Por Carmen Pérez Rodríguez

Hoy se trata de SAN ANDRES, que nació en Betsaida, población de Galilea situada a orillas del lago de Genezaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de S. Pedro. El Nuevo Testamento no especifica si era mayor o menor que éste. La familia tenía una casa en Cafarnaún y en ella residía Jesús cuando predicaba en esa ciudad. Se trata de S.Andrés hoy, pero ayer, o mañana, podía tratarse de cualquiera de nosotros ¿por qué no?
Empezamos a saber de Andrés en una escena deliciosa del Evangelio que nos la describe Juan, el “metafísico”, el que nos hace revivir instantes maravillosos, de libre plenitud. Cuando S. Juan Bautista empezó a predicar la penitencia, Andrés se hace discípulo suyo. Precisamente estaba con su maestro, cuando después de haber bautizado a Jesús le vio pasar. Nos lo cuenta el Evangelista S. Juan en el primer capítulo: el Bautista acompañado de algunos de sus discípulos, ve a pasar a Jesús y Juan exclama: “He aquí el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo” Se esta refiriendo al HECHO que el día anterior había vivido en el río Jordán del bautismo de Jesús.
Hechos.¿verdad? Siempre Hechos. Como los Hechos de los Apóstoles. Porque lo importante es el acontecimiento de Cristo, el hecho de que se hace hombre, el hecho de que nos habla, el hecho de que se enfrenta a los fariseos, el hecho de que se le acercan los sencillos y limpios de mirada, el hecho de que instituye la Eucaristía, el hecho de su angustia en Getsemaní, de su muerte y resurrección. Esto es lo radical y fundamental. Pasar del terreno de las ideas al de los hechos, al de los acontecimientos, a lo que sucede. Nosotros hablamos de lo que nos sucede. Y esa es nuestra vida: Catalina ha dado un magnífico curso; después de dificultades grandes he encontrado trabajo, un trabajo estupendo; me han venido a ver unos amigos de verdad; he conocido a una persona formidable; Pascual ha tenido un accidente tremendo; he estado en el bautizo de la hija de Mercedes y José; se ha casado José Manuel; Teresa ha aprobado las oposiciones; han operado al marido de María; he estado tres años en… Nos estamos refiriendo siempre a acontecimientos vividos, como nos narra el Evangelio.
Seguimos con Andrés que va a tener “el gran ojo” de ver a Jesús. Los discípulos, que están con Juan el Bautista, ante su afirmación, se callan. Sentimos sus miradas dirigidas respetuosamente hacia ese Jesús, cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Nadie se mueve, y Jesús pasa. Y el relato de lo sucedido sigue: al día siguiente está Juan el Bautista con dos de sus discípulos, uno que también se llama Juan, -que es el que nos lo cuenta-, y Andrés. Se fija, otra vez, en Jesús que pasa y vuelve a decir: He aquí el Cordero de Dios. Y ahora viene lo bueno, Juan y Andrés siguen a Jesús. Así de natural y de fácil empezó todo para Juan y Andrés. Jesús se vuelve y al ver que le seguían les dijo: ¿Qué buscáis? Rabbí, (que quiere decir Maestro)¿dónde vives? Venid y lo veréis. Fueron y vieron y permanecieron con El aquel día.
Si tenemos un poco de conocimiento nos conmovemos al pensar en las conversaciones sostenidas aquella tarde entre Jesús, Andrés y Juan. Nos pueden ayudar a sentir de qué hablarían, pero lo podemos nosotros deducir por las consecuencias. Eso fue experiencia del misterio, de lo eterno, en el aquí y ahora. Igual que nos puede pasar a todos cuando sentimos la amistad, esa amistad que nos “provoca” y “nos sacude”, que nos hace intuir a Alguien, esas personas que nos enganchan y sentimos que se pone en marcha toda nuestra humanidad. Nos cuentan lo que les ha sucedido a ellas, y vemos como actúan. Andrés busca a su hermano Simón Pedro y le dice: hemos encontrado el Mesías. El gran problema, nuestra pobreza o riqueza es: si nos hemos encontrado o no con Jesús. Aquí está todo el sentido de nuestra vida. Andrés abandonó sus redes y siguió a Jesús. Experimentó una correspondencia inmediata, abrazó su realidad. Vivió a Jesucristo como lo verdadero, lo concreto, lo real que movió toda su experiencia. Ahora es un Apóstol que sigue contando, a través de unos y otros, lo que le sucedió. Después en otro fragmento es nombrado entre los doce apóstoles que escogió el Señor. Y más adelante es el que dice al Señor que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos? Y, cuando Jesús anuncia su glorificación por la muerte, se acerca con Felipe a decirle que hay unos helenistas que le quieren ver. No nos dice “nada más” el Evangelio. Según la leyenda, sentía especial predilección por la cruz y murió en Acaya, crucificado como su maestro. Entre comillas “nada más” porque lo que conmueve es lo que le sucedió a Andrés: reconoció a Cristo.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos