Por Luis Javier Moxó Soto

Anteayer jueves recordábamos el pasaje de Jesús en el templo derribando la mesa de los cambistas que habían transformado la casa del Padre, de oración, en mercado. El celo de Jesús estaba totalmente justificado. No así la actitud de quien pretende aplacar cualquier atisbo de daño, personal o colectivo, en las cosas o en las personas, bien sea respecto a la religión o los asuntos más mundanos, con la cólera, la ira, el resentimiento,... tengan el color que tengan. Pues ninguna violencia de este tipo es razonable, aunque la vistamos de supuesta disciplina, de represión o guerra “justa”. El mal no acaba con más mal en su contra.
¿De qué sirve el orden y control en las formas, incluso bajo sometimiento de una autoridad, si ésta no es realmente educativa, es decir, si no lleva dentro un método de cambio a mejor?
Mantener el control social de cualquier grupo, la disciplina, por evitar una confrontación mayor, por evitar un mal mayor, puede que sea justificable,... o no tanto si sólo se queda en eso.
Si para oponer una situación de indisciplina, sea en un centro de enseñanza o en la misma familia, por ejemplo, se utiliza una agresividad o violentamiento de tipo verbal o emocional, no necesariamente físico (que en el centro está prohibido) ocurre que hay respuesta a través del mismo plano, es decir, no hay referencias mejores, superiores o trascendentes para salir o salvar la situación conflictiva. De este modo lo único que se consigue es domar, sólo por un tiempo, es decir perpetuar e incluso agravar la situación desencadenante: la falta de control y de enseñanza para hacerse con la propia agresividad. ¡Y luego nos extrañamos que habiendo niños con tendencia a un descontrol, en situaciones de libertad, de normalidad social, o de no coacción excesiva externa, hay riesgo de delincuencia, agresiones, drogas, prostitución,... en Secundaria y más allá!. Este trabajo requiere muchísimo más esfuerzo, paciencia, constancia, arte y profesionalidad educativa,... que un simple grito autoritario y aparentemente efectivo. Esto último es lo más fácil, y tener paciencia, comprensión y cariño lo más costoso. Sólo parece existir una disyuntiva: o controlas como un sargento desde el principio o dejas que se te suban a la chepa y se aprovechen de tí. Parece no ser necesaria una mayor comprensión para resolver el problema, que no es de autoridad realmente, sino de carencia de límites y alternativas claras, aceptadas, reflexionadas, interiorizadas, en su ámbito normal y ordinario. Porque en verdad es posible otra forma de proceder hacia el bien, hacia la normalidad.
Cuando se opta por la coacción externa sin reflexión ni sentido, sino como imposición del que más grita (que no es el que más autoridad real manifiesta) como defensa ante el miedo de situaciones agresivas por parte de padres e hijos, está larvándose en lso más pequeños, sin que sea del todo perceptible, un resentimiento, cada vez más violento, contra padres, tutores y educadores. La coacción externa no educa ni suple, ni lo hará nunca, el trabajo de educar en alternativas al impulso agresivo. Los castigos, la represión ni la cárcel son efectivas por sí mismas para la reeducación social, a ninguna edad.
Cuando se apuesta por la libertad de la persona, y se confía que todos sin excepción estamos hechos para ser felices y para no impedir a nadie que lo sea, ser respetados y respetar, no ser tratados con prejuicios y no prejuiciar, ... las cosas se pueden ver de forma distinta que la persona puede por sí misma cambiar y encauzar esa misma agresividad descontrolada hacia un ímpetu constructivo y colaborador con el bien, la verdad, la paz,...
¿Qué es lo efectivo? No ir respondiendo a los miedos ante un pretendido descontrol, sino a una mayor atención afectiva y un encauzamiento oportuno de la libertad (pues la carencia de éstas está en el origen de todo descontrol). Y para esto no sobra la paciencia y la cercanía, muy al contrario. No hay que temer llevar la contraria a quienes no pueden o no quieren tener más tiempo o energías para educar, sean padres o maestros. Aquí lo que se juega es el porvenir pacífico y el desarrollo pleno de unos que hoy son niños y mañana serán, si no ponemos remedio, víctimas del alcoholismo, la droga, la delincuencia, la prostitución,... De nosotros depende. De todos.
Hagamos lo posible por disminuir la agresividad social, emocional,... desde allí donde estemos. La conflictividad y la violencia escolar no son ajenas a lo que ocurre en la propia familia, a lo que ocurre en la sociedad. No se puede provocar al violento, ni encerrarle o someterle pretendiendo acabar así con el problema, es necesario reeducarle en alternativas no asociales, ir a las raíces de su descontrol, de su ira, y paliarlas con el esfuerzo coordinado y buena voluntad de todos. Es posible. Hagamos como San León Magno, papa, cuya festividad tuvimos ayer, deteniendo al mal con la fuerza, muy superior, y más inteliegente, astuta y razonable, de la verdad, de la belleza, del bien. En el año 452 llegó el terrorífico guerrero Atila, capitaneando a los feroces Hunos, de los cuales se decía que donde sus caballos pisaban no volvía a nacer la yerba. El Papa San León salió a su encuentro y logró que no entrara en Roma y que volviera a su tierra, de Hungría. En el año 455 llegó otro enemigo feroz, Genserico, jefe de los vándalos. Con este no logró San León que no entrara en Roma a saquearla, pero sí obtuvo que no incendiara la ciudad ni matara a sus habitantes. Roma quedó más empobrecida pero se volvió más espiritual.
San León tuvo que enfrentarse en los 21 años de su pontificado a tremendos enemigos externos que trataron de destruir la ciudad de Roma, y a peligrosos enemigos interiores que con sus herejías querían engañar a los católicos. Pero su inmensa confianza en Dios lo hizo salir triunfante de tan grandes peligros.
Dejemos de una vez de disfrazar la violencia de acción, y desterremos de nuestros corazones el disfrute por devolver violencia al violento, y mal al malo.
Por favor, por intercesión de San León Magno y de todos los pastores, padres, madres y educadores santos, no demos ningún caso por perdido, por muy violento que nos parezca, y tenga la edad que tenga.
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Muy bien! Esto mismo creo yo. Y me gustaría añadir. ¿Queremos realmente cuando decimos que queremos? ¿Queremos más que lo mucho que nos molesta de un hijo, una esposa, un padre, una madre, amigo, profesor, etc..etc..,? Pensemos que como el Señor Jesús todos llevamos las marcas de los estigmas emocionales de las pasiones y descontroles de nuestros antecesores. Seamos compasivos ¡por favor!
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Martín Gelabert Ballester
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos