Por Carmen Pérez Rodríguez

Y hoy Lewis. C. S. Lewis (Clive Staples Lewis). El autor de Las crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, Los cuatro amores, El diablo propone un brindis, El gran divorcio, Mero Cristianismo etc. Lo leí hace bastante, como a Viktor Frankl, pero últimamente estoy enganchada también a estos dos autores. Porque me hacen mucho bien. “Intento impedir que alguien diga esta solemne tontería, a veces tan frecuente sobre Cristo: no tengo inconveniente en aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto su pretensión de ser Dios. Esto es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fuese simplemente un hombre y dijese la clase de cosas que Jesús dijo no sería un gran maestro de moral. Sería, o bien lunático –igual que el hombre que dice ser Napoleón-, o. en caso contrario, el dominio del infierno. Es preciso escoger. O este hombre fue, y es, el Hijo de Dios: o fue un loco, o quizá algo peor. Podéis encerrarlo por loco, podéis escupirle a la cara y matarlo como a un demonio; o podéis caer a sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no caigamos en la simpleza de decir que fue un gran maestro. No quiso dejar este problema sin resolver”
No tiene duda Lewis de que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Esa es la gran realidad. Parece que hay muchas razones por las que es difícil ser feliz: muerte, enfermedades, vejez, fuerzas destructivas de la naturaleza, relaciones humanas, carencias de todo tipo. Pero podemos aprender siempre con lo que de hecho ha ocurrido en nuestra historia y aprendemos con Platón, y con Aristóteles, y Nietzsche y con Marx, con todos, la enorme capacidad del hombre. Como dice Teresa de Jesús : no hallo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad. Basta decir su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender su gran dignidad y hermosura. Pienso en la “razón”, como en la gran hermosura y capacidad del alma, en el “espíritu” como la diferencia esencial del hombre y el animal, en la conciencia de lo real, en esa manera de ser del hombre por la que es capaz de amar, de conocer, actuar libremente, de acoger y expresar el misterio.
Lewis descubrió los ojos capaces de ver y el corazón capaz de sentir por los que las inquietudes, las infelicidades, las ansiedades se transforman, e incluso nos liberan y nos hacen comprender la realidad. Las personas somos libres de ser buenos o de ser malos. Sin libertad seríamos autómatas. Por eso el obrar, dice Luigi Giussani, es una permanente creación de nuestra libertad. O Merleau-Ponty : nuestra acciones no solo tienen que ser libres sino liberadoras. Las flores son bellas, el mar es inmenso, el cosmos es inconmensurable, pero “no lo saben”, ni escogen su propia forma de vida, ni deciden sobre ella. Nosotros nos hacemos a nosotros mismos.
La felicidad que Dios ha dado a las criaturas más evolucionadas es la felicidad de estar libre y voluntariamente unidas a El. El principal fin de nuestra vida, la razón de nuestra existencia en este planeta es establecer una relación con la Persona que nos colocó aquí. ”Mientras no se establezca esta relación, todos nuestros intentos de alcanzar la felicidad, -nuestra búsqueda de reconocimiento, de dinero, de poder, del matrimonio perfecto o la amistad ideal, de todo aquello en búsqueda gastamos nuestras vidas- , siempre se quedarán cortos, nunca satisfarán el anhelo, colmarán la inquietud o nos harán felices. Dios diseño a la máquina humana para funcionar con El. El combustible con el que nuestro espíritu ha sido diseñado para comer es Dios mismo…Dios no puede darnos paz ni felicidad aparate de El, porque no existen. No existe tal cosa”
Lewis establece un principio básico de vida: cuando se le da el primer lugar de la relación de uno con Dios, todo lo demás aumenta, incluidos nuestros amores y placer terrestres. Escribe “Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a lo más quiera en la tierra, amaré lo que me resulta más querido mejor que lo he hecho hasta ahora. En la medida en que aprenda a amar lo que más quiero en la tierra a expensas de Dios y en lugar de Dios, me estaré moviendo hacia ese estado en que si siquiera podré amar lo que más amo en la tierra. Cuando las primeras cosas se ponen lo primero, las segundas no quedan suprimidas sino aumentadas” Esto es el “ciento por uno” que nos presenta el Evangelio El jueves veintiuno en el programa de la radio “Pan de vida”, preguntaba al cardenal de Toledo, D. Antonio Cañizares, decía “no el ciento por uno sino el mil por uno, el mil por nada, porque todo se nos da, lo que hace falta es recibirlo”
Los sentimientos de desesperanza, desamparo, interpretación negativa de la vida, visión del futuro, nos deshacen. ¿El pesimismo no es el resultado más de nuestros pensamientos que de nuestros sentimientos?
Verdaderamente, si DIOS ES, y “ES QUIEN ES”, ningún placer de la tierra puede substituir o satisfacer la necesidad y deseo profundo que tenemos de una relación con la Persona que nos hizo. Si buscamos primero esta relación, la lograremos con una buena dosis de felicidad. Pero si buscamos primero nuestra felicidad, no obtendremos ni la relación con nuestro Creador, ni nuestra felicidad. Lo mejor de la felicidad en sí misma, “es que te libera de pensar en la felicidad, como el gran placer que puede darnos el dinero es hacer innecesario tener que pensar en el dinero”
La siguiente propuesta de Lewis es de lo más rico y vital: cuando nos hagamos seres a los que El pueda amar sin obstáculos, entonces seremos realmente felices. Quizá lo entendemos desde ser alegría para los padres, para los amigos. El placer ante el elogio no es orgullo. El niño al que los padres felicitan por haber comprendido bien su lección, el marido que se enorgullece de la profesionalidad de su mujer, la mujer que se entusiasma con la manera de ser de su marido. Porque el verdadero placer reside no sólo en lo que somos, sino en el hecho concreto de que hemos complacido a alguien a quien queríamos complacer, y con razón. Lo importante no es:”qué estupenda persona debo ser para haberlo hecho”. Cuanto más nos deleitamos en nosotros mismos y menos en “el elogio”, producido por ser “luz y sal” de la tierra, peores nos hacemos. Cuando nos deleitamos enteramente en nosotros mismos y el elogio no nos importa nada, hemos tocado fondo.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos