Por Jorge González Guadalix

No me los hagan inaccesibles. No quiero ver a María fuera de mi alcance. Ni a José como un pasmado con quién no van las cosas. Por favor, sáquenme a Jesús de los apócrifos. Los quiero, los necesito muy normales.
Quiero a María temblando de emoción y de miedo ante el anuncio del ángel, entregada, pero inquieta. Imagino a José roto por la duda, retorciéndose entre el amor a María y la necesaria fidelidad a la ley. Dos chiquillos enamorados en cuya vida se coló la VIDA y que lo viven con más confianza que inteligencia del misterio.
Y un parto de Jesús en Belén en el que sólo puedo imaginar la mano de José agarrando la de María mientras el Emmanuel llega y abre los ojos a este mundo irredento, pero ansioso por la luz que viene de lo alto. Lo más bonito de la noche, el beso sereno, emocionado, enamorado, que José dejó en la frente de María cuando tuvieron al niño entre los dos.
Un portal en Belén. Una madre casi niña. Un hombre de bien que cuida de los dos. Y un canto de ángeles que rompe el cielo porque se han cumplido las promesas.
Y un mundo en tinieblas que no quiere la luz, o que no es capaz de ver la luz allí donde se encuentra. Y el Emmanuel abriendo los ojos ante la atenta mirada de apenas unos pobrecillos, los pastores, que han sido capaces de entender justo porque eran pobrecillos.
Víspera de Navidad. María empieza a estar molesta. José se lo ve venir. Y Belén es demasiada ciudad para los que nada tienen. Y Madrid. Y Barcelona. Y Nueva York. Y Los Angeles. Y Shangai. Llega la Navidad a nuestro mundo. Y el Hijo de Dios ha sido borrado de la tierra. Como entonces. Su presencia sigue siendo terriblemente molesta. Y está siendo borrado de la tierra por, paradojas de la vida, los mismos adornos que deberían celebrar que un día se hizo hombre. Mirad los adornos de calles y escaparates: no está Jesús. Tal vez en algún rinconcillo para no molestar demasiado, como en Belén, en el pesebre. Está siendo borrado del mapa. Hay hombres que dicen que no puede recordarse su nacimiento ni con belenes ni cantos. Que es algo que no existe.
No importa. El portal tiene una ventanita –todos los portales la tienen- y por ella puedes asomarte sin hacer ruido. Una mujer acaba de dar a luz y necesita descanso. El niño está tomando el pecho. José llora de emoción y de alegría. Se miran los padres. Paz en la tierra, gozo sereno de una vida que es la VIDA. Gloria a Dios que hace el regalo del amor hecho carne por nosotros.
Los animales rumian sin prisas. Y un ratoncillo se asoma asustado ante la novedad de lo ocurrido. Gloria a Dios en el cielo. Y mientras Herodes y los suyos, celebran sus grandes festejos olvidados de los hombres, en Belén de Judá, un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Y el anuncio ha sido escuchado, como siempre, por los pobres.
María y José de la mano. Jesús, cambiados los pañales, ha expulsado el aire en brazos de mamá y duerme en paz. Una legión de ángeles baila en Belén.
Y el mundo es otro desde entonces. Aunque nos lo quieran negar.
En la realidad de un portalillo, entre un buey y una mula, de una madre virgen, querido por José como el mejor padre, nos ha nacido el Hijo de Dios. Y el mundo se vuelve loco de amor.
Aunque quieran negarlo, aunque se resistan a aceptarlo, Dios está aquí. Viene. Sigue viniendo. Y está hoy llegando al portal. Feliz Navidad.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos