Por María Traid

No hay hierba en el lugar donde la caravana hace un alto para descansar; como es costumbre entre los semitas, se colocan en círculo para resguardarse un poco del viento glacial y cada familia extiende sobre el suelo, endurecido por el frío, algunas mantas. Entre ellos hay una pareja joven, ella, casi adolescente, en avanzado estado de gestación a pesar de lo cual se mueve ágil y ligera como una mariposa y su esplendoroso semblante irradia alegría.
- ¡Mira Jacob, que alegría tiene.
- Claro, la de traer un hijo al mundo! Pobrecilla, quizá dé a luz antes de llegar...!
Ni preparación al parto, ni paritorio, ni siquiera una matrona. Van, cumpliendo una ley romana, a empadronarse a su lugar de origen.
Esa adolescente es Myriam, la virgen que cristianos y musulmanes venerarán un día como la mujer a la que no ha tocado Satanás y su esposo es José el carpintero de la estirpe de David. Nadie puede advertirlo; sólo su alegre espera maternal y paternal.
Myriam, como tantas mujeres del primero, tercero y cuarto mundo, vive tensamente esa alegría, y José, como tantos hombres entre los desheredados, la ansiedad de no poder ofrecerles un cobijo. Y eso que José se ganaba bien la vida en su pueblo, Nazareth, pero el Señor ha querido rodear de pobreza el nacimiento de su Hijo. Y la alegría de que el mismo Señor le haya encargado cuidar de la madre y el hijo, irradia un esplendor tan grande que vence a la ansiedad.
Hoy, como en tiempos del Emperador Augusto, cada vez que nace un niño, la alegría entra de puntillas en el mundo. Da lo mismo que ese niño nazca en una lujosa clínica americana o nórdica, en un hospital de la Seguridad Social en España, en una favela brasileña, en una choza de paja de Zimbabwe, o bajo las estrellas del verano austral.
La alegría de un niño que nace es triunfo de la vida y del amor.
Cuando el niño se malogra por falta de higiene o malnutrición de la madre, triunfan la muerte y el egoísmo. Cuando las mujeres abortan, la guadaña de la muerte esta segando la esperanza en el mundo.
Mas, no es tiempo de hablar de la muerte. Es el tiempo esperanzado de Adviento, cuando una adolescente va a traer al mundo al Príncipe de la Paz, al Pastor de Israel que reunirá en un solo rebaño a los pueblos dispersos, que vencerá en los corazones que quieran acogerlo, al odio, la guerra y la muerte, muriendo él para dar a los hombres la vida. Por ello, esa adolescente embarazada, irradia para siempre el esplendor de la Vida.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos