Por Melkon

¿Cómo nos preparamos para recibirte, oh Cristo? Porque no sólo es el corazón, el meollo más íntimo del ser, sino todo, todo, sin dejar nada que quede conquistado, lleno, iluminado. Sí, y es que Tú me lo pides todo, y yo reconozco que si no me doy entero no me doy de verdad. Una y otra vez te pido, delante de Tí, que me transformes, que me vayas purificando, y sobre todo que me deje yo cambiar por Tí, que me haga más acogedor, más tuyo.
No vale que un día y otro también te contemple y rece y que, ingenuamente o culpablemente, crea incluso que depende de mi memoria o mi piedad que Tú me ames y tengas presente. Me amas porque Tú lo quieres y basta. Es buena, gran medio y bendición, pero no me parece suficiente ya, la oración diaria que te hago, que muchas veces se me antoja rutinaria. Muchas veces me ocurre que me quedo sin palabras ante Tí. Se que me comprendes porque eres quien más me quiere, comprende y acompaña hasta el final. No hay lugar en el que pueda estar yo y Tú no lo sepas o me acompañes de alguna manera. Nada mío te es ajeno porque nada humano te es despreciable, salvo aquello que nos aleja de Tí y de nosotros mismos y nuestra plenitud: el pecado. E incluso éste Tú lo tomaste sobre tus hombros, el nuestro, para salvarnos, como cáliz amargo pero de obediente bebida para hacer la voluntad del padre.
Sí, veo más importante hoy que siga tu ejemplo, que me deje conquistar por Tí, para no despreciar nada de lo que Tú tomaste para dártenos por entero, que ningún dolor ni alegría se pierdan en vano, que no me distraiga la comodidad ni los nervios ni el cansancio de esa entrega constante a Tí. Que no deje de seguir la estela de Tu Luz, para quedarme, una vez sí y otra también, sin palabras, sencillamente, en actitud adoradora, ante Tí, no cegado sino pleno -como hombre- en Tu plenitud.
No vale que me crea menos o más, peor o mejor, que los demás. No, no va de eso. Tan sólo yo, que me quieres de una forma que no podré jamás a acertar a imaginar porque sobrepasa toda mi consideración o reflexión, tan sólo yo, te puedo decir desde mi propia realidad, no de manera intimista sino bien real un grande (y a la vez pequeñísimo) "Gracias" por todo lo que has hecho, haces y harás en mí. Sí, es "solamente" porque me has creado, me has dado la vida, me has amado como a nadie encarnándote para mí y ofreciendo todo Tu Amor hasta el final, hasta darlo todo y para siempre.
Sí, por eso, porque me se totalmente tuyo, y a la vez el más libre y pleno de todos los hombres en Tí, no puedo menos que quererte acogerte, quererte y dedicarte cada milésima de segundo de mi vida.
¡Cuánto tiempo desaprovechado el invertido en hacer algo distinto a amarte y darte mi vida en cada instante! Quiero no parar de acoger y amar la vida, el amor, la gracia, y todo lo bueno, verdadero y hermoso, todo Tú, que eres para mí y para todos.
Así, invito a todos que hagan lo mismo. Que no descuide nadie su capacidad de reconocer, acoger y amar al Autor de la Vida, que ni más ni menos se hace uno como tú y como yo para hacernos ver y conocer que la salvación está más cerca de lo que pensamos, y que quiere contar con cada uno para hacerse realidad en cada familia, en cada sociedad, en cada barrio, en cada ciudad, en cada país, en nuestro mundo.
Y es que Navidad no es sólo el 25 de diciembre, ni siquiera el tiempo litúrgico desde ese día al 5 de enero. Es y puede ser cada día "Navidad" -es decir Natividad, nacimiento de Jesucristo - cada vez que sin miedo y con mucho amor le reconocemos, acogemos y adoramos como quien es en verdad, Nuestro Señor.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos