En cristiano

D. Agustín Garcia Gasco "El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios"

  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido


(Desde El Canyamelar (Valencia) José Ángel CRESPO FLOR).- Vamos a transcribir la homilía que recitó el arzobispo de Valencia mons. Agustín Garcia Gasco Vicente con ocasión de la Misa del Gallo celebrada los pasados 24-25 de diciembre con ocasión del Nacimiento del Hijo de Dios.

Esto, que a continuación transcribimos, fue lo que dijo el Pastor de la archidiócesis de Valencia en la Santa Iglesia Catedral de Valencia con ocasión de tan importante Noche en la que se conmemoraba el Nacimiento del Hijo de Dios

Cabildo metropolitano.

Sacerdotes concelebrantes.

Hijas e hijos amadísimos.

1. Dios, infinitamente perfecto, por pura bondad, nos ha creado libremente para hacernos partícipes de su vida feliz. No estamos solos, abandonados al poder del pecado y de la muerte. La vida tiene sentido. El amor es nuestra vocación.

En la noche santa de la Navidad, plenitud de los tiempos, nació en Belén el Hijo de Dios, enviado como Redentor y Salvador del género humano caído en el pecado.

Esta es la primera palabra de nuestra liturgia: celebramos con gozo el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén.

El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios.

Más aún, en Jesucristo, Dios mismo se hizo hombre.

Sí. Hermanos míos: Dios es tan grande que puede hacerse pequeño.

Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo.

Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros.

Esto es la Navidad: Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con él, para que podamos llegar a ser semejantes a él.

Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: él es así. De este modo aprendemos a conocerlo.

Y en todo niño resplandece algún destello de la cercanía de Dios. Sí: en todo niño resplandece la cercanía de Dios, también en los niños que han sido concebidos y no han nacido todavía (Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 2005).

2. La segunda palabra que resuena en la liturgia de esta Noche santa, está tomada del libro del profeta Isaías: ³El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande" (Is 9,1).

La palabra "luz" impregna toda la liturgia de esta misa.

Se alude a ella nuevamente en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito: "Ha aparecido la gracia de Dios" (Tt 2,11). Esta expresión significa la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver.

También el evangelio relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y "los envolvió en su claridad" (Lc 2, 9).

Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. "Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna", nos dice san Juan (1 Jn 1,5).

La luz es fuente de vida.

Pero luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino de la verdad, frente a los engaños de los poderes de este mundo.

Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. La división, la discordia y la violencia no pertenecen al Dios verdadero. La religión cristiana es fuente de paz. Es la paz perfecta.

Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera: la luz de la verdad y del amor. La luz de la paz.

En aquel Niño, acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor.

La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombres y mujeres a lo largo de los siglos, "los ha envuelto en su luz".

Donde brota la fe en aquel Niño, florece también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón.

Desde Belén una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos.

Si nos fijamos en los santos (desde san Vicente mártir y san Vicente Ferrer a los mártires valencianos de la persecución religiosa del siglo XX), vemos esta corriente de bondad, este camino de luz que se inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en el Dios que se ha hecho Niño.

Contra la violencia de este mundo Dios opone en ese Niño su bondad, y nos llama a seguir el resplandor que viene de Él.

Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que se encienda en nuestro corazón la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo.

No permitamos que esta llama luminosa, encendida en la fe, se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo.

Son muchos los que llevados por un oscuro laicismo quieren evitar que la luz de la Navidad brille en la historia. No dejemos que sus sombríos argumentos enfríen nuestra fe.

Los cristianos hemos de custodiar fielmente el significado de las celebraciones de la Navidad y ofrecerlo a los demás. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo tienen necesidad de este mensaje de esperanza, de este testimonio de amor (Cfr. Benedicto XVI, Ibidem).

3. Queridos hijos: En esta noche, en que miramos hacia Belén, queremos también rezar de modo especial por el lugar del nacimiento de nuestro Redentor y por los hombres que allí viven y sufren.

Queremos rezar por la paz en Tierra Santa: "Mira, Señor, a este rincón de la tierra, al que tanto amas por ser tu patria. Haz que en ella resplandezca la luz. Haz que llegue la paz a ella".

Con el término "paz" hemos llegado a la tercera palabra clave de la liturgia de esta Noche santa.

El Niño anunciado por el profeta Isaías, es llamado "Príncipe de la paz".

De su reino se dice: "La paz no tendrá fin". Y En el evangelio se anuncia a los pastores: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama".

Queridos hermanos: El año que termina queda en nuestra memoria con la profunda huella de los horrores de la guerra que tuvo lugar en los alrededores de Tierra Santa, así como, en general, de los peligros del laicismo y de un enfrentamiento entre culturas y religiones, peligros que amenazan todavía en este momento histórico.

«El problema de las vías para la paz se ha convertido en un desafío de primera importancia para todos los que se preocupan por el ser humano».

La paz, nos recuerda el Papa, es al mismo tiempo un don y una tarea.

La paz es un don de Dios, es una característica del obrar divino, que se manifiesta de modo particular en la obra de la creación y de la redención.

No vivimos en un mundo irracional y sin sentido. Hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos.

Acoger la ley natural (don de Dios) es una tarea para que la paz resulte posible entre todos los pueblos en sus respectivas culturas. Así podremos acercarnos al misterio de Dios.

Ese punto de partida es rechazado entre nosotros por la cultura laicista, que desprecia los fundamentos religiosos de la vida humana.

Esa mentalidad genera una cultura negativa para la paz porque no respeta un derecho humano fundamental: el derecho a la libertad religiosa.

El laicismo pretende un mundo sin Dios, un mundo sometido solo al poder político, al poder económico y al poder mediático.

Del Papa y del Evangelio aprendemos la tolerancia frente a la intolerancia; la libertad frente a la sumisión; el humanismo frente al fanatismo; la paz frente a la violencia.

Los conflictos armados, el terrorismo, las diversas formas de violencia, las muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre embriones y la eutanasia son atentados contra la paz.

No importa de qué religión se trate: todas y cada una de ellas, desde el instante en el que recurren al terror para uniformar y reglamentar las vidas ajenas, dejan el terreno de lo religioso para entrar en el de la violencia y la brutalidad.

Hasta la más legítima de las verdades, si es impuesta a otros por medio de la violencia, se convierte en un grave pecado contra Dios.

Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre, arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al ser humano.

Todos los cristianos, al celebrar la Navidad, nos sentimos comprometidos a ser trabajadores incansables a favor de la paz y valientes defensores de la dignidad de la persona humana y de sus derechos.

La Iglesia es signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana en el mundo. Por eso no nos cansamos de implorar al Señor el bien fundamental de la paz, tan importante en la vida de cada uno.

Estamos llamados a servir la causa de la paz, ayudando especialmente a aquellos que sufren privaciones, pobreza y necesidad.

Jesús, nacido en Belén, nos revela que Dios es amor. En él, nacido en un establo, podemos encontrar las razones supremas para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores de la paz.

Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la paz e ilumine nuestros ojos para reconocerle y seguirle siempre (cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 2007). Amén.

A todos: Bon Nadal!


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Martes, 29 de mayo

    BUSCAR

    Editado por

    Los mejores videos

    Síguenos

    Hemeroteca

    Junio 2011
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
      12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930   

    Sindicación