevos lazos, con frecuencia muy enriquecedores.
La inmigración no sólo muestra la debilidad humana, sino también el enorme potencial de enriquecimiento que una persona tiene para otra, las posibilidades de cambio y de mejora que propicia el encuentro humano. Es imprescindible renovar ese sentido positivo de la inmigración que procede del dato personal.
Para ello los católicos hemos de proponer el reconocimiento del reagrupamiento familiar como un derecho. La persona sin su familia no disfruta plenamente de su ser. Le falta algo esencial. Puede quedar herida en lo más profundo. Puede rebajar dramáticamente su esperanza y sus aspiraciones. Puede perder el orden cotidiano y el sentido del sacrificio y del trabajo.
El derecho de las familias a reagruparse, que la Santa Sede reconoce en su Carta de los derechos de la familia, favorece decisivamente el bien común.
Personas arraigadas con sus familias contribuyen decisivamente a mejorar la convivencia, a dotarle incluso de una alegría singular. Poblaciones que experimentan los síntomas negativos del envejecimiento sienten un aire fresco y renovador cuando reciben la savia nueva de las familias emigrantes, especialmente cuando vienen acompañadas de sus hijos pequeños.
Todos estamos llamados a ver en la inmigración una oportunidad para construir mejor la civilización del amor, teniendo bien presente el valor de las personas, de la familia y el bien común. Las únicas amenazas que plantean los flujos migratorios son las mismas que sufren los propios emigrantes en forma de explotaciones y engaños. La lucha por la dignidad de todo ser humano, su familia y sus derechos es el horizonte común que nos permite avanzar hacia una sociedad más humana y más de Dios. A eso nos invita la fiesta patronal que hoy celebramos.
La cultura madura de la acogida exige que se reconozca a todo inmigrante los derechos fundamentales. Por su condición de persona, tiene la misma dignidad que los ciudadanos del país de llegada; por su condición de necesitado, mueve a una obligada solidaridad con los más débiles. Desde estos principios, las autoridades públicas deben ejercer el control de los flujos migratorios considerando las exigencias del bien común. La acogida de los inmigrantes no es incompatible con la existencia de leyes que la organicen y que eviten los abusos de quienes comercian o explotan la miseria ajena.
Los cristianos debemos de ser fermento de la cultura de la acogida en el seno de Europa. La Mare de Deu dels Desamparats nos enseña a ser acogedores.
Potenciemos nuestro servicio de acogida y atención pastoral con los inmigrados y refugiados a través de Cáritas, o de otras organizaciones de solidaridad cristiana. Debemos, de manera particular, no defraudar las expectativas de los inmigrantes católicos, con los que nos une la pertenencia a Jesucristo y a su Iglesia, y con los que podemos intensificar un trato de verdaderos hermanos. Aceptemos con agrado el reto de la cultura de la acogida. Es una nueva oportunidad que nos brinda nuestro tiempo de demostrar el valor universal y dinámico de nuestra devoción mariana.
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Luis Javier Moxó Soto
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