Por Ojo de Águila

Ser hombre y sentir la limitación e impotencia propia. Ser pobre y reconocerlo. Ser pobre y pedir. Tenemos todos necesidad de abandonarnos en las manos de Dios para ser nosotros mismos, para llegar a nuestra plenitud. Somos razonables y realistas cuando nos sentimos necesitados de amor, de gracia, de fuerza, de energía,... y las queremos tener, disfrutar,... Tener y retener fuerza, energía,... vida, para siempre. Ser felices y plenos. No somos realistas ni razonables cuando despreciamos la presencia de Dios, donde sólo ahí podemos reconocer, pedir y agradecer lo que necesitamos para vivir, todo.
¿Y cuándo uno no está en Su presencia? No digo cuándo uno no es consciente de su Ser, o no está en pecado sino en Su Gracia, sino ¿cuando uno está fuera de Él, del alcance de Su Amor, independiente, ajeno, desafectado...?. Nunca.
Vinimos de Él. Estábamos en su pensamiento, de modo maravilloso y milagroso. Hizo todo para que naciéramos y nacimos. Por si fuera poco, se dirigió personalmente a nosotros comunicándonos, como a todos, la vida. Incluso nos llamó por nuestro nombre, nos dió un espíritu a imagen del suyo y en él la vida renovada y para siempre, desde un amor extremo, en el que se dió por entero. Y todo esto lo hizo por amor y a través de Su Palabra. Así nos creó y redimió. Y lo manifestó a través de profetas, luego Él mismo y después vinieron discípulos, apóstoles, santos,... que aún hoy siguen intercediendo por nosotros de contínuo.
Hoy, su silencio es sólo aparente. Su Palabra, creadora, renovadora, eficaz,... actúa en quien cree en ella y mueve más que montañas. Él sabe. Él ve. Él cuida. Él prevee y prové siempre.
No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos, como de perdón los justos sino los pecadores. Y estamos, aunque no lo queramos reconocer, enfermos en el cuerpo y el alma. Pequeñas o grandes dolencias tenemos todos. Pero necesidad de Él todos. Él lo sabe. Lo ve. Espera nuestro reconocimiento, fe, petición,... para que se pueda obrar el milagro del amor a través de la confianza en Él.
Comentábamos hoy sobre el Evangelio cómo es que el Señor estaba sentado frente al tesoro y observaba cómo iban depositando algunos sus ofrendas. Todo lo aprovechaba él para enseñarnos, a todos y especialmente a sus discípulos, lo que le gusta a Dios: la verdad en las obras, su valor y la trasparencia de las dignidades humanas, de modo especial lo que significa el justo juicio, la misericordia y la buena fe.
Cuando alguien se abandona en la confianza de Dios, cuando todo lo espera de Él, no hay nada que temer ni perder. Y esto nos lo demuestra continuamente. Miremos las Sagradas Escrituras, la vida de los santos y la misma Iglesia. Dios siempre se interesa por nosotros, está en medio nuestro a poco que queramos verlo. Él es y será siempre nuestro Salvador. Somos su Pueblo. Responde siempre. No nos abandona. No dejemos de confiar en Él por muy secos, duros y difíciles momentos que nos hayan podido tocar vivir.
Digamos en nuestro corazón varias veces al día: Señor en Tí confío, dame fuerzas para vivir de Tí, contigo y en Tí siempre.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos